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Teresa Sánchez

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22/03/2015 A A
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Teresa Sánchez
Ni «de Jesús», ni «santa». Teresa Sánchez a secas, o Teresa de Ahumada, como a ella le gustaba: la persona, el ser humano. No me interesa el mito ni el ídolo de santidad ni el brazo incorrupto, que distorsionan su biografía y ocultan las partes digamos escabrosas.

Este año se celebra el quinto centenario de su nacimiento. Todo me parece bien para actualizar la vida y obra de alguien tan relevante, ya sea Teresa Sánchez o Luis de León Varela (más conocido como fray Luis de León), figuras de sólido peso histórico, de quienes podemos sacar valiosas lecciones en el siglo XXI.

Todo me parece bien, salvo que una confesión religiosa, un partido o una ideología se apropien de personajes inclasificables, visionarios y heterodoxos, y nos los vendan como agua bendita. No vivimos tiempos de comulgar con ruedas de molino: ni Teresa ni Luis lo hicieron y, si de algo ha de servir su ejemplo, sea para plantar cara al dogma, a la censura, a la intransigencia y a la Inquisición.

Luis de León Varela fue encarcelado por ser libre y Teresa Sánchez fue perseguida por una inquisición machista que no podía consentir –hace quinientos años igual que hoy– una mujer libre, dueña de su sexualidad y de su palabra. Después de machacarlos en vida, las mismas jerarquías lavaron sus manos de Pilatos con honores y santificaciones tardías. A burro muerto, cebada al rabo. La historia se repite: en la actualidad hay muchas Teresas Sánchez a las que su iglesia judía, cristiana o mora niega el pan y la sal.

Hace años compré en Alba de Tormes el Libro de las Fundaciones, lo leí y me gustó; descubrí con simpatía todo un carácter desobediente y revolucionario, en palabras de Ray Loriga: «Ella puso el dedo en las heridas más sangrantes de la Iglesia, que todavía duelen hoy. Habló del papel de la sexualidad; protestó por la atroz situación de la mujer dentro de la Iglesia, abogó por una Iglesia sin clases ni pobres ni ricos, y puso encima de la mesa el balance entre el poder político y el poder espiritual de la Iglesia; y lo bonito es que algunas de esas batallas las ganó».

No me cuenten milongas centenarias: menos brazos incorruptos y más respeto a Teresa Sánchez.
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