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La canícula

La canícula

OPINIóN IR

15/06/2022 A A
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La canícula
Como todos los veranos, una vez jubilado de su titularidad en la notaría número 13, Don Felipe en compañía de su esposa Doña Enedina, emprendió el rumbo hacia la casa que conservaban en el pueblo para pasar ciertas temporadas. En este caso, para escapar de la canícula de la ciudad.

Una vez allí, dejaron el coche a la puerta, comprobaron que todo estaba bien –por lo de los ocupas– y pasaron al interior, oscuro y fresco. Lo primero que hizo la señora fue abrir las maletas y colocar la ropa en los armarios. Luego, con el propósito de que su marido no estorbara en casa, le dijo que podría acercarse al bar, para ver a sus amigos. «Tienes la ropa sobre la cama».

Don Felipe se puso los gallumbos, luego las bermudas blancas, el polo blanco Fredperry, la gorra Newyorker blanca, los calcetines blancos y las sandalias. Hecho lo cual, se tiró a la calle, hecho un pincel. Realmente, donde mejor lo pasaba era en el Café Central.

Esperaba un buen recibimiento de los amigos pero, al entrar en el local se hizo un profundo silencio, hasta que el tonto del pueblo le espetó: «Anda, si va vestido de primera comunión». Y la carcajada general, difícilmente reprimida, estalló. Era como el traje nuevo del emperador.

No hay que decir que salió de estampida, echando pestes por la humillación contra la culpable de aquel escarnio; qué ignominia para su prestigio.

Llegó a la habitación. Parecía no haber nadie en casa: «¡Enedina!» –llamó–, pero no hubo respuesta. «No te hagas la tonta». Y mientras tanto, él se iba quitando el disfraz, hasta quedarse en cueros. En esto entró ella, ligera de ropa, con una toalla y la cabeza mojada. «Felipe ¿pero qué haces así?» –preguntó la esposa sin saber lo que se le venía encima–. «Me has humillado. La culpa es mía por fiarme de tí, pero esto no pasará más».

Cuando ella empezaba a comprender la ira del esposo, éste la arrinconó, contra la cama gritando: «Mira... mira... es que la voy a preparar» –rugió–. Y vaya si la prepararon.

Se agarraron por los pescuezos como fieras corrupias y entre los visillos de las ventanas se escuchaban los bufidos de Felipe, las fingidas quejas de Enedina. Gemidos. Sofocos. Ponte así. No pares... y esas cosas que se dicen en ciertas situaciones.

Todo el pueblo lo escuchó, todos cuchichearon y, después de muchos años aún se recordaba. Hasta los niños le hicieron una copla.

Después del alarde, Felipe se durmió. Enedina recogió las ropas del suelo las dobló curiosamente, y las guardó en la parte inferior del armario. «Aquí quedarán hasta el próximo verano» –pensó con picardía– «je, je, aunque poco, no ha estado nada mal».
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