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Irán blues

Irán blues

OPINIóN IR

18/10/2019 A A
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Irán blues
Acabo de satisfacer, por el presente año, mi apetencia trotamundista. En esta ocasión gracias a la musulmana Irán, la antigua Persia, abrazada por tórridos días y semejantes noches oscilantes entre treinta y tantos o cuarenta grados más todo un amplio abanico de mitos, verdades, naturaleza exuberante, pobre, carreteras atravesadas por caótico tráfico o senderos desvalidos o grandes fincas de pistachos aún verdes, apenas pescado, pocas o malas aceras y abundantes letrinas, todavía no preparada para el turismo. Gracias a sus habitantes, gente hospitalaria por lo común, tanto que cada vez que se cruza contigo deposita una sonrisa en los labios y unas palabras, casi siempre indescifrables, plenamente amables.

Sí, he dicho bien, «alegría», palabra sobre la que pongo el acento pues confieso que no esperaba tanto de este viaje sobre el que personas muy allegadas, varios amigos y alguien más me insistían en que no debería ir debido a las peligrosas relaciones de Irán con Israel y EE UU más buena parte de Europa. Alguno, adoptando, un tono humorístico me espetaba que él no viajaría al país del Ayatolá Jomeini, el líder de la Revolución de 1979, ni pagándole, pues a lo mejor lo secuestraban y solicitaban muchos camellos por su rescate debiendo permanecer allí. No obstante yo ante este panorama dificultoso diseñado por terceras personas me dije «adelante», pese a un cierto temor el cual una vez allí comenzó a disiparse.

Y bien, dado que desde Madrid no existen vuelos directos a Irán nos subimos a uno catarí con escala al ir y al venir en su capital, Doha. Para ir la escala duró dos horas en tanto al regreso cuatro. Tal circunstancia nos permitió olisquear este moderno aeropuerto denominado Aeropuerto Internacional Hamad con sus ligeros carritos, sus extraordinarios butacones para todo el mundo con el reclamo de una escultura bastante grande en la cual destacan las orejas del Dumbo, la nariz de Pinocho y las manos de Mickey Mouse. Tanto en el vuelo para ir como para volver se nos alimentó bien, incluso se facilitaron bebidas alcohólicas. También anticipo que al regreso, nada más subir todas las mujeres, salvo alguna distraída o fanática, nos quitamos con auténticas ganas el velo.

Pero el objeto central de este relato es Irán, no Qatar. Así que hagamos un paréntesis y centrémonos en el país cuyas mezquitas, muy hermosas, son parecidas a las uzbecas mientras el conjunto monumental conocido por Persépolis, Patrimonio de la Humanidad, es único. Precisamente aquí, con un sol de justicia y mucho pedregal, yo no participé en tan monumental caminata. Me quedé en la zona alta sentada a la sombra de una columna persepolitana tomando notas hasta que pasadas casi dos horas el grupo regresó. Venían casi sin aliento. Yo, satisfecha. Jamás pensé que llegaría a estar sentada escribiendo en tan exquisito lugar. Pero, circunstancias obligan. Un consuelo: por lo menos en ese momento fui una elegida por los dioses Mitra y Anahita, hasta puede que por el mismísimo Zoroastro.

Llegados aquí, creo que la mujer existente en mí se me estaba indigestando desde que alcancé el aeropuerto de Teherán, si bien un letrero en persa e inglés (‘welcome to Iman Khomeini airport city’), nos daba la bienvenida. En ese momento todas las mujeres ya habíamos colocado el velo sobre nuestro cabello. Sólo podía quitarse en la habitación. Eso sí, si ibas por la calle y se te había caído o bajado, involuntariamente o adrede, vete a saber, la autoridad u otra persona te recordaba con educado gesto ponerlo bien. Las extranjeras portábamos con humor tan novedosa experiencia, pues su uso era pasajero, sin embargo las nativas lo sufrían mientras disimuladamente iban distanciándose al colocarlo lo más atrás posible y adoptar colores claros y vaqueros ceñidos cubiertos con un blusón. Los hombres, más libres, adoptaban una vestimenta en nada distinta a la española.

