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Pendoneta

Pendoneta

OPINIóN IR

22/04/2021 A A
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Pendoneta
En uno de los libros de Rex Stout, Nero Wolf muestra unas orquídeas, únicas en el mundo por su color (negro), al inspector Cramer. El detective particular no cabía en sí de orgullo al enseñárselas y esperaba, ¡incauto!, que el policía se mostrase impresionado. Después de observarlas unos segundos, Cramer dice: «Sí, bonitas, pero prefiero las rosas». Algo parecido, cree uno, sucede con esta provincia. Hace muchos años, estando de vacaciones en Covarrubias (Burgos), nos acercamos una buena mañana a oír cantar a los monjes de Silos. No había ni Dios. En el bar de al lado de monasterio, nos dijeron que sí, que cantaban, pero por la tarde. Preguntamos al camarero qué podíamos hacer para matar el tiempo y nos dijo que a quince kilómetros en dirección este encontraríamos unas hoces maravillosas y que, además, al lado había un área recreativa con piscina y barbacoa. Como no teníamos nada mejor que hacer, hacía allí nos dirigimos. Uno iba acompañado de una persona increíble, con la que el tiempo se pasaba sin darte cuenta, pero no tanto para no advertir que, de pronto, habíamos recorrido cincuenta kilómetros. Dimos la vuelta, haciendo propósito de fijarse más para no pasarnos de largo. Después de un buen rato, vimos un coche aparcado a un lado de la carretera. Nos acercamos y sí, vimos unas hoces que había formado un riachuelo: quince metros como mucho, y muy, muy angostas. Imaginaros la decepción... Uno esperaba encontrar algo parecido a las hoces de Morgovejo, al menos, o como las de Valdeteja o las de Vegacervera, exagerando mucho. Un desastre. A mediodía, había aparcados veinte o treinta coches que admiraban el suceso. No quiero ni pensar lo que habrían sentido al ver las hoces de nuestra provincia...

En ese mismo viaje, visitamos la Colegiata de Covarrubias, donde está enterrada la princesa Cristina de Noruega, que vino a España para casarse con Alfonso X El Sabio, pero que al final acabó haciéndolo con su hermano Felipe y que murió de pena y melancolía en Sevilla. Como historia de amor, la verdad es que es un desastre, pero la tumba es preciosa y, de hacer caso a la escultura de la doña, ella tendría que andar con una escoba espantando a los moscardones que, sin duda, la acosaban a todas las horas del día. En el coro de la colegiata vi también una pendoneta. Una cosa pequeña, casi ridícula, y con una vela que no llamaba para nada la atención. Subí a observarla de cerca y la cogí. No pesaría más de cinco kilos. Me puse a jugar con ella y me pillaron. Un tipo, que luego me enteré que era el cura, empezó a dar voces y a recorrer la iglesia a velocidad de crucero. Cuando llegó a mi lado, todo enfadado, me dijo que dejase aquella obra de arte tranquila. Su valor, sobre todo histórico, era incalculable: era, nada más y nada menos, el pendón de Don Ferrán González, primer conde de Castilla. Puede que lo fuese, no digo que no, pero era una mariconada como un castillo de pequeña... Cuando las cosas se calmaron, le expliqué al pater que en mi tierra, los pendones eran una cosa mucho más seria, de hasta catorce metros de alto, con un velamen de valor (en dineros, no en historia) mayúsculo y que se podían juntar, en determinadas fiestas y celebraciones, hasta cien de ellos. No me creyó, por lo que tuve que enseñarle fotografías de la última concentración de pendones en mi pueblo, que se había realizado quince días antes. Como no era un tipo rencoroso, el cura me invitó a llevar los pendones a Covarrubias el año siguiente, corriendo con todos los gastos. Todavía hoy, no sé por qué no fuimos.

Lo que quiero decir con estas anécdotas, es que no sabemos lo que tenemos, o, si lo sabemos, no sabemos venderlo. En estos tiempos de incertidumbre y de dolor, en los que están cerrando cientos de empresas y de tiendas (a mi me da verdadero pavor ir a León y pasear por una calle tan señera como la del Burgo Nuevo y ver cerrados cantidad de locales) y que parece que, aunque les duela a los de Podemos, la única alternativa viable que le queda a la provincia es el turismo, es lamentable ver como no sabemos ‘vender’ lo que poseemos, que, en la mayoría de los casos, es único. Os pondré, ahora, un ejemplo de lo que es ‘vender’ bien algo. Hace tres meses, más o menos, el director de La Nueva Crónica sacó un reportaje sobre la ‘Quebrantada’ de Vegas. En el siguiente fin de semana, aparecieron tres coches en la plaza. Bajaron diez personas y emprendieron el camino del río, para subir al monte. Desde entonces, casi cada día (y se supone que serán muchas más de cara al verano), suben a contemplar el espectáculo de la ribera a sus pies, decenas de personas. Sólo una advertencia: si venís en invierno, cuidado con los cazadores: son los amos y os lo van a hacer saber. Por otra parte, no os preocupéis: no dan ni a España. Salud y anarquía.
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