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Poder o no poder, esa es la cuestión

Poder o no poder, esa es la cuestión

OPINIóN IR

04/05/2015 A A
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Poder o no poder, esa es la cuestión
La dimisión de Juan Carlos Monedero ha avivado el debate electoral en pleno mes de mayo: más que flores, brotan frases con aviesa intención. Pero la política es hoy el mayor espectáculo televisivo. De los pasillos de las Cortes se ha pasado a los platós. No me parece mal el debate, ni siquiera la proclama televisada, pues el mitin, hay que decirlo, ha quedado ya como una reunión de pabellón de deportes para los convencidos. Hace falta estar en la pomada mediática, sobre todo en las largas refriegas de medianoche. Esas son veladas, y no las de Pacquiao y Mayweather. Tal vez sea cierto que la política local es la más verdadera de las políticas, pero también es cierto que es en ella donde se pueden alimentar con más fundamento los odios vecinales. Aunque las elecciones generales son siempre el gran objetivo, no hay duda de que estamos asistiendo (digámoslo en los términos favoritos de Pablo Iglesias) a un juego de tronos en todas las formaciones políticas. El gran seísmo de la crisis y la corrupción ha convertido el suelo electoral en un territorio inestable. La vieja geología del bipartidismo, que tantos creían inamovible como la roca más antigua, es hoy un festival de nuevos valles y nuevas montañas, que suben y bajan como un tiovivo. Todo lo que era sólido se ha convertido en un territorio volátil, en el que florecen las incertidumbres de la primavera.

Así las cosas, cualquier nuevo temblor en el horizonte político produce en el universo mediático, el que ahora habitamos, el mismo efecto que el alimento producía en los perros de Pavlov. El adiós de Monedero ha sido descrito a toda prisa como una tragedia de Shakespeare (o como un capítulo de Juego de Tronos, ya digo), en el que los amores difíciles, los celos o las ambiciones personales se dibujan entre tinieblas. Mucha literatura, me temo. La fascinación de este país por los nuevos liderazgos ha sorprendido, incluso, a sus propios protagonistas. El vértigo de los últimos tiempos políticos no se corresponde con la quietud geológica de las formaciones tradicionales. Ahora hay que alimentar al monstruo mediático cada noche, aunque sea para entretenerlo. Cada semana, los arúspices leen las vísceras humeantes de los sondeos, y comprueban que el futuro está sometido a un vaivén inexplicable. La nueva política no podrá evitar la sobreexposición. Monedero ha sufrido los efectos del contagio mediático, ha comprobado que la pureza y la virginidad de las ideas no pueden mantenerse en medio del barro de la batalla. Se piden pragmáticos, pero él se retira con la mochila al rincón de pensar.
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