Mas hablando del hombre y la mujer, sometida a él en todo momento, no procede pasar por alto el histórico partido de fútbol celebrado estas fechas en el Estadio Azadi de Teherán donde 3.500 mujeres después de cuarenta años asistieron a uno, prohibición venida con Jomeini. La presencia femenina, todavía separada de la masculina, atrajo la atención mundial más que la goleada iraní: 14-0 de Irán a Camboya. Sin duda no sólo empujó al gobierno iraní la Fifa. No. Una mujer fallecida ya. Una mujer con nombre propio ha tenido mucho que ver. Se llamaba Sahar Jodayari, activista que padeció cárcel en varias ocasiones , llegando a introducirse en un partido de fútbol masculino vestida, claro está, de hombre. Esta joven revolucionaria murió quemándose a lo bonzo. Mas su lucha no ha sido en balde, remacho. Otras la siguen.

Algo que preocupa mucho a los chicos y chicas iraníes es la belleza física. Por ello acuden a la cirugía estética, los pudientes, claro. Además, cuando efectúan un trasplante capilar mientras aquí se suele ser discretos allí exhiben los esparadrapos como signo de poder económico y clase social. Suelen pasear por parejas. Parecido sucede con las muchachas jóvenes. Consideran que sus narices son muy imperfectas y se las operan. Yo, ingenua, cada una que veía con esparadrapo en el apéndice nasal, extrañada, me preguntaba cómo había tantas con desviación de tabique nasal. Un día se lo comenté a una amiga. Se echó a reír sin parar. Poco más podría añadir sobre estas jóvenes que se pintan mucho las cejas, los labios con un rojo intenso y las uñas. Obvio, lo que pueden mostrar. Bien poco es.

Tal vez Shiraz e Isfahan son las capitales más bonitas iraníes. Isfahak es considerada por muchos como ‘La perla de Persia’, si no que se lo pregunten a todas esas mujeres que, alegres, felices han presenciado el partido citado pese a estar arrinconadas, en último plano, alejadas de los hombres, sí, es verdad, pero hasta ahora poco más se podía esperar de un país donde se separa a los niños en los colegios, mujeres y hombres en las mezquitas, donde todavía las parejas no pueden besarse ni cogerse de la mano por la calle , donde las casadas deben tener la autorización del cónyuge para viajar al extranjero, etc. etc. han presenciado el partido. Por el contrario la belleza constituye una ausencia en la mole de Teherán.

Me detengo nuevamente en Shiraz, en su Jardín de Eran. Aquí coincidimos con cinco mujeres iraníes que ríen, cantan y cantan y cantan. Nuestra guía, Sima, les pregunta porqué cantan tanto, qué celebran. Responden que han superado un cáncer. Entonces nos ponemos a charlar y sale a colación que Elisa y yo también hemos sido operadas por ello. Nos sacamos todas fotos grupales. Luego ellas manifiestan su deseo de fotografiarnos las afectadas nacidas allí con nosotras dos. Lo hicimos. Nos dimos un abrazo fuerte, cálido y fraterno. Nunca olvidaré tan emocionante momento. Tampoco se alejará de mi el mausoleo del poeta Hafiz, el más distinguido de su época, siglo XIV, cuya obra ‘Los gazales de Hafiz’ en edición bilingüe allí adquirí e inicié su lectura.

En cuanto a Hisfahan , tampoco existe aislamiento en mi recuerdo. Las noches cenando kebab más patatas fritas acompañado todo ello por una cerveza con limón en el paseo fluvial por apenas dos euros (un euro son 46.350,29 riales iraníes ), la contemplación de los 33 arcos distintos del río Zayandeh junto con la suerte añadida de que este año llevaba agua, mientras los precedentes no, por ello los niños aprovechaban para jugar al fútbol en él y como estupendo remate a estas líneas la imagen plácida del dulce bebé dormido que su madre con cariño y delicadeza depositó en mis brazos. Además, una posdata otoñal: en la vanidad visible de España afirmo que tampoco existe aislamiento en mi recuerdo sobre Pasargada, camino de la tumba de Ciro El Grande.
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