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Paradojas del sur

Paradojas del sur

OPINIóN IR

30/10/2016 A A
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Paradojas del sur
El sur de EEUU es una estación de paso donde algunos echaron raíces. En este país se asocia a minorías, a emociones diáfanas de uniformidad a simple vista, pero con un trasfondo enorme, sin necesidad de rascar. Cruzar Texas, New Orleans, New México o Alabama implica eso; carteles duales en idiomas, ambiente indefinido de culturas, sin ninguna dominante.

Pero cuesta aceptar ese crisol entre tantos mensajes subliminales. Y es un hecho que te obliga a encontrar la referencia entre puntos cardinales, sin que te lleven, ideológicamente, al lugar donde nada encuentra justificación. «Podemos ser afroamericanos y apoyar a Trump, aunque sea raro» comenta una pintora de color con sus obras expuestas en las vallas de Jackson Square, en el centro de New Orleans. «Yo votaré a Clinton, ella nos representa mejor» señala mientras me obliga a prestar atención a una de sus pinturas en la que se detienen la mayoría de los visitantes; «fíjate en la cabeza de Trump en el cuadro: ¡Parece una calabaza para Halloween! Y es que es real, tiene cabeza de calabaza» gesticula con emoción ante la amalgama de transeúntes que observan su obra. «No interesa saber mi nombre, interesa lo que hago» se defiende para evitar ser citada. Representa esta ciudad una mezcla de culturas con un embrión muy definido de cultura. Desborda su talento. Con unas perspectivas aún lastradas por el Katrina –aún se culpa a Bush por las medidas desastrosas tomadas durante las inundaciones– en New Orleans la herencia española, francesa y de los africanos que llegaron como esclavos se mantiene en su ADN. Y es que sorprende encontrarte a personajes de películas sin protagonismo social entre gritos y risas magnificadas con blues y jazz de fondo. Y algunos, aunque pocos, muestran sus preferencias ante la cita de la próxima semana. El que más se expone a los focos es un mimo en Royal Street, en el French Quarter, la parte turística de la ciudad. Por unas monedas cambia de gesto haciendo una peineta y «jode a Trump» (Screw Trump), como dice su cartel.

Pero esa exposición mediática cambia en cuanto pisas asfalto y huyes de la urbe. Bordeando el Mississippi encuentras lugares como Reserve, que permanece en el tiempo con sus costumbres entre plantaciones que un día tuvieron esclavos. Dos orondas afromericanas se encargan de cocinar cantidades industriales de Baked Beans en el Connie´s Grill mientras Michael Bannet, un camionero de piel blanca, devora gambas rebozadas en bocadillo. «Votaré a Trump porque es un hombre de negocios y es lo que necesitamos. Clinton no es de fiar» argumenta a la vez que no entiende lo que sucede, sobre todo, en el Norte, donde la demócrata presenta más apoyos «esa parte del país está muerta. Mira Detroit, Cleveland… las fábricas cierran, la gente se queda en la calle, no hay trabajo… y apoyan a Clinton. Es increíble».

La carretera, en este sur tan racial, engulle estados; Mississippi, Alabama, donde encuentro, por vez primera, a la primera votante del Partido de los Libertarios. Es Janice O´Connor, la encargada de una gasolinera y restaurante barbacoa –bajo el mismo techo ambos–, en Greenville, a media hora de Montgomery, capital del estado. «Soy tercera generación, pero descendiente de irlandeses» dice antes de mostrar una opinión con muy poco sustento informativo: «Voy a votar a los Libertarios. Ni Hillary ni Trump me gustan» afirma. Preguntada sobre lo que opina sobre su líder, Gary Johnson, explica que «no sabía ni su nombre. Le voto porque no quiero que ninguno de los otros dos gobierne».

Dejando atrás Memphis, la ciudad más poblada del estado de Tennesse por encima de Nashville, su capital, alcanzamos Arkansas, el estado que catapultó al demócrata Bill Clinton a la presidencia, y donde, paradójicamente, más se muestra el apoyo a Trump en adhesivos en los coches –los carteles siguen sin ser vistos–. En Brinkley, en la Interestatal 40 que une la Costa Este con California, descubrimos el Gene´s Barbaque, un lugar donde el patriotismo y la religiosidad aparecen expuestos entre la chapa de la fachada y las inmensas fotografías de su interior. Las referencias a Dios, a la libertad de armas y a la lealtad a la bandera son evidentes. Sorprende, entre tanta manifestación simbólica, que sus dueños eviten pronunciarse aunque, entre líneas, baste el gesto de una de ellas echándose la mano al cuello para decir adiós a la conversación. «Nos gustan los dos, Trump y Clinton» dice a la vez que nos da la espalda tras cobrar. Lástima haber dejado propina.

Ángel García, profesor y periodista leonés residente desde hace más de un año en Estados Unidos, vive allí sus primeras elecciones presidenciales.
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