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Nunca lo hubiera esperado

Nunca lo hubiera esperado

OPINIóN IR

13/01/2021 A A
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Nunca lo hubiera esperado
Nunca llegó la nieve. Sólo la que caía en los telediarios y la que, desde las tardes soleadas, veíamos lejana en las montañas que se recortaban como una corona blanca, en un cielo extraordinariamente límpido. El mismo cielo en el que los milanos trazan círculos y en el que acabo de ver llegar, avanzadilla, una cigüeña.

A falta de nieve: frío. Frente al frío: el fuego de la chimenea y buenos libros. Ambos reconfortan, ambos hijos de los árboles. Madera de buena compañía. Leo páginas sobre Ifícrates, ateniense de hace muchos, muchos siglos. Hombre de armas y de planes. Estratego audaz, innovador. Mirando las llamas lo puedo imaginar dando el alto a sus soldados. Acamparemos aquí. Están en tierra amiga. Sin embargo, les ordena cavar un foso alrededor y levantar una empalizada defensiva. No les hace gracia. Protestan por lo bajo. No comprenden tanta precaución en territorio aliado. Trabajo inútil. Uno de ellos se le acerca y le pregunta: «¿Qué tememos?». Ifícrates, reconocido por sus dotes para la estrategia y para el mando, en lugar de indignarse, sonríe condescendiente y le contesta: «Las palabras más vergonzosas de un general son ‘nunca lo hubiera esperado’».

Anécdota ejemplar de la que algunos podrían tomar nota. Un gobernante nunca debería permitirse a sí mismo aparecer en rueda de prensa y alegar como excusa a su torpe gestión: «Nadie podía imaginarlo». Por desgracia, es algo que sucede cada vez con mayor frecuencia y sucede sin bochorno alguno. Este es el problema de que a la política se dediquen sinvergüenzas, quiero decir, gentes a las que les falta la vergüenza que, de tenerla, les obligaría a esconderse en sus casas, una vez que se han evidenciado inútiles e ineptos. Habría que añadir, para completar el mosaico, que de tener ahora un Ifícrates al mando, muy probablemente no ganaría las siguientes elecciones, pues los electores no solemos apoyar a quien nos ordena cavar, sin importarnos que sea en nuestro beneficio. Que se lo pregunten a Churchill y a su necesario «Sangre, esfuerzo, lágrimas y sudor».

Ya de noche, cuando la helada limpia la plata de las estrellas y la nieve aburre en los telediarios, me encuentro con las reflexiones de Martin Rees sobre futuras amenazas. No son halagüeñas. Llegaremos tarde. Nos pillarán desprevenidos. Qué se puede esperar cuando agendas y planes vienen marcados por los periodos electorales y no se mira más allá.

Y la semana que viene, hablaremos de León.
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