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No eran gigantes, pero sí molinos

No eran gigantes, pero sí molinos

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Imagen de uno de los pocos molinos de linaza que aún se conservan en pie en Azares. | AYTO. VALDEFUENTES Ampliar imagen Imagen de uno de los pocos molinos de linaza que aún se conservan en pie en Azares. | AYTO. VALDEFUENTES
Teresa Giganto | 27/10/2016 A A
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No eran gigantes, pero sí molinos
Sur de León La Presa Cerrajera dejó a su paso multitud de molinos de linaza, una actividad que tuvo su auge en el siglo XVIII y de la que ahora apenas quedan vestigios
Si la historia del Don Quijote de La Mancha se hubiera desarrollado en el Páramo, el hidalgo también se habría encontrado con molinos. Pero no de viento. Don Quijote del Páramo hubiera encontrado molinos de linaza. Con el nombre cambiado, con la historia desarrollándose al sur de la provincia de León y con unos gigantes que no lo eran tanto, habría que cambiar también a este personaje de siglo y desarrollar la historia del aventurero paramés en el siglo XVIII. Fue entonces, concretamente en 1776, cuando este tipo de molinos se cifraba en 17 según las Ordenanzas Concejiles de Santa María del Páramo recogidas por Laureano M. Rubio Pérez.

"Que aquellos que allí se parecen no son gigantes, sino molinos de viento, y lo que en ellos parecen brazos son las aspas, que, volteadas del viento, hacen andar la piedra del molino", dijo Sancho a Don Quijote. Siguiendo con el empeño de que el emblemático personaje de Cervantes fuese paramés, en este caso esas piedras del molino estarían movidas por otro elemento: el agua de la Presa Cerrajera. Aunque hay constancia de que aquellos molinos de linaza también fueron movidos "a sangre" según el diccionario de Madoz.

La obtención de aceite de linaza a partir de la simiente del lino era una actividad común en la comarca del Páramo. Este planta tiene mucho aprovechamiento y en épocas de escasez lo mismo se utilizaba como nutriente para animales que como combustible para candiles o como remedio sanatorio para las cataplasmas, entre otros.

En 1776, Santa María del Páramo llegó a tener 10 molinos de linaza, 19 en San Pedro Bercianos
Hubo muchos en la provincia, como en Alija en 1571 o en La Bañeza en 1630, según recoge Joaquín-Miguel Alonso González en su libro ‘Los molinos tradicionales en la provincia de León’. Pero sin duda donde más proliferaron fue en el Páramo de modo que según este mismo autor, en la primera parte del siglo XIX llegó a haber hasta 19 molinos de este tipo construidos en San Pedro Bercianos. Recogidos por Madoz también hubo molinos de linaza en Grisuela del Páramo, Laguna Dalga, Santa María del Páramo, Pobladura de Pelayo García, Soguillo, Urdiales del Páramo, Zotes, Zambroncinos, Azares y Valdefuentes. Estos algunos de muchos, y precisamente el último, el Molino Blanco de Valdefuentes es de los pocos de los que aún quedan rastro. Buena fe del mismo da una página web que recoge información acerca de la localidad. En ella señalan que este se ubica a un kilómetro de Valdefuentes y sobre la Presa Cerrajera, un cauce que dio vida a la actividad de los molinos de linaza en la comarca del Páramo. Además del que todavía está hoy en pie, este pueblo contó con el molino de Mariona, el de Pisarrosas, el Molino Valdabío, también el de los Rebojos y el de las Anguilas. También hubo uno en pleno casco del pueblo que derribaron en 2003 por su estado de ruina, Molino Berto. Hoy, además del Blanco, se conserva el de Mariano.

En el Molino Mariano de Valdefuentes instalaron una dinamo que permitió que cada casa dispusiera de una bombilla de 15 vatios por la que pagaban dos pesetas al mes y como anticipo al mundo moderno. De ahí la coplilla popular de "Valdefuentes, Valdefuentes, ya se te puede llamar villa, porque desde el ocho de septiembre tienes luz en la bombilla". El Blanco se construyó en los años 40 del pasado siglo por Blas San Martín y Cándida Salvador, según recoge el portal de internet de la localidad.

La linaza la traían hasta el Páramo procedente de la comarca vecina del Órbigo o bien de la zona de Sanabria y el Valle de Vidriales (Zamora). «Una vez limpia la semilla, se molía en ruedas verticales, originándose el llamado barro al que se añadía poco a poco agua para que no se amalgamase. La molienda continuaba en estas condiciones hasta el punto de que la pasta obtenida quedara seca y convertida en harina". A continuación esa harina se cernía y se sometía a altas temperaturas con lo que obtenían una torta que era para dar de comer a los animales. "Los rendimientos estimados estaban en 7,5 kilogramos por cada ocho horas, conseguidos a lo largo de los meses que transcurren desde septiembre hasta mayo", explica Alonso González. Esto se hacía con la semilla, pero además el lino daba para utilizar la fibra en la fabricación de lienzos.

De Páramo a vergel


La economía fue cambiando, como fue cambiando el paisaje de la zona. La agricultura y la introducción del cultivos como el maíz dejaron atrás el Páramo para convertirlo en vergel. La Presa Cerrajera dejó de ser la columna vertebral de la zona y el agua comenzó a llegar en conductos mucho más inmensos desde las montañas de León. Queda la Presa como homenaje al pasado de la comarca del Páramo, y quedan algunos molinos como recuerdo a aquellos quijotes que poblaron el Páramo y que trabajaron para conseguir que donde hubo molinos de linaza que en muchas casos molturaban miseria, ahora haya un futuro agrícola. "La ventura va guiando nuestras cosas mejor de lo que acertáramos a desear".
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