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Vanitas

Vanitas

OPINIóN IR

17/02/2021 A A
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Vanitas
Quién nos hubiera dicho, de este maldito carnaval tan largo, que en lugar de máscaras es de mascarillas, que viste la pena de millones de penas que son perdigonazos en las alas de tiernas alegrías. Un año ya con este exceso de ceniza, de ceniza adelantada, imprevista, de ceniza que no viene de las palmas benditas del Domingo de Ramos, que viene del oriente lejano, de un mercado donde dicen, que un hombre despistado se comió un murciélago en cuyas alas volaba la muerte.

Bajó Ulises al Hades en busca de Tiresias. Se encontró con Aquiles. Le dijo que no debía entristecerse por estar muerto ya que imperaba poderosamente sobre los difuntos. A esto le contestó enseguida: «No intentes consolarme de la muerte, esclarecido Ulises: preferiría ser labrador y servir a otro, a un hombre indigente que tuviera pocos recursos para mantenerse, a reinar sobre todos los muertos».

Los informativos han un sido pertinaz y diario ‘miércoles de ceniza’. El relato de cifras una versión moderna del «polvo somos y en polvo nos convertiremos». Quizás habíamos olvidado que éramos mortales. «Memento mori». Decían los romanos. Recuerda que has de morir. Qué extraña nuestra facilidad para olvidarlo, siendo como es la única verdad que nadie ha refutado. Se decía como sortilegio contra la soberbia. Nadie escapa. Se repetía en piedra como evidencia de un tiempo tasado como un hilo, hilado, medido, cortado, como advertencia para elegir bien en qué lo empleamos. Para no perderlo. Una calavera era su imagen. Aquel lugar no más grande que una pelota que, sin embargo, había albergado todo un mundo –paisajes, ideas, intenciones, afectos, miedos, sueños–, se presenta como hueso pelado y limpio, hueso y hueco. En lugar de ojos, vanos. Como ‘vanitas’ pasó al mundo del Arte, a la representación pictórica de la fugacidad, de la vanidad de los afanes. Bodegones de fruta corrompida, pronto dada a los insectos. Esto es la vida. Parecen decir.

Pero no, no es eso, es precisamente lo contrario. Es el aviso de que así acabamos. Y, por tanto, debemos aprovechar mientras estemos vivos. Olamos las rosas. No dejemos por estrenar ningún vestido. Dejémosle poco que llevarse a la boca a la escuálida muerte, teniendo siempre presente este bendito verso: «Todo lo consumido en el amor, no será nunca gesta de gusanos».

Y la semana que viene, hablaremos de León.
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