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Yin yang en la isla de La Palma

Yin yang en la isla de La Palma

TRIBUNA DE OPINIóN IR

Fernando Fernández Sánchez | 20/10/2021 A A
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Yin yang en la isla de La Palma
Como especie animal, los humanos, nos hemos quedado solos en nuestra madriguera, esa que conocemos y llamamos Tierra. Acaso por esa soledad o, mejor dicho, precisamente por ella, ninguna otra especie animal ha alcanzado el privilegio de pintar un cuadro como las Meninas, escribir un libro como Don Quijote, construir un monumento como la Torre Eiffel, o componer una pieza musical como la Novena sinfonía. Sí, claro, también, y es justo reconocerlo, fabricar un arma mortífera como la bomba atómica o modificar genes de coronavirus de murciélago, fabricando el SARS-CoV-2 y facilitando una pandemia que está afectando a la totalidad de nuestra especie animal. Y es que los humanos, en todo tiempo y ocasión, hemos sido capaces de conseguir lo mejor y lo peor para nosotros mismos.

Es probable que tengamos que desempolvar la antigua doctrina filosófica y religiosa china del Yin yang para entender nuestro comportamiento individual y social, y aceptar que lo mejor y lo peor son fuerzas opuestas, pero complementarias. Nada es inmutable. Todo puede cambiar. Lo estático es una ficción, y lo que nos rodea fluye continuamente. En nuestra existencia ese fluir permanente aparece sin pedirnos permiso.

Conocemos que la formación del planeta Tierra ocurrió hace 4.500 millones de años. La aparición de los primeros organismos vivos se ha calculado en unos 3.800 millones de años atrás. El género Homo evoluciona desde hace unos 2,5 millones de años y el Homo sapiens comienza su andadura por el África oriental hace unos 200.000 años. Sin embargo, solamente desde hace unos 70.000 años comienzan a forjarse unas estructuras complejas que podemos denominar culturas. Esas culturas darán lugar a lo que se llama historia.

Y ocurre que, a partir de este último período, los Homo sapiens comienzan a desarrollar una formidable evolución en sus capacidades cognitivas. Aparece el lenguaje, más tarde la escritura, nos socializamos para conseguir una eficaz supervivencia y nos reproducimos. Esto último con la naturalidad que ofrece nuestra biología animal.

Aquellas palabras, leídas en el Génesis, en las que Yavé, el Dios de los cristianos, le regalaba a Abraham, por haber mostrado su buena voluntad de sacrificar a su hijo Isaac, las siguientes: «...te bendeciré largamente, y multiplicaré grandemente tu descendencia como las estrellas del cielo y como las arenas de las orillas del mar...».

Se estima que la población en todo el orbe, en la época de Abraham se situaba alrededor de los 50 millones de humanos. Al arrancar el siglo I d.C. se calcula que este número habría ascendido hasta los 200 millones. Veinte siglos después, aquella promesa de Yavé ha sido alcanzada ampliamente por nuestra especie animal.

Pero parafraseando la letra de aquel tango que nos cantaba Carlos Gardel ‘Volver’ y entre cuyas estrofas escuchábamos:

«...Que es un soplo la vida
Que veinte años no es nada...»

nos hace entender que ese velocísimo desarrollo cognitivo del Sapiens apenas es un fracción ínfima del desarrollo evolutivo de nuestra madriguera la Tierra. ¿Qué son 70.000 años frente a los 4.500 millones de años desde que la Tierra se está enfriando?

¿Cómo somos conscientes de nuestro comportamiento frente a los demás mortales y no los somos tanto de las enormes fuerzas telúricas que nos rodean? ¿Acaso en nuestra convivencia hemos aprendido y comprendido el yin el yang que a todos nos conviene, pero todavía estamos inermes ante las fuerzas incomprensibles de un proceso llamado big bang, y del que desconocemos el porqué de su origen?

Los humanos, en nuestra evolución, hemos desarrollado nuestras facultades físicas, nuestra inteligencia, nuestras destrezas y, sobre todo, nuestros sentimientos. Celebramos y expresamos nuestra alegría con emociones incontroladas. Son los sentimientos que nos gustaría que siempre nos acompañaran. Pero estos sentimientos no podrían existir por sí solos. Tienen que existir los sentimientos opuestos para que apreciemos los primeros. Y esos sentimientos existen. Son aquellos como la tristeza, la melancolía, el dolor físico y espiritual, y la angustia, entre otros. Para que existan unos, indefectiblemente tendrán que existir los otros.

Estos últimos días estamos contemplando, a través de los medios de comunicación, cómo una de las muchas fuerzas, que no dominamos y escasamente conocemos, están afectando a los lugareños de nuestra Isla Bonita, la isla de La Palma. Igual que el telurismo, con el que conviven los palmeños, también ha surgido otro con idéntica intensidad dentro del corazón de todos los insulares y peninsulares de nuestra histórica nación.

El sentimiento generalizado de tristeza, ese dolor que atormenta a todas y cada una de las vidas de los palmeños, que se han vuelto melancólicas, apesadumbradas y afligidas, se han reafirmado en el yang al que le de réplica instantánea el yin que ha aparecido sobre la Isla Bonita. Y me refiero al yin de una óptima «solidaridad como ternura de los pueblos». Esta expresión tan bella se ha leído en alguno de los tuits de respuesta a un mensaje que se ha hecho viral. Me refiero al tuit que ha escrito Adriana, una niña de doce años que vive en Madrid. Adriana manda a los palmeros, en especial a los que han perdido su casa, todo su apoyo y todo su ánimo. Y para finalizar el tuit escribe la frase «Os dejo unos bombones para que os endulce este momento». De inmediato, y ello es una de las utilidades que tienen las redes sociales, las muestras de emoción y agradecimiento a las palabras de Adriana, en forma de tuits de respuesta, no tardaron en aparecer en la red social.

Todos los tuiteros agradecían las palabras de la niña y alababan y felicitaban a sus padres. Se leían también mensajes confiando que ejemplos y actitudes como la de Adriana hacían mucha más falta en los humanos, a los que se invocaba a educarse en verdadera solidaridad y empatía. No eran pocos los que escribían sus respuestas con los ojos vidriosos resaltando la belleza del mensaje de Adriana.

Todos los que hemos tenido la suerte de no pasar por el último acontecimiento de La Palma desconocemos, aunque haciendo un gran esfuerzo lo intuyamos, el abatimiento y la desesperanza de los palmeños por sus pérdidas, materiales sí, pero en las que habían puesto todas sus ilusiones. Sus hogares con huertos, los platanares, los edificios religiosos, los negocios de hostelería, las vías de comunicación, en fin, todo aquello que no lo echamos en falta hasta que no lo tenemos.

En esta Isla Bonita, protegida por la Ley del Cielo, para contaminantes lumínicos y hasta los atmosféricos, sus habitantes están sufriendo hoy, ruidos ensordecedores, expulsiones de minerales que conforman la sangre del planeta y, sobre todo, gases contaminantes que inundan sus cielos y los de las islas hermanas.

A este rincón ‘chiquito’ y bello de la gran madriguera que el sapiens habita, confiemos que lleguen muchos más gestos de bondad y hermanamiento con nuestros hermanos palmeños, para aminorar de algún modo las penas y sentimientos que están abatiendo hoy sus ánimos.
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