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Poeta para vencejos

Poeta para vencejos

OPINIóN IR

18/03/2022 A A
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Poeta para vencejos
Me apunto a un taller para mejorar mi expresión oral. Al hablar me cuesta concretar, me voy por las ramas. La profesora me pide que en minuto y medio cuente una historia sobre una imagen, con inicio, nudo y desenlace. Como soy contadora de historias, no tengo problema en que se me ocurra una. El problema es cómo canalizar y detener el torrente de palabras. Escribir una columna es como mirar una foto y contarla en no sé cuántos caracteres. Mientras escribo esto miro una foto sobre mi escritorio: Pequeño Zar está en un prado verde, salpicado de árboles, detrás, un hombre lee sentado en una tumbona. Pienso en la historia detrás de la foto y en cómo contarla en minuto y medio. Esa historia sucede en un castillo, situado en Palacios de la Valduerna; en ese castillo vive un hombre que ha dedicado su vida a propagar la buena nueva de la poesía en la España rural. Ese hombre nació en esa aldea, emigró a Argentina con 16 años, se abrió paso allí junto a su familia, pero anhelaba regresar. Ese hombre regresó, estudió en la universidad, y fue profesor de recuas de adolescentes salvajes en la España de los 80. Ahí, la historia de ese hombre se cruza con la mía. Recuerdo sus clases de literatura en el destartalado Instituto Ornia de La Bañeza, el hincapié que hacía en la poesía. Y el misterio que nos producía saber que estaba viviendo en un castillo, por aquel entonces, también destartalado. Ese hombre empezó a reunir en ese castillo un pequeño grupo de entusiastas de la poesía. Y aquello estalló en el encuentro agosteño ‘Poesía para Vencejos’, que marcaba el clímax de los veranos, no solo para la intelectualidad leonesa, si no, y ese es su milagro, su valor, para gentes de todas partes que de otra manera no se hubieran sentido jamás atraídas por la poesía. Allí era habitual Antonio Colinas y sus versos se desperdigaban en el aire como llevados por los vencejos. Ese hombre fue un pequeño sabio. Un emprendedor cultural. Fotógrafo de los pájaros que poblaban su jardín y fotógrafo de cualesquiera eventos culturales. Lo recuerdo con su boina ladeada y su cámara. Lo recuerdo en la torre de su castillo, invitándonos a orujo casero a mi hermana y a mí cuando íbamos a visitarlo en bicicleta. Lo recuerdo buscando fresas en su jardín para ofrecérselas a Pequeño Zar.

Tengo un problema y es que ya ha pasado minuto y medio y me cuesta ponerle un final a la historia. Porque aunque Felipe Pérez Pollán ya no esté, ahora mismo algunos vencejos vuelan desde África con la idea de volver a sus nidos en las murallas de su castillo. Y sé que él vuela con ellos, vuela lejos y vuela alto.
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