Esta web utiliza las cookies _ga/_utm propiedad de Google Analytics, persistentes durante 2 años, para habilitar la función de control de visitas únicas con el fin de facilitarle su navegación por el sitio web. Si continúa navegando consideramos que está de acuerdo con su uso. Podrá revocar el consentimiento y obtener más información consultando nuestra Política de cookies.
ACEPTAR
Publicidad

Que sean todos los pueblos

Que sean todos los pueblos

EL BIERZO IR

Que sean todo los pueblos | CASIMIRO MARTINFERRE Ampliar imagen Que sean todo los pueblos | CASIMIRO MARTINFERRE
Casimiro Martínferre | 15/03/2015 A A
Imprimir
Que sean todos los pueblos
Territorio. Capítulo 24. "Salieron a la calle equipados de herramientas suficientes para diseñar una sociedad nueva, herramientas de hermandad y armonía"
La librería, de luminosos escaparates, hacía esquina. Entré, necesitaba cuaderno, bolígrafo, y fue como meterse en un avispero. Los niños aguijoneaban sin tregua a la librera, pidiéndole lápices, cartulinas, pinturas. La trataban con gran familiaridad, algunos le decían Maru, otros Maruja, los más Marujina. Al principio, pasó desapercibida la extraordinaria variedad racial del grupo: compendiaba nada menos que la antropología de todo el planeta. Hasta que me tocó turno, aproveché para fisgar los anaqueles. Homero, Garcilaso, Santa Teresa, Juan de Yepes, Cervantes, Quevedo, Galdós, Unamuno, Cela, Delibes, Alberti, Juan Ramón, García Lorca, Hernández, Machado. Un librillo estaba aprisionado entre las ochocientas páginas insípidas de dos aclamados best seller. Liberé al pobre famélico. Aparentaba tan poco que puesto de canto desaparecía, era obra de León Felipe, pero en cuanto lo abrí fluyeron poemas oceánicos, uno en particular desbordó el local, inundó la plaza, cubrió al Cristo Salvador de la espadaña y traspuso el horizonte… Que sean todos los pueblos.

Estén donde estén, estos establecimientos comparten el mismo olor peculiar, a celulosa de papel, tinta, colas. Unos pocos, emiten además otro aroma entre maternal y lúbrico, catalizado por el respeto de sus dueños hacia objetos que almacenan emociones. En aquellas baldas estaban reunidos a cientos, puestos a disposición del público por un precio irrisorio, volúmenes de pensadores inmortales, cuyo denominador común consistía en otra cualidad genuinamente humana, la capacidad de abstracción, de crear universos ficticios más auténticos que la realidad. Cruda realidad.

En estantería aparte Marx, Engels, Stalin, Lenin, Mao, Ibarruri, Carrillo, Semprún, Anguita. Ideales subversivos, prohibidos hasta hacía bien pocos años. Chicos melenudos y chicas rapadas celebraban una tertulia en la trastienda, pasaban de mano en mano un tocho. Puse la oreja. Palabras sueltas trajeron asuntos ilusionantes, de tipo médico-revolucionario, para subsanar el mundo mediante tiritas. El negocio tenía un dejo a patio de Monipodio intelectual. A juzgar por su antigüedad y el remanente sedicioso, la dueña habría aguantado más de un rapapolvo político. El nombre de la librería pudiera ser Utopía.

Por fin terminó las compras el amigable tropel interracial. Sin ser conscientes y sin pretenderlo porque quizás ya lo habían logrado, salieron a la calle equipados de herramientas suficientes para diseñar una sociedad nueva, herramientas de hermandad y armonía, capaces de unir civilizaciones, asumir distintos dogmas, eliminar odios, que se dice asimismo Utopía o más bien Ingenuidad. Sonriente me atendió Marujina, habladora, de ojos cascabeles. Facilitó datos sobre el colegio y los escolares, muchos de ellos hijos de emigrantes portugueses, caboverdianos, ecuatorianos, o de refugiados vietnamitas, pakistaníes, angoleños. Vi una oportunidad de redención, marché aprisa temiendo se esfumase, en la ventolera de capturar una instantánea que infundiera optimismo al estudio. Algo de optimismo a un residual territorio de viejos.

Los pillé en el recreo. Tras explicarle a la muchedumbre lo que pretendía, un colectivo fue ahuecando el ala convencido de perder el alma si lo retrataba. Los restantes se agolparon frente a la cámara, posaron jubilosos. Semejante manifiesto de alegría le subió la moral a la expedición. Al tumulto acudieron dos maestras, esgrimiendo sendos bolsos como si dentro llevasen ladrillos. Riñeron y dispersaron a los manifestantes, reclamaron al fotógrafo la autorización del director, y como le faltase lo empapelaron en secretaría.

Bembibre, enero de 1991.

Volver arriba
Newsletter