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Niños, hoy viene el practicante

CULTURASIR

Un practicante haciendo una cura en una casa de socorro en los años setenta. Ampliar imagen Un practicante haciendo una cura en una casa de socorro en los años setenta.
Toño Morala | 28/01/2019 A A
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Niños, hoy viene el practicante
Reportajes Los practicantes producían muchas veces pánico en los niños cuando llegaban con su maletín; sin embargo, fueron personajes muy solidarios y cercanos a las gentes del mundo rural... e imprescindibles
Hoy la cosa tiene recuerdos de cuando éramos niños y nos decían que venía el practicante… menudas lágrimas por miedo, casi terror. Solo ver a aquel hombre con el maletín y… cuando sacaba las jeringas y aquellas agujas que parecían que eran para coser cesáreas de vacas, a uno le llegaba un pavor y congoja que para qué. Y tu madre agarrándote como podía, y tu padre bajándote el pantalón… de repente, zas. Ya no había nada que hacer, la inyección ya estaba por el menguado cuerpo recorriendo el mal; y ya quedaba una menos, que en aquellos años, como mínimo eran entre cuatro a diez inyecciones, según la enfermedad. Después, a secarse las lágrimas y los mocos, y dolorido el culo para todo el día. Un vaso de leche caliente y para la cama, y a soñar con el practicante… vaya tela. Al día siguiente, intentabas decir que ya estabas bueno, pero tararí; otra vez aquel hombre con las manos más grandes que unas paletas de ping-pong… y otra banderilla para el cuerpo; esa ya casi ni dolía, ponían una en cada nalga, y de esa manera andabas fastidiado de las dos piernas. Y cuando estábamos jugando en los solares, -que eran prados casi todos en aquellos años-, casi siempre había algún accidente de algún chaval con un cristal, una lata, una pedrada… rápidamente a avisar a algún vecino o madre, y directamente a la casa de socorro; aparte de la bronca por el camino de tu madre, y con un trapín limpio en la herida, cuando llegabas a la casa de socorro, solo el olor y aquel ambiente tan gris y tan lleno de cosas raras en los armarios blancos con cristales transparentes llenos de tijeras, vendas, jeringas, gomas… te metían en el dispensario, te tendían en una camilla si hacía falta, y si no, sentado en una banqueta que subía o bajaba manualmente y que estaba cromado el asiento, ponías la mano encima de la mesa del practicante… te hacía las preguntas de rigor… y manos a la obra; en vivo, se ponía a coserte con aquellas agujas curvadas con hilo negro, un poco de mercromina, una gasa y un esparadrapo, y entre medias, te decía: - ¡los hombres no lloran! Y ahí no acababa la cosa, luego venía lo peor, la inyección contra el tétanos; esa no dolía, esa acababa con el poco aliento que te quedaba. Luego la madre más tranquila, volvía erre que erre con la misma murga de camino para casa… : -¡Ya verás cuando venga tu padre! Encima, eso a mayores. Pero la cosa se calmaba, cuando el padre llegaba y decía: - ¡De esas tengo yo cicatrices a montones; todos hemos sido niños… y no pasa nada! Eso podía ser un día, pero como fuera por culpa de una pelea entre los chavales, ahí sí que se montaba la de san quintín. La de anécdotas que les irán llegando a la memoria de aquellos accidentes “domésticos” por denominarlos de alguna manera.

Eso ocurría en los barrios obreros de las ciudades, en los pueblos la cosa era más complicada, estaban alejados los dispensarios, los medios eran los que eran, no había teléfonos en muchos de ellos, había que ir a caballo o en burra a buscar al médico o practicante, o llevar -si se podía- el enfermo o accidentado y de aquella manera solucionar el entuerto. Muchos practicantes, al principio, iban a caballo, en bicicleta o moto, pues los caminos y carreteras eran muy malos en el mundo rural. Qué grandes profesionales y buenas personas, en general, eran aquellos hombres; más tarde también llegaban practicantes mujeres; ahí la cosa era algo más complicada, sobre todo con los abuelos mayores, eso de bajarse los pantalones delante de una mujer extraña, tenía su aquel; el pudor y aquella poca cultura que… pero volvamos a aquellos practicantes que también eran parteros, dentistas, podólogos, dermatólogos, psicólogos… y grandes conversadores sobre el pueblo y sus habitantes, o sobre si había alguna fuente con agua sulfúrica, esa que huele a huevos podridos, pero que parece ser cura algunos males. No quiero imaginarme, hasta la llegada del primer practicante con coche, la de cosas que les habrán ocurrido a los buenos hombres… que si un tábano picaba a la montura y todo patas arriba, que si la bicicleta pinchaba con cualquier cosa, la moto que no arrancaba por la bujía; o se salían de las malas carreteras contra las sebes; en fin, miles de cosas que se podrán imaginar. Paso a contarles a grandes rasgos, la vida de un grandísimo amigo fallecido ya algo mayor, y que durante cincuenta años ejerció de practicante por tierras del occidente de Asturias… El bueno de Julio Fernández, que terminó su vida laboral en Navia, aunque estuvo en varios sitios, recorría el interior, las aldeas y pueblos algo ya más grandes. Salía casi de madrugada y llegaba de noche cerrada… anécdotas que nos ha contado… como para parar un carro. Era un hombre muy querido en toda la zona, pues a muchos no les cobraba nada, eran tan pobres… pero se lo cobraba a los que tenían posibles; de esa manera, hacía justicia social. Y dada su gran humanidad; cuando llegaba a una aldea a ver a algún enfermo, se fijaba en las cosas que más falta les hacían en la casa, y en el próximo viaje, allá aparecía Julio con unas botas de goma para los chavales, ropa, hasta cubos de loza blanca para ordeñar, pues los que tenían estaban casi desarmados; en contraprestación y atención, los lugareños, le daban patatas, carne en salazón, - pues en esas zonas no se curaba por la humedad- carne fresca cuando la matanza, nabizas, berzas, chorizos en aceite… queso, miel, mantequilla… manzanas, castañas… en fin, productos que recolectaban las buenas gentes. Llegó un momento, donde el bueno de Julio, tenía la casa tan llena de excelentes manjares, que los repartía, a su vez, con otras gentes necesitadas de donde vivía. Hacía doble solidaridad. Tenía para todos, incluso, mandaba a los tenderos, que cuando llegara fulano, le diera unas zapatