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Ventanas de abril

Ventanas de abril

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Vista del pueblo de Portilla de la Reina. Ampliar imagen Vista del pueblo de Portilla de la Reina.
| 15/05/2020 A A
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Ventanas de abril
Sociedad Por Agustín Berrueta
Por fin sabemos el nombre (que no voy a escribir) de quien nos ha robado este extraño mes de abril, junto con media primavera, y ahora por fin empezamos a ver la luz al final del túnel o al otro lado de las ventanas. Hablando de ventanas, en una situación normal, mi vida diaria transcurre con monotonía tras los cristales; monotonía de lluvia, o de sol, o de nubes y claros, pero monotonía. Aunque ya no tengo oficio ni beneficio por madrugar, sigo levantándome en cuanto entra un rayo de luz por las rendijas de la persiana y, después de efectuar las cotidianas abluciones higiénicas, me siento a leer la prensa en el ordenador mientras desayuno un té con galletas. O me siento a desayunar un té con galletas mientras leo las noticias en el ordenador, no estoy seguro de cuál es el enunciado correcto, y eso que estudié en los jesuitas y saben muy bien que se puede rezar mientras se come, pero no se puede comer mientras se reza.

Antes de leer ninguna noticia, lo primero que hago es asomarme a algunas ventanas virtuales, las de varias páginas web que incluyen una cámara en funcionamiento, unas webcam, vaya. Durante el otoño e invierno me conecto a dos páginas de montaña. La primera es la de Collado Jermoso, ese refugio como de cuento, colgado en un balcón privilegiado de los Picos de Europa, a 2000 metros de altitud. La página web del refugio nos ofrece dos imágenes: una vista del propio refugio desde la collada que tiene a sus espaldas, con el telón de fondo del inicio del Jou del Llambrión y la última de las Colladinas, que son el acceso más fácil para llegar hasta allí. La otra imagen de esta página es la de una cámara situada mil metros más abajo, en el valle de Valdeón. Se puede ver un rincón de Posada desde el sur, con el inicio del desfiladero que lleva a Cordiñanes y a Caín. De esta manera, de un solo vistazo puedo ver el tiempo que hace en el valle y en las cumbres de los Picos. En Valdeón he estado muchas veces, desde la primera en que acompañé a mi hermano Jose y a su amigo Bernardo, allá por 1974, cuando todavía vestíamos pantalones de pana y calzábamos Chirucas. En el refugio Jermoso solamente he estado una vez, nos llevó El Pera a un pequeño grupo y no se me olvidará que llegamos casi de noche bajo una ventisca de nieve y granizo, a pesar de que estábamos en el mes de julio, y que al día siguiente salimos en pantalón corto bajo un sol implacable. La otra página de montaña a la que me conecto es de la estación de esquí del Puerto de San Isidro –aunque no soy esquiador, pero sí he hecho unas cuantas rutas de senderismo por esa zona– que dispone de hasta siete cámaras repartidas por sus laderas con diferentes vistas; mi preferida es la de Requejines, porque está orientada hacia el este y, en los días más claros, permite contemplar a lo lejos la silueta inconfundible de Peña Santa.

En primavera y en verano alterno mar y montaña: mantengo el enlace con Collado Jermoso pero, en lugar del Puerto de San Isidro, prefiero consultar el tiempo que hace en la costa asturiana, como en la playa de San Juan de la Arena que guarda mis pasos infantiles o en la turística de San Lorenzo de Gijón que frecuentaba con mi novia; y no porque vaya a ir a bañarme, que ya no tiene uno cuerpo para eso, sino para ver si me entran ganas de beber unos culines de sidra y, con esa excusa, bajar al bar de la esquina a matar la morriña. Esas son las primeras ventanas que abro en mi ordenador todas las mañanas.

Durante este confinamiento que dura ya más de dos meses he cambiado ligeramente mi rutina para transportarme al menos virtualmente a algunos lugares que frecuentaba cuando éramos más normales (yo sigo siendo el más normal, que conste). Así, por ejemplo, un miércoles, ya que era imposible ir al mercado de la plaza mayor, como acostumbro, busqué una cámara ubicada en sus cercanías y encontré una en la calle La Paloma que muestra la plaza de Regla y la catedral con un espectacular efecto de ojo de pez. Como la cosa iba de plazas, me vino a la cabeza mi querida plaza mayor de Salamanca. La cámara que encontré da un imagen de peor calidad pero aún así fue impactante la visión panorámica de una plaza, verdadero corazón de la ciudad, completamente vacía. La cámara enfoca el pabellón Consistorial (norte) y el Real (oeste). En los días despejados, a última hora de la tarde, antes de que las sombras se adueñen por completo de la plaza, los últimos rayos de sol tiñen de naranja la piedra de Villamayor del pabellón Real («cuando el sol al acostarse encienda/ el oro secular que te recama» en palabras de Unamuno), es el momento mágico del día, la hora de la melancolía, y me produjo auténtica congoja contemplar la soledad de la plaza que tantos recuerdos juveniles me trae. Como diría Horacio Guarany, «se me arrollaba en el alma, las leguas que anduve en ella».

Para compensar, y por casualidad, que son las sorpresas que más se disfrutan, tuve un gozoso descubrimiento; un buen día, la web de Collado Jermoso no funcionaba y, en lugar de la imagen del refugio, apareció una vista de Portilla de la Reina, un pequeño pueblo situado en la carretera de Riaño al puerto de Pandetrave. He pasado varias veces por Portilla camino de Picos, pero nunca he parado ni he entrado al pueblo. El pueblo parece dividido en dos barrios separados por el río Yuso y la carretera que sube paralela a él. Son dos racimos de casas de dos pisos, casi todas de tejado rojo, encajadas entre abruptos peñascos calizos. La cámara está situada en un alto sobre el «barrio de la iglesia», lo he llamado yo así porque se ve su fachada a la derecha de la imagen. Desde el primer momento me gustó la vista del pueblo y observar los juegos de luces y sombras en las casas y en las peñas con el paso de las horas. Pero la mejor sorpresa la tuve cuando subí el volumen del altavoz (no todas las webcam incorporan micrófono) y la habitación se llenó con los cantos de los pájaros. Hay mañanas -curiosamente solo se les oye por la mañana- en que mi casa parece una pajarería loca, se oyen conversaciones frenéticas de trinos, silbidos y gorjeos. Esporádicamente se escucha alguna esquila lejana y solamente un día oí ladrar a los perros, que parecían muy enfadados, a lo mejor estaban presentando sus saludos a algún capitalino que se había saltado el aislamiento. Para completar la bucólica estampa, a las horas en punto y a las medias se oye tañir la campana de la iglesia dando la hora (toque que repite a los dos minutos) y un repique especial después del de las doce del mediodía.

Estas han sido, parafraseando al desaparecido y entrañable Miguelín Escanciano, mis ventanas de abril que me han hecho compañía durante esta larga cuarentena. Estoy seguro de que algún día volveré a Valdeón, a las montañas de San Isidro, a las playas asturianas (aunque me quede en el chiringuito a ve-ver culines), a la plaza mayor de Salamanca y, quién sabe, puede que también a Collado Jermoso, aunque se me antoja más difícil subir allí con mi menisco «degenerado» (eso fue lo que me dijo el médico mientras me miraba a los ojos, preferí no tomármelo como algo personal para que no corriese la sangre), pero donde más me apetece ir, cuando todo esto sea solamente un mal recuerdo, es a Portilla de la Reina y hacer una foto desde el mismo emplazamiento de la cámara web, para colocarla en la estantería entre mis fotos preferidas, en agradecimiento por la compañía que ha sido, y seguirá siendo, durante tantos días de ventanas confinadas.
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