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Preparados para la vida moderna

Preparados para la vida moderna

OPINIóN IR

14/11/2021 A A
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Preparados para la vida moderna
Como el de las dietas, el efecto rebote de la pandemia parece que tiene sus consecuencias en la economía y también en los estados de ánimo. Seguramente sea lo uno por lo otro, aunque resulte complicado determinar cuál va primero. Hay ansia de planes. Hay que renovar el catálogo de excusas para no hacer lo que no te apetece y hasta ahora burlabas culpando al virus. La calle bulle, los bares bullen, los restaurantes bullen y las discotecas deben de bullir también. Ahora que ya casi nada nos puede sorprender y que las redes sociales nos han hecho más bien tirando a asociales, ahora que las conversaciones se hacen por escrito o con frases grabadas que nos permiten pensarnos lo que vamos a decir dos veces y resultar así muy ingeniosos, ahora que todo hacía indicar que, aunque la expresión se pusiera de moda en los ochenta, por fin estábamos preparados para la vida moderna, ahora, precisamente, resulta que nos quitan la gran esencia de la vida y, sobre todo, de la noche: la improvisación.

En Madrid se ha hecho imposible salir de fiesta sin haberlo previsto todo como si fuera una boda. Hora por hora. Si ya les gustaba bastante clasificarse por barrios para vivir y, sobre todo, para disfrutar del ocio, otorgándote con sus prejuicios capitalinos una tribu urbana según fuera tu respuesta a la temida pregunta «¿y tú por dónde sales?», ahora resulta que el final de las pocas restricciones que tuvieron y la alta demanda de restaurantes y discotecas les obligan a pensar los planes con semanas e incluso meses de antelación. Todo es muy moderno y muy digital, hay aplicaciones para reservar mesa muy intuitivas y operativas, muy cool, muy brutal, ¡funky, bro!, hay incluso aplicaciones para subastar las reservas que se cancelan a última hora, pero ya no queda rastro de aquella magia que consistía en salir a tomar algo un par de personas y terminar pareciendo una selección de descartes de las Naciones Unidas en un garito infesto en el que gracias a no conocer a nadie te conseguías olvidar de quién eras tú. Y si el objetivo es ligar, para lo que lógicamente también hay ardientes aplicaciones, además de prever la hora y el lugar de la cena, el menú compatible de alérgenos, la postura con la que escuchar y la expresión con la que hablar y hasta la playlist de las posteriores copas, supongo que también tengas que pasar una especie de escaleta con una hora estimada a la que, si los indicadores son positivos (expresión ministerial donde las haya), te vas a decidir a meter morro. Si te pica el niki, si el paladar ajado te pide otra copa o si te están mirando demasiado a los labios en vez de a los ojos, antes de hacer nada tienes que meter la solicitud por registro digital y esperar por el doble check. En Madrid habrá mucha libertad y no te encontrarás con tus ex por la calle, pero les han quitado la posibilidad de la sorpresa y, con lo amantes que son de hacer colas, les han hecho un poco más previsibles aún.

Parecía que era aquí donde habíamos perdido esa capacidad de improvisación, de tanto ver siempre a los mismos, en los mismos sitios, con la misma compañía y probablemente hablando de lo mismo (contra los mismos, se entiende), pero resulta que no. Cuando se habla de la calidad de vida que tienen los habitantes de León se suelen olvidar, entre otros, este tipo de detalles. Es normal: cuando se afirma eso tampoco se suele decir nada de que aquí es donde más sube el IPC de toda España o donde la tasa de actividad siempre es más preocupante que la tasa de incidencia del virus, sea la que sea. Puede que aquí no seas capaz de evitar encontrarte con quien no quieres, de hecho es mejor que no sea demasiada gente a la que no te quieres encontrar porque va a ser prácticamente inevitable, pero en cambio aún puedes entrar en un bar y que el ambiente sea fascinantemente variopinto, que compartan barra y conversación representantes de distintas generaciones y, sin saberlo, también de diferentes tribus urbanas, gentes que en Madrid o en cualquier otra gran ciudad alternarían por barrios y bares tan alejados y herméticos entre sí que, al final, pese a su inmensidad, los convierten en burbujas más pequeñas que Malillos de los Oteros, pero con ínfulas. Aquí aún puedes salir sin plan, sin citas, incluso en soledad, sin aplicaciones, ni siquiera teléfono, y dejar que te vayan saliendo al paso las oportunidades que, en otros lugares, tienen que organizarse por la proporción áurea, un presuntuoso timing que lo hace todo un poco más artificial de lo recomendable.Eso sí: tampoco hace falta que todos los madrileños vengan a comprobar que, por el número de habitantes y, sobre todo, por el número de personajes por metro cuadrado que pueblan la provincia, mantenemos intacta la capacidad de sorpresa y podrían ver cosas que nunca habrían sido capaces de imaginar.

Nuestra improvisación leonesa sólo se ve amenazada en esta época de vida moderna por un factor al que no se está dando la importancia que merece: el colapso global de la logística y la crisis de las materias primas están agotando las reservas de las marcas de alcohol más populares. Sus consecuencias pueden ser más letales que el acopio de papel higiénico durante la primera ola de la pandemia. Por ejemplo, ya no queda Seagram’s en la ciudad, lo que me genera cierta inquietud pero me quita por completo la pena de perderme el viaje al fin de la noche.
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