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Solos y confinados: "Estamos muy acostumbrados"

Solos y confinados: "Estamos muy acostumbrados"

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Tinín se asoma a la ventana de casa, \ Ampliar imagen Tinín se asoma a la ventana de casa, \"estaba tumbado en el sofá viendo la tele\", por la mañana ya estuvo en el invernadero y después a Internet.
Fulgencio Fernández | 19/04/2020 A A
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Solos y confinados: "Estamos muy acostumbrados"
LNC Domingo Vecinos que viven solos en sus pueblos es algo relativamente habitual en la provincia de León; contamos la historia varios de estos últimos solitarios que, la verdad, lo llevan bien
Un pueblo ‘grande’ de la montaña leonesa puede tener 40 casas abiertas, que es como llaman a los vecinos de verdad. Y de esas cuarenta casas puede ocurrir, de hecho así es, que en doce de ella viva solamente una persona, vecinos que están pasando solos este confinamiento y que, vaya por delante, la gran mayoría lo llevan muy bien. «Estamos muy acostumbrados», aseguran, y cada uno de ellos ha encontrado una manera de combatir el aislamiento.

Los números son de Cármenes, cabeza de municipio, allí están las 40 casas abiertas y allí hay doce vecinos que viven solos: Nieves la de Bernardo, María Jesús la de Quintín, Maruja Barata, Tinín el del señor maestro, Jaimito el de Mael, Sara la de Marcos, Julía María en el Barrio, Nines que está en el hospital, Miguel Ángel el nieto de Fonso, Eloy en la fonda, Elí, Fonso el asturiano...

Pero Nieves lo explica rápido: «No es lo mismo estar solo en un pueblo que en una ciudad, en una ciudad estás con mucha gente pero estás sola de verdad». Y es que poco después de salir el sol ya todo el mundo sabe dónde y cómo están todos los demás, suenan los teléfonos, los Whatsapp, la familia...

- Estamos muy acostumbrados.

De hecho en muchos casos es una soledad buscada. Tinín el del maestro vivió muchos años en León, su hermana insiste en llevarlo con ella, pero él ha encontrado nuevamente en su pueblo su forma de vida. Tiene un huerto al que accede por la puerta trasera de casa, allí siembra de casi todo entre las bromas de sus compañeros de partida de tute... Y juega la partida, cada día. Si se despista ya le llama Jaimito y al acabar coge el coche y marcha hasta Piornedo a ver a su tía, a la Collada de Genicera o el Puerto de Piedrafita, mucho mejor con nieve, a ver bichos...

-Eso es lo que más echo de menos, marchar para el monte, ver bichos, tomar el aire, despejar...

- ¿Y el tute?
- También, pero menos, ahí el enredabailes es Jaimito.

Internet, la televisión y ver pasar los días desde los amplios ventanales completan las jornadas de un Tinín (Celestino Fierro) que se muestra convencido de que «no hay mejor lugar para pasar la cuarentena».

La palabra enredabailes la verdad es que le viene como anillo al dedo al mencionado Jaimito, Fernando Jaime Salcedo, un personaje. También tiene familia en La Robla y León pero tras una larga vida dedicada a su empresa de camiones y movimiento de tierras regresó al lugar donde su padre es el más recordado tendero y personaje, Mael.

Cierto que le gusta jugar la partida, pero lo que más echa de menos es otra afición, por la que ya fue noticia en este mismo periódico. Fernando bajaba casi todos los días hasta Mercaleón y allí se hacía con unas cuantas piezas de carne que cargaba en su furgoneta e iba repartiendo a perros —sobre todo mastines del ganado— de toda la comarca, que no eran suyos, ni mucho menos, pero le encantaba llegar a un paraje, abrir las puertas de la C 15 y ver cómo iban apareciendo perros, sabe bien cuántos son. En aquel reportaje iba haciendo recuento: «Uno, dos... seis. Pues falta uno, la más vieja. Ésa ya la tengo a la puerta de casa».

- ¿Y porqué no marchan todos para tu casa a esperarte allí?
- Porque saben cuál es su trabajo. Ellos no se mueven de al lado de las vacas.

Seguir haciendo este recorrido es lo que más echa de menos, ver a los perrines... aunque le queda el consuelo de que tiene uno suyo, en casa, que es fácil imaginar cómo vive. «Como merece», dice él, recordando a un mastín que estaba con el ganado: «Parió una vaca y trajo un ternero muerto, se sentó al lado y de allí no se separaba ni a tiros».

Ahora dedica buena parte de ese tiempo que «nos han regalado» a llamar a los colegas, sobre todo a los enfermos, pues otra de sus ocupaciones anteriores, además de dar de comer a los mastines, era pasar a ver a los enfermos, ver qué podía hacer. Por es está contento, porque uno de ellos ha regresado a casa y por su hija, «que trabaja en una residencia de ancianos y me ha dicho que no tienen ningún caso».

- ¿Y el tute?
- Bueno, teníamos cosechas adelantadas y cuando nos suelten pues recuperamos lo que haga falta.

El caso de Nieves, de la larga familia del Tío Perico, es bien diferente pues aunque también vive sola en casa, «pared con pared» vive su hijo Jesús Javier y allí están sus nietos, Ana y Rubén. «Que se arregle todo para estos, que lo nuestro ya está todo hecho», recuerda esta mujer que muchas veces escuchó contar a su madre, Nieves también, la historia de cómo nació su hermano Pedro. «Mi madre estaba en casa sola, a punto de dar a luz cuando en su pueblo se empezaron a escuchar las campanas que anunciaban un bombardeo y la gente se refugiaba en las cuevas. Ella no se podía mover y parió en soledad»; por eso entiende la exageración que supone ahora hacer comparaciones.

Quien sí conocería ‘la guerra’ es la mayor de las que vive sola, Sara la de Marcos. Una gran trabajadora llena de vitalidad a la que se intuye siempre haciendo algo cuando la ves por el triángulo abierto de los visillos de su cocina, con esa cabeza agachada que significa que algo anda «tejiendo. Ya hice tres mantas y vete a ver lo que haré», dice asomada a la puerta mientras barre.

Es la mayor pero no la menos activa. Se acuesta pronto, se levanta casi al amanecer, no para y tranquiliza a las hijas que viven afuera, «aquí no hay casos, estamos bien», le da consejos a Alejandro, el nieto que viene a atender el ganado...

- La verdad es que siempre hay algo que hacer, si tienes ganas, ya estamos acostumbrados.

Y Sara nos regala la evidencia de que algo raro está pasando. «Mirar para casa de Sofi y no ver esas flores que tanto cuida se te hace raro».
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