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Soñar es el modo que el alma tiene

Soñar es el modo que el alma tiene

OPINIóN IR

06/01/2021 A A
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Soñar es el modo que el alma tiene
En Benavides, el Oriente está en la Fábrica de harinas y de allí llegan Sus Majestades los Reyes Magos cada 5 de enero. En la Fábrica de harinas ajustábamos barbas y pelucas, coronas y turbantes, túnicas, capas, pendientes y collares. Era la hora. Con los pajes formados en dos filas, encendidas las antorchas, uno paraba los coches que vinieran y salíamos ya a la carretera. «Buenos Reyes, buenos Reyes, buenos Reyes de alegría». Cantábamos con ganas contra la ventisca, contra la nevada, contra la lluvia y el invierno, cantábamos para entrar en calor. Cabalgata de Reyes.

Melchor, Gaspar y Baltasar llegaban. Ya estaban cerca. En caballos, en 600, en vespas, en carroza… incluso, el año en que se helaron los corazones, llegaron caminando. Humildes en su realeza, se arrodillaban para adorar al Niño y ofrecerle sus presentes: oro, como rey; incienso, como Dios y mirra, como hombre.

En mi memoria siguen refulgiendo los destellos de todos esos niños que eran sólo ojos, ojos muy abiertos, asombrados, ojos que iluminaban al mirar, pues ellos veían verdad donde los demás, pobres, sólo comprendían el engaño, el artificio de una representación.

Las capas eran sábanas, colchas, dobladas sobre un cordón para hacer la capilla. De papeles brillantes eran las lunas y estrellas que pegábamos en ellas por toda riqueza. Los cofres, cajas de farias, con cuatro caramelos. Las bocamangas el cartón de cajas de camisas forrado con papel de oro y plata. Las barbas y bigotes con un corcho quemado. Por calzado las botas de soldado. Y pese a ser todo retal, no he visto en mi vida más elegancia que la de aquellos Reyes Magos y de sus pajes llegando cada 5 de enero en cabalgata a mi pueblo. Sobre sus hombros la majestad de desiertos y milenios. Ellos portaban la belleza del fuego, la atracción del misterio, el esplendor de la tradición, lo valioso se lo daban las miradas sin asomo de duda, convencidas del sueño.

Pese a mi edad, los sigo viendo así: reales. Con esa realidad que sólo a los niños se desvela. Para el adulto sólo es cierto lo que existe, mientras que para ellos existe con verdad todo lo que sea posible y qué es posible o no lo marca su imaginación. Qué ironía que, en estos tiempos dados a creer cualquier mentira, seamos tan pobres de espíritu como para negar la verdad que alienta en toda ilusión. Tenemos un año por delante para ser buenos y volver a creernos, no lo desperdiciemos.

Y la semana que viene, hablaremos de León.
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