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No puedo respirar

No puedo respirar

OPINIóN IR

19/06/2020 A A
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No puedo respirar
Dicen que la luna se puso de espalda para no ver cómo volcaba la barcaza, por sobrecarga de sueños. Nadie vio el cuerpo de Fátima caer y deslizarse mar adentro, con su vida diluyéndose en el agua, en estampas desordenadas. Hay palmeras, es jueves en África y a las siete, es mayo en el desierto. Alguien canta en el campamento del bosque mientras un chairman la perdona la vida entre sus brazos negros. Otros, blancos, la conceden el visado y otros y otros… «No puedo respirar». El océano la recibe ya ahogada por caricias negras, bocas sucias, noches largas y abrazos blancos que la sacaron de África hacia el maná prometido y la trajeron en volandas hasta la muerte. En otro continente, George, con la cara contra el asfalto y la rodilla de la autoridad aplastando su garganta, repite el mismo lamento «No puedo respirar». Su vida costó 20 dólares supuestamente falsos, ella arriesgó la suya por un sueño que ahora yace recostado bajo el Alborán. Fátima se perdió en el anonimato del agua, la agonía de George fue espectáculo público. Entre los dos sumaban cuarenta y tres años y serán un eterno dueto de voces negras, entonando la misma despedida «No puedo respirar».

En un tercer continente, el nuestro, cuántos miles de voces habrán repetido esa frase al encontrar cerrada la puerta que daba a la vida, abocados a un túnel de final incierto, salvo que tuvieran un seguro privado, que sabido es que el dinero es llave maestra. Uno necesita imaginar, como simple consuelo, que se fueron serenos, que unieron soledades y se organizaron para cruzar juntos al otro lado de la noche, todos al paso del más lento para que ninguno quedara solo. Ellas con el pelo cepillado y el invierno puesto, ellos descalzos y con el pañuelo a mano para extenderlo en cualquier rincón del aire, cuando ellas necesiten sentarse. Ahora que las residencias son jaulas abiertas, ojalá que «No puedo respirar» sea un eco machacón que perdure en el tiempo, removiendo conciencias de los que decidieron que nuestros ancianos eran demasiado viejos para merecer asistencia. Esperemos que la justicia sea implacable con los que, como dioses impunes, distribuyeron vida o muerte a golpe de protocolos acompañados de golpes de pecho, en postureos obscenos con fotógrafo de cabecera. Si la justicia no nos defiende de este virus deshumanizado, implacable con el más débil, o nuestro grito es unánime o habremos firmado nuestra sentencia de muerte, porque los próximos viejos seremos nosotros y se creerán autorizados a negarnos el aire.
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