Del Molino hablaba en genérico, pensando principalmente en Aragón, que es donde vive, pero, si conociera León, habría añadido a su batería de ejemplos, muestras del disparate y el gregarismo nacionales, las cada vez más numerosas fiestas de astures contra romanos que, siguiendo el ejemplo de Astorga, se celebran en la provincia leonesa, elección de cónsul incluido, las docenas de mercados medievales en los que saltimbanquis, juglares y mesoneras no paran de sobreactuar, como si en la Edad Media todos tuvieran el baile de San Vito, los torneos caballerescos en los que esos mismos actores hacen doblete, ahora vestidos con armadura y espuelas, las competiciones gastronómicas o de descenso fluvial en ruedas de camión y las exhibiciones de fuerza bruta y mal gusto con las que los vecinos rivalizan entre ellos en honor del patrón del pueblo.
Lejos quedan aquellas fiestas sencillas, con orquesta o conjunto musical, las procesiones con el santo o la Virgen correspondiente con la gente en respetuoso silencio, las comidas familiares con sobremesa tranquila, juego de cartas incluido, los aluches o lo que tocara en cada comarca y las verbenas con baile hasta la madrugada para el que gustara de él. No añoraré tiempos anteriores, que siempre fueron peores (basta mirar atrás sin melancolía), pero sí echo de menos la sencillez y falta de pretensiones con las que los leoneses celebraban hasta hace poco sus fiestas, sin tanto ruido y mal gusto, al igual que todos los españoles. A mí también me gustaría escribir contra esos grupos de personas que con la capacidad sonora, que no musical, de 20 sopranos y mucho alcohol encima se apropian del espacio público anteponiendo el propio disfrute a cualquier otra consideración y arrogándose la representación de todo un pueblo, pero, como mi colega Del Molino, no me atrevo a hacerlo por si me llaman aguafiestas y soso.
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