El cuento de Navidad de los leoneses, como el de los habitantes de toda esa España interior que se despuebla y muere poco a poco, se escribe todos los años de esa manera entre la Nochebuena y el día de Reyes, que son las fechas que abren y cierran el período de la irrealidad. Porque irrealidad es sentir que la vida ha vuelto a un cuerpo que apenas late ya salvo por inercia, como ficción es imaginar que el tiempo corre hacia atrás y los pueblos de León vuelven a ser lugares normales, con pirámides demográficas homologables a los de otras provincias y una actividad económica, cultural y social a la altura de ellas. Las felicitaciones y los buenos deseos que los leoneses al encontrarnos por las calles o en los bares nos dedicamos hacen pensar a muchos, sobre todo a los que vivimos fuera, que ese cuento de la Navidad es cierto y que, cuando pase el día de Reyes, no se despertarán de él. Que seguirán disfrutando de una prosperidad económica como la que, cuando la minería y la agricultura eran sus motores, León tenía y que llenaba sus pueblos y sus ciudades de gente joven en vez de verla partir en masa, cuando se acaban las Navidades, desde las estaciones de tren y de autobús hacia sus destinos.
Pero para su desgracia el cuento de Navidad de los leoneses no deja de ser una ficción más, como todos habrán comprobado ya entre ayer y hoy, entre ellos yo. Lo hice la tarde de la víspera de Reyes cuando, con la cabalgata a punto de salir y un frío de mil demonios, tomé el camino de Madrid como llevo haciendo ya treinta y nueve años. Antes de dejar León, rubricando el cuento, un mimo disfrazado de minero (o un minero vestido de mimo, no sé) me despidió blandiendo una antorcha cuyo fuego era el único que alumbraba en la niebla las calles de una ciudad que se desvanecía en su historia.
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