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Un festín de percepciones

Un festín de percepciones

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José Ignacio García posa con su más reciente publicación. Ampliar imagen José Ignacio García posa con su más reciente publicación.
Yolanda Izard | 08/09/2020 A A
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Un festín de percepciones
Literatura La escritora y crítica literaria Yolanda Izard hace la reseña de la nueva publicación de José Ignacio García
'Algunas historias no sirven para escribir canciones de amor'
José Ignacio García
Ed. Impresión Punto y Seguido
Colección Péñola Narrativa, 2020
324 pag.18 €


A José Ignacio García no hay más que escucharlo hablar en cualquier situación, de tú a tú o en público, para saber que lo suyo es contar, contar y contar. No es extraño, pues, que este narrador nato, que vive a caballo entre Pozal de Gallinas y Medina del Campo, al que vemos con frecuencia por Valladolid y edita sus libros en León, se haya decantado por la narrativa en todas sus obras publicadas. José Ignacio García tiene demasiadas cosas que contar, cientos de argumentos que desplegar, decenas de personajes, variados conflictos humanos, como para dedicar su tiempo a géneros menos locuaces. Esta facilidad, acompañada de un entusiasmo irresistible, deja su impronta en este libro de relatos de tan expresivo título (y que cuenta con un magnífico prólogo de nuestro admirado Tomás Sánchez Santiago), que creo, sin dudar,  que es el mejor y el más maduro de los suyos y en el que ha optado, muy acertadamente, por el relato largo. Pero lo que más le gusta a José Ignacio, el gran impulsor de esa fiesta navideña que constituye cada año la publicación de un libro de Navidad colectivo con escritores e ilustradores de talla, es hablar de sus héroes de hojalata, que es, por cierto, el título de uno de sus cuentos más elaborados. No podríamos entender su narrativa sin detenernos en esa cantidad de personajes que desglosa como si fueran las piezas de un puzzle para que los veamos vibrar ante nosotros con toda su problemática sencillez a cuestas (creo que era Kafka quien dejó escrito que Dios vive en las personas humildes). El mismo autor nos lo dice en este relato cuando habla de «algunos personajes de menor lustre que, en lugar de ser paladines acuñados con metales nobles, son, por definirlos de alguna manera, héroes de hojalata a los que la Historia nunca dedicará páginas preferentes».

Como la historia nunca les dedicará un segundo, lo hace José Ignacio, pues para eso están los escritores, pare rellenar los huecos inexplicables y enmendarle la plana a la imperfecta realidad. García pone ante los ojos del lector a esos hombres normales y corrientes que pueblan un territorio de variados argumentos (sobre todo, ay, el desamor), ajustándose a la tradición, no sin alguna que otra desobediencia: y así vemos a la señorita Jéster Sú, tierna y encantadora y de inexplicable timidez, huyendo de los hombres y dejándole al portero el merecido premio tras una vida injusta. O ese muchacho de ‘Solitario’, uno de mis cuentos preferidos junto a ‘Vida de un muerto’, que llega a una aldehuela camuflada entre montañas, solo habitada por tres jugadores de cartas, para completar el cuarteto de tahúres.

Una característica propia de la mayoría de los relatos, como anuncia el mismo título, es el amor roto, el desamor, flanqueado por una considerable variedad de subtemas (venganza, asesinato, soledad, suicidio…), de intrigas y de tonos, y aunque, en relación al tono, priman los desenfadados (Galanes, por ejemplo, o ‘La señorita Jéster Sú’, o ‘Las novias viudas’ o ‘El príncipe etíope’ o ‘(S)icaria)’, cuando despliega el tono grave lo hace sin piedad, como en el relato, demoledor, que lleva el título del libro y que lo cierra, ‘Algunas historias no sirven para escribir canciones de amor’; una historia de irremediable desamor en un matrimonio tradicional que trata por todos los medios de aparentar «que convivíamos en un vergel sembrado de sosegada pasión y de ternura». También une a estos diecinueve relatos, como una tenue pero constante música de fondo, la presencia de canciones españolas, que los personajes escuchan, tararean o recuerdan: Sabina, por ejemplo, aunque hay también jazz. Y una clara predilección por los finales sorprendentes, algunos, pocos,  en la línea de ‘Deus ex machina’.

Encomiable es la búsqueda por parte del autor de la precisión de detalles tanto en el dibujo de sus personajes como en el de los lugares que pueblan y que crean ricas ambientaciones llenas de descripciones, así como en sus propios vestuarios, de una variedad de telas, formas y texturas con las que José Ignacio premia al lector, y que culmina con la rica gama de variadas percepciones sensoriales con que trata de dar cuenta no solo de lo visible, sino de los otros sentidos, el olor, por ejemplo, en las fragancias culinarias que despliega en el último relato («La memoria no se fragua solo con momentos o con imágenes, sino también con perfumes y sabores»); o el oído, en la música, en las conversaciones con las que interactúan sus personajes a lo largo del libro. Junto a los detalles descriptivos, me gustaría resaltar una característica que enriquece literariamente este libro como son los amplios símiles que complementan su acerada visibilidad: apenas hay página que no recoja alguna asociación por semejanza, ampliando así las conexiones de sentido. Es aquí, en las comparaciones, donde José Ignacio logra con frecuencia brillantes efectos de rica expresividad.

Dicho esto, la variedad es uno de los rasgos predominantes de este libro. Variedad de personajes (niños, jóvenes, adultos, ancianos; cada uno con sus propios rasgos, individualizados, que no se solapan, y todos ellos vistos con dignidad y piedad) y de las problemáticas a las que se tienen que enfrentar; variedad de intrigas y suspenses y desenlaces (entre los que prefiere las contundentes vueltas de tuerca, los giros finales inesperados); variedad en las distintas épocas en que viven, desde el siglo XIX hasta la actualidad; variedad de voces narrativas (desde la compleja segunda persona de ‘Galanes’ hasta la primera, pasando por la tercera omnisciente con algunas variaciones) y de localizaciones (entre las que destaca Valladolid, con algunos de sus personajes, como la escritora Elena Santiago o de su diario El Norte de Castilla).

Una nueva etapa parece abrirse en la escritura de José Ignacio García con los mejores relatos de este libro, que son, sin duda, los largos, que rondan el más largo aliento de la novela corta por sus características narrativas, más en consonancia con los de esta que con los propios del relato breve (José Ignacio parece huir de técnicas propias de la estética breve posmoderna como la elipsis, la sugerencia o los significados sumergidos) para centrarse en algunos propios de la novela clásica, sin aventuras vanguardistas: precisión léxica, prevalencia del personaje, diseccionado con rigor y mucha ternura, y de los detalles que, sin desdeñar lo visual, suponen un festín de percepciones.
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