Que los toros sean la Fiesta Nacional habla de nosotros. Como tu quieras, para bien y para peor, que pocos oficios dan tantas posibilidades de elegir, de amar o de odiar.
Pero lo que nadie dura es que han ganado una batalla, la de la palabra y la del anecdotario. No hay antitaurino que sea capaz de hablar sin utilizar de vez en cuando la terminología taurina, que no acabe entrando a matar a esta llamada fiesta.
Y jamás le falta una anécdota que ilustre cualquier situación. Sin ir más lejos, mientras pensaba qué texto poner a la atractiva fotografía de Mauri (otro antitaurino incapaz de sustraerse a las sugestivas imágenes de una corrida), en un bar de la entrada de La Cabrera, se produce esta conversación. En la televisión hablan de Esperanza Aguirre y su delirio anti Carmena.
- Pero ¿cómo hemos podido llegar a esto?
- Degenerando, degenerando.
Le preguntó al que respondió si conoce la anécdota de Belmonte. «Algo he oído, de un Gobernador».
Belmonte —amigo de Hemingway o Valle Inclán, de la pandilla infantil del anarquista Ángel Pestaña— acudió a los toros en Huelva. Presidía, como es habitual, el gobernador Joaquín Miranda, que había sido banderillero en la cuadrilla del mito, al que llamaban El Pasmo de Triana.
- Maestro, ¿y cómo se llega de banderillero a gobernador?
- Degenerando, degenerando; le explicó el gran mito del toreo.
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