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El tiempo entre campañas

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OPINIóN IR

05/05/2019 A A
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El tiempo entre campañas
Con Rivera no, con Rivera no», le gritaban a Pedro Sánchez en la calle Ferraz hace ahora una semana. Sin haber ganado nunca unas elecciones, sin haber sonreído siquiera para las fotografías, el mismo mantra repite desde hace años el camarero de La Bicha: «Con Ribera no. Aquí vinos de importación no trabajamos». En este tiempo entre campañas la política adereza la morcilla y las tapas más sofisticadas, en los barrios del centro de todas las ciudades españolas, donde ganó el PP; en los barrios obreros, donde ganó el PSOE; y en las circunscripciones de los cuarteles, donde se impuso VOX. A la hora del vermú, el índice de participación roza el cien por cien. La razón la tiene el que paga la ronda y la culpa suele ser siempre de alguno que no está presente, y en esta época se las llevan casi todas los políticos, que son, junto con los directores de periódicos, los grandes vertederos de las frustraciones individuales y colectivas. Lo que ha quedado claro es que España responde, sobre todo, a base de embestidas. Si los catalanes pican excesivamente al toro en la suerte de varas (una metáfora que, sin duda, les desagradará profundamente), despiertan a la derecha más rancia para teñir los balcones de rojigualda. Si los residuos de la dictadura se quitan la careta y los complejos y nos amenazan con volver al pasado, la izquierda deja de mirarse el ombligo y prescinde de la primavera para acudir en masa al colegio electoral. En esta ocasión nos hacen votar tan seguido que alguno ya lo convierte en rutina y coge sus manías con la papeleta y la urna, hábitos democráticos con los que nuestros gobernantes asumen el riesgo de que, esta vez, no jueguen con la baza de la amnesia colectiva y nos acordemos de todas las trampas que siempre hay en torno a unas votaciones. Ahora toca dejar de contemplar el horizonte para mirar a los ojos de quien votas, olvidarse definitivamente de teorizar sobre las ideas que llegan a provincias como ésta convertidas en una especie de franquicia, la izquierda con su prepotente superioridad moral y la derecha que descubre ahora la letra pequeña de la Ley D’Hont para volver a demostrar lo mal que encaja las derrotas. En Castilla y León, después de 32 años mandando los mismos, los conservadores se hacen necesariamente más conservadores, los progresistas más progresistas y los oportunistas más oportunistas (¿se harán también los leonesistas más leonesistas?), pero conforme la batalla va bajando de nivel hasta municipalizarse el debate pierde toda posibilidad de ideología para ponerles nombres y apellidos a las candidaturas. Priman las simpatías y los rencores personales, algunos de ellos propios y otros heredados, los favores debidos y los favores cobrados. Sobre los pueblos que hace sólo una semana fueron codiciado territorio por el que conducían tractores los aspirantes, vuelven a caer ahora el olvido... y los paracaidistas. Aparecen nombres que nadie conoce en las listas de los ayuntamientos y las pedanías que los propios candidatos tampoco conocen (como para saber situarlos en el mapa) pero que disfrutarán sin excepción de los quince días lejos del trabajo que les corresponden por ley para la campaña. Cada fiestón de la democracia que nos pegamos cuesta tres euros por español, tres euros en los que no están sumados esas quincenas de vacaciones electorales que sobre todo se dan entre el funcionariado, así que habrá quien piense que, con tanto jeta alrededor, igual estamos votando por encima de nuestras posibilidades. Eso sí, con la conciencia muy tranquila, los malos son siempre otros, porque todos los políticos son igual de mangantes y todos los periodistas igual de mentirosos.
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