Si bien es cierto que todo tiene su final, díganselo a quienes estuviesen en Nueva York durante el crac del 29, estos 20 nos han sorprendido con una realidad para la que no estábamos preparados. Nunca habríamos imaginado vivir a distancia, escondidos tras máscaras tangibles, sobrevolando sueños y quimeras, dando al fin valor a las pequeñas cosas, llorando en silencio por los que nos dejan en calladas despedidas.
Cumplir 50 en una época tan surrealista, en un mundo que ahora se ha vuelto raro, en una noche buena que no sabe si este año hará honor a su adjetivo, deja un amargo regusto en los labios. Celebrar, sí. Mientras latimos celebrar siempre. Somos tiempo, así que mientras sigamos destilando arena en el reloj debemos sonreír contracorriente y como ejercicio de supervivencia, pero duele no poder abrazar a quienes quieres porque están fuera de tu burbuja habitual. Hay tantas personas a las que añoramos y son ya tantos meses sin café que a veces cabe preguntarse si nos reconoceremos cuando haya pasado la tormenta.
Quiero creer que sí, que así será, que saldremos de esta odisea más fuertes y humanos. Necesito pensar que esta navidad contiene un doble mensaje en un momento en el que la soledad y las paredes nos empujan a ser más reflexivos. Tal vez la navidad nos recuerda nuestra capacidad para hacer el bien, para ser más solidarios, generosos, tolerantes, espirituales. Porque si lo somos en diciembre, podríamos serlo todo el año.
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