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Repartidor de ilusiones

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Toño Morala | 03/12/2018 A A
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Reportajes Los carteros, uno de los oficios que más ha cambiado con los tiempos, tanto como han desaparecido las cartas escritas a mano. Aquellos carteros eran en la mayoría de los casos los únicos portadores de noticias para cada casa
Hoy, la nostalgia de aquellos carteros de barrio y de pueblo, puede con la memoria y con un buen montón de recuerdos; aquellos buenos hombres, -más tarde las mujeres también entraron- que iban cargados con aquellas carteras de bandolera, de cuero recio y con la inscripción de “Correos” repujada, que muchos tenían que coger el autobús o el tranvía para llegar a las calles que les correspondían en aquellos años, hasta que les dieron las bicicletas, las motos, y las Vespacar para acercar el correo a algún depósito y la recogida de los famosos buzones que ponían por algunas esquinas. Además de eso, los hombres andaban uniformados, que al principio se lo pagaban ellos de su bolsillo, tacaños estos de Correos en aquellos tiempos… y el anecdotario… para qué hablar; eso sí, generalmente eran buenos paisanos que además subían a los pisos cuando llegaba un giro de los emigrantes que se marcharon al extranjero, y ayudaban a los de aquí cuanto podían, o aquellas cartas certificadas para incorporarse a la mili, alguna cuestión oficial, o certificados varios que tenían que mandar familiares o allegados para resolver cuestiones personales, y como no, algunos paquetes con todo tipo de cosas; muchos contenían ropa o calzado o comida, eso sí, curada, olían a chorizo y queso… algunos de aquellos paquetes para militares y mujeres y hombres venidos a la ciudad en condiciones nada halagüeñas, y los del pueblo les mandaban alguna cosina para ir tirando. Los había que andaban toda la ruta canturreando y diciendo piropos jocosos a las mozas casaderas, que muchas recibían carta del novio desde los cuarteles, e incluso desde aquella emigración para ahorrar unas perras y poder casarse. La de cartas de amor que entregaron los carteros… repartía emociones… la de lágrimas que no vieron, pero las intuían, cómo no. En otras ocasiones llegaba un telegrama con alguna mala noticia… el fallecimiento de un familiar, la enfermedad de algunos, pero también llegaban telegramas con buenas noticias como el nacimiento de un crío, alguna broma sobre que le había tocado la lotería o la quiniela; en fin, que había de todo como en botica, pero hay que destacar la honradez y la profesionalidad de estas buenas gentes. Y lo de cartero de pueblo, pues poco hay que añadir; solo el recuerdo de aquella serie de televisión, sí, esa en la que está pensando: “Crónicas de un pueblo”, donde el bueno del cartero interpretado magistralmente por el actor Jesús Guzmán, retrataba fielmente aquellos tiempos que además de ser cartero, hacían miles de favores. Y cuántos carteros tenían que leer las cartas a sus vecinos, pues aquellas “Misiones Pedagógicas” no tuvieron tiempo de llegar a todos los sitios, y además la gente mayor ya no estaba para aprender estas cosas de leer y escribir; y sí, claro, a veces, el cartero les leía de buena fe que sus hijos estaban bien en el extranjero, y que vendrían para el verano, algunos tardaron en venir… no había posibles.

Y paso a relatarles una pequeña historia personal; allá por finales de los años setenta, el que les escribe, conoció a la que hoy es mi mujer, y durante unos cuatro años le enviaba todas las semanas una carta, le escribía el domingo por la noche y le llegaba siempre los miércoles; en aquel entonces ya había cartera en el pueblo donde residía ella, y siempre con la risa en la boca y de cachondeo entre ellas… pero conseguí conquistarla a base de cartas; tengo que confesar que ella a mí , me escribió una veintena en todo aquel tiempo; también es verdad que nos llamábamos por teléfono muy a menudo, pero lo de escribir cartas, a la buena mujer, no le daba por ahí. Pues igual de aquellas largas cartas, más otros añadidos, ayudaron a que uno escriba cosinas para la vida. En alguna ocasión, o en muchas, cuando cogíamos el tren para venir a León, casi siempre era el correo. En los viejos andenes estaban las sacas amontonadas en carros a la espera para ser cargadas en el vagón de correos donde iban trabajando y seleccionando los operarios de Correos; y venga a seleccionar en los casilleros de cada provincia a mano, que ahora es automático, pero antes a mano y con muy buena vista, y no te durmieras que la siguiente estación tenías que soltar las sacas y cargar otras; menudo trajín se llevaban aquellos buenos hombres en el vagón de correos, eso sí, les pagaban algo más de sueldo que a los carteros, y cuidado que además te exponías a ser atracado como aquel famoso suceso en la dictadura de Primo de Rivera; aquel 11 de abril de 1924, donde cinco personajes asaltaron al tren expreso de Andalucía. El asalto, pensaron ellos que era perfecto, pero la verdad fue que aquel malogrado golpe, acabó en una carnicería. Eran conocedores de que el tren llevaba, aparte de la correspondencia normal, las pagas de varias compañías coloniales para pagar a sus empleados… el dinero y algunos valores más sumaban más de un millón de pesetas de las de entonces, y les trincaron en Madrid. Aquellos buenos hombres que iban en el vagón de correos, a los que llamaban ambulantes, les mataron sin piedad. La historia de estos trabajadores ambulantes de Correos está, pues, íntimamente ligada a la del ferrocarril. La primera estafeta ambulante española fue creada el 27 de julio de 1855 entre Madrid y Albacete. Y en aquellos años se vivió el crecimiento de las poblaciones, de la industria y los negocios… y se crea un inmenso tráfico postal. El transporte de correo por ferrocarril, hay que recordar, por ejemplo, que en los años setenta, el servicio se realizaba mediante cinco trenes postales, 166 coches y unos 70 furgones, - todos propiedad de Correos-. A estos, hay que sumarles un variable porcentaje de alquiler a otros vagones y vehículos de Renfe; a destacar las plataformas de contenedores que se utilizaban para la correspondencia con destino a Canarias. Pero lo importante, como casi siempre, es el recuerdo de los mayores cuando te cuentan el traqueteo de aquellos vagones de madera, que en muchos sitios los denominaban popularmente como “borregueros”.

Cuando los carteros repartían el correo en bicicleta… aquellos años sesenta, con la placa grande y visible sobre la barra horizontal y los colores de la bandera con el distintivo de Correos o Telégrafos, y un portabultos con alforjas o bolsas de cuero. Y en las ciudades o Villas grandes, pues el cartero también llevaba silbato, se paraba en el portal, silbaba y se asomaban los vecinos; así todo el mundo sabía que fulanito había recibido correo; en los portales del centro, como había porteros, ellos se encargaban de dar la correspondencia a los vecinos, hasta que llegaron los buzones vecinales; menudo invento, y mira que se tardó años en inventarlo, con lo aparentemente fácil que es. Una normativa no tan antigua, entre otras cosas, daba permiso a los carteros para utilizar el ascensor; anteriormente, subían las escaleras, los ascensores solo eran para los vecinos con posibles.

El uso de la bicicleta para el reparto era algo muy habitual en los países de nuestro entorno también. Algunos países siguieron usándola después de los años 70 y hasta ahora, aunque han ido modernizando las bicicletas, las alforjas y los cestos. Francia ha sido un ejemplo con una enorme flota de funcionarios de correos en bicicleta a mediados del siglo XX, que quedaron inmortalizados por Jacques Tati en la película «Día de fiesta», o aquellos carteros que ayudaron en aquella famosa revolución del mayo del 68… y tenemos que ir cerrando este breve recordatorio de un oficio tan lleno de cosas y anécdotas que sería imposible describirlas, pero les cuento una… Allá por el año 55 del siglo pasado, los carteros entraban en los barcos en los puertos para dejar la correspondencia a viajeros y tripulación; pues uno de aquellos buenos hombres se encontró con un vecino del pueblo que trabajaba en el barco, y le fue enseñando cosas, y lo bajó a su camarote… en conclusión, se enrollaron hablando, y cuando el cartero quiso dejar el barco, el mismo ya estaba a dos millas o tres navegando… menos mal que la próxima parada era en un puerto cercano… estuvo castigado y repartiendo el correo atrasado tres días… y si llega a ir para la Argentina…
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