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Vamos a contar mentiras

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Randolf Hearts convirtió un accidente del ‘Maine’ en un acto de guerra. Ampliar imagen Randolf Hearts convirtió un accidente del ‘Maine’ en un acto de guerra.
Carlos del Riego | 08/04/2020 A A
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Vamos a contar mentiras
Comunicación Algunos bulos que la prensa de la época fabricó y difundió se repiten en estos tiempos con la transmisión de ‘fake news’ a través de los teléfonos móviles y las redes sociales
Corren tiempos en que las patrañas se propagan y contagian tanto o más que el virus. Actualmente la transmisión de bulos y falsedades está al alcance de todos, cualquiera puede inventar una trola y ponerla en el teléfono de millones, y no importa lo gorda que sea pues siempre habrá quien se la trague y ayude a su difusión. Antes de que la tecnología permitiera tal cosa, los rumores sólo se esparcían de boca en boca o mediante su publicación en papel de periódico.

La información, ya sea en prensa, radio, televisión o red, se basa en la confianza del lector en que lo que le cuentan es cierto. Si el medio pierde credibilidad perderá lectores, suscriptores y anunciantes. Pero a quien no afecta nada de eso puede poner en circulación cualquier barbaridad sin el menor escrúpulo o peligro, cosa que sucede a diario y se dispara en momentos de crisis e incertidumbre como el actual. En otro tiempo, sin embargo, se dieron casos vergonzosos de periódicos que propagaron monstruosas mentiras, a veces con nefastas consecuencias. La corta historia de la prensa moderna (desde la invención de la linotipia, en 1885) presenta algunas muestras de la perversión del mensajero, el cual puede tergiversar, exagerar y manipular la información o, directamente, mentir.

Uno de los momentos más vergonzosos para la profesión periodística fue cuando el magnate estadounidense Randolf Hearst y su competidor Joseph Pulitzer pugnaban por publicar la mayor patraña para vender más periódicos. Hearst, como es sabido, convirtió un accidente del barco estadounidense ‘Maine’, atracado en Cuba, en una agresión de España; le dio todo el bombo, exageró y publicó gruesas mentiras que encendieron los ánimos del público, preparando así el terrero para la guerra. Hearst envió un ilustrador a Cuba para que dibujase escenas de guerra, pero una vez allí el dibujante le dijo que todo estaba tranquilo, a lo que Hearst respondió que no se preocupara, que «de la guerra me encargo yo». Incluso ofreció recompensa a quien diera información sobre los responsables del ataque. Está más que contrastada la inmoralidad de este personaje, que usó la prensa como instrumento político sin ningún rubor, y no dudó en difundir mentiras para instigar una guerra y vender más.

Otro caso de desvergüenza periodística lo protagonizaron varios corresponsales estadounidenses destacados en China. Resulta que, en 1900, cuatro enviados de otros tantos diarios de Detroit se pusieron de acuerdo para remitir a sus redacciones una monstruosa mentira: desde Nueva York se había mandado una comisión de expertos para que estudiaran el mejor método de derruir la Gran Muralla China. En realidad, esos cuatro embusteros (Lewis, Stevens, Tournay y Wilshire) sólo tenían que hacer un reportaje de viajes (trenes, monumentos, hoteles…), pero les pareció que escribir una gran trola vendería más, y así lo hicieron. De este modo, los cuatro periódicos de Detroit publicaron tan sensacional noticia, incluyendo detalles como la partida de los expertos o el propósito de la demolición, que era la apertura de China al resto del mundo. Agencias de todo el mundo distribuyeron la patraña; más aún, un diario de Nueva York recogió y amplió la ‘noticia’ con nuevas ‘informaciones’ (inventadas, claro). Incluso hay quien relaciona este embuste y el desencadenante de la Guerra de los Bóxers.

Las guerras son campo abonado para verter todo tipo de manipulaciones y mentiras en los medios de comunicación. Durante la Guerra Civil Española fueron muchos los corresponsales de todo el mundo que la cubrieron sobre el terreno. Sin embargo, como algunos eran espías o agentes infiltrados por potencias extranjeras, la información casi siempre era falsa. El escritor Georges Orwell, uno de ellos, contó después que había leído crónicas sin la menor relación con los hechos, reportajes no sólo tergiversados o mentirosos, sino que eran pura invención. Un tal H. Mathews, del ‘New York Times’, proclamaba abiertamente que era «una estupidez exigir objetividad». C. Cockburn enviaba a ‘The Week’ enormes ficciones, y cuando un colega le dijo que el público tenía derecho a conocer la verdad, el tal Cockburn le respondió: «¿Y quién le ha dado ese derecho?». El espía del Komintern Arthur Koestler (del ‘London News’) tuvo un gran éxito con su libro ‘Spanish testament’ (1937), sin embargo, años después confesó que lo había escrito al dictado de un comisario soviético; idearon capítulos, tergiversaron hechos, dieron la vuelta a otros… Incluso la famosa foto de Robert Cappa que muestra al miliciano recibiendo un tiro presenta tantas dudas que muchos la dan por ‘preparada’, falsa. Además, como la mayoría de corresponsales simpatizaban con un bando, minimizaban sus derrotas y exageraban sus victorias, con lo que gran parte de la prensa internacional mostraba un escenario siempre favorable a ese bando, de modo que cuando ganó quien ganó, muchos no podían creer que se perdiera la guerra después de haber ganado todas las batallas.

Muy recordado es el episodio en el que Orson Welles radió una adaptación de la novela ‘La Guerra de los Mundos’ (de H. G. Wells). Fue en 1938 y se ha contado que se produjo un gran pánico en Estados Unidos, que hubo quien acaparó comida, que muchos huyeron a las montañas y que fueron millones los que creyeron que lo escuchado era real…Todo mentira. No se produjo la histeria que dicen que hubo, de hecho casi nadie se lo creyó. Lo que ocurrió fue que ciertos periódicos hincharon la cosa inventándose sucesos, episodios dramáticos y situaciones de pánico. Sorprende que a día de hoy la mayoría de los que conocen la anécdota se crean la versión de los periódicos y ayuden a difundir ese longevo bulo.

Más actualmente se han dado casos de reporteros mentirosos, como Jayson Blair, que publicó fantásticos y sensacionales reportajes en el ‘New York Times’ hasta que en 2003 se descubrió que todo era invento (salvo cuando era plagio), y que el tipo nunca había estado en los sitios donde se situaban sus artículos. Claro que, como muestra de honradez, el ‘Post’ renunció a un ‘Pulitzer’ al descubrir que el reportaje premiado era pura fabulación. Y es que, afortunadamente, hoy los medios serios (no los boletines oficiales de los partidos políticos) se cuidan de que lo que comunican coincida lo más posible con la realidad.
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