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"Sagasta, señor, sí señor"

"Sagasta, señor, sí señor"

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‘Sagasta’, con camisa de cuadros, participando en una de las dianas de Veneros. Ampliar imagen ‘Sagasta’, con camisa de cuadros, participando en una de las dianas de Veneros.
Fulgencio Fernández | 05/07/2020 A A
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"Sagasta, señor, sí señor"
La historia de la semana Sagasta era el nombre por el que era conocido en la comarca de Boñar. Un tipo que podía ser perfectamente la definición de "entrañable", se fue en silencio
Muchas veces utilizamos la palabra «entrañable» para definir no sabemos bien qué. Si conociste a Sagasta, si lo has visto por Boñar, donde más tiempo vivió, él es la propia definición de entrañable: un tipo inocente, bueno, un cacho de pan sin ningún vínculo con la maldad, al que la vida castigó con muchas cosas, con excesivas soledades y, sobre todo, con unos años finales peleando con un cáncer que le trajo por la calle de la amargura, pero sin hacerle torcer el rostro, aunque sufriendo cuando ya no podía hablar, no se le entendía.

Y libre. Cuando después de la operación estuvo en una residencia pronto supo que aquello no era para él. Y se fue, claro.

Sagasta debía llamarse Antonio Bragado y, aunque muchos le hacían de Boñar, realmente había nacido en la cercana localidad de Veneros, aquel pueblo que fue minero. Cada año se lo recordaba Sagasta cuando aparecía a celebrar las fiestas de San Bartolo, aguantaba bailando hasta que no quedaba nadie en la pista y empalmaba con la famosa diana, de la que era un claro protagonista y en la que no faltaba ‘la sagastina’, el trabajado discurso de nuestro entrañable personaje que era como un pregón oficioso. «Es una grandiosa grandiosidad poder estar nuevamente en mi pueblo...». Ahí se ganaba los aplausos y ya no cesaban en cada uno de los párrafos.

Podías tomar unos vinos o unos cacharros con él, no afectaban a su personalidad, jamás se puso faltoso, jamás dejó de ser entrañable y agradecido. Cada año inventaba, tal vez lo llevaba preparado, un latiguillo para la larga noche, que era el comentario de los días sucesivos: «Solo millo, sólo tullo» fue uno de los que hizo furor;también el de otro año que estaba de moda una famosa película americana y Sagasta te saludaba con un «Soy Sagasta, señor, sí señor».

Y regresaba a su mundo de Boñar o Sabero, donde también vivió y le llamaban Potencias. Regresaba a sus obrucas y chapuces, que decía, a su caminar saludando a todo el mundo.
No hace justicia quien a un tipo tan bueno le castiga con un final tan cruel. Descansa Sagasta, señor.
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