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Día de perros

Día de perros

OPINIóN IR

02/06/2021 A A
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Día de perros
Irene y Moncho. Una pareja como tantas, se conocieron, desde niños, cuando a las familias de ambos les dio por veranear en Sangenjo.

Era una delicia, decían los padres, al verlos jugar en el agua con un balón o corriendo descalzos por la arena. Y así, año tras año. Aquel verano, al encontrarse, sintieron cierta turbación, porque ya no eran los niños de antes. Dejaron de hacer castillos de arena y se pusieron a jugar a otras cosas como pasear de la mano, tomar un refresco en el chiringuito, un beso furtivo o un abrazo, aproximando sus cuerpos morenos. No, morenos no eran. Más bien pálidos porque, como dije, estaban en Sangenjo.

Seguimos. Superados los prejuicios y con el empujoncito de mamá y papá, Moncho e Irene se dieron a soñar y hacer proyectos. Él había empezado económicas y ella medicina. Pronto casáronse y colocáronse. O a la inversa, no recuerdo bien. Más adelante, siendo él economista y ella médico, no tuvieron problemas (de momento). Pronto accedieron a una vivienda en la urbanización de moda y dos flamantes coches de gama alta, para acudir cada uno a su trabajo e ir a buscar a los niños al cole. Pero lo de los niños, sólo era una quimera, porque no encontraban la paz necesaria para encargarlos. Y, metidos de lleno en esa vorágine de trabajo y dinero, nunca la encontrarían.

Sin embargo, un día decidieron ampliar la familia. Ambos lo deseaban, y compraron un perro. Reír las gracias y las pequeñas trastadas que los cachorros suelen hacer. De todos modos lo enviaron a una escuela canina, pero, viendo que el cabrón no tenía remedio, el instructor les dijo que, con la edad, dejaría de ladrar sin motivo, romper zapatos y mear en las alfombras.

Gracias a la refinada comida que le daban, con todo un abecedario de vitaminas y oligoelementos, el animal iba creciendo.También estaban los cuidados sanitarios porque, a diferencia del Insalud, no tienen que soportar las largas listas de espera y la consulta es presencial. Cualquier día nos colocarán el chip a las personas. ¿Acaso no es eso lo de las forzadas vacunaciones covid?

Y, así, la mera presencia de aquel caprichoso animal, les cambió el modo de vida. Sacarlo varias veces al día, hiciera como hiciera y exhausto por el trabajo. Las vacaciones nunca fueron las mismas porque, lo importante, no eran las líneas aéreas, aunque fuera en Plus Ultra, ni que el hotel fuera bueno, sino «que admitieran perros».

En España, conviven con nosotros más de 7 millones de perros –la mayoría en mi barrio– aunque, en Francia y la Europa del Norte, nos superan. Recuerdo que la primera vez que visité Francia, me paré ante un cementerio, al escuchar un llanto desgarrador. «¿Quién es el muerto?» –pregunté– y alguien me susurró: «Fifí». Los hemos privado de su condición natural, para convertirlos en peluches.

Aquellos sí eran perros. Sin dueño ni destino, que se acoplaban sin complejos en la plaza de la iglesia. Y los niños, al acecho o importunando. Comían huesos y bocadillos sin terminar o escarbaban en la basura, como los osos polares en Anchorage. Para perros de verdad, los fieros mastines que me cierran el paso cuando voy al monte. Para alejarlos, el recurso era agacharte como para coger una piedra y, conocido el gesto, se daban la vuelta. Más listos que el perro de Paulov. Esa es la verdadera comunicación, entre el emisor (yo) y el receptor de la piedra (el perro). Pero los perros de hoy no entienden.

La otra noche llegó Moncho a casa con ganas de. En la cama, Irene, con menos ganas aparentes, también le esperaba. Y Moncho, que es un detallista, para estimularla, la llamó: «Ven acá, hija de perra...». Y ella, complacida, le dio las gracias por el elogio y le compensó con una buena ración de sexo.

Para aquellos a los que no les ha gustado esta historia –la mayoría– mis disculpas y la recomendación, como antídoto, de la película ‘Isla de Perros’ de Wes Anderson. Hay mucha soledad y frustración detrás de cada perro.
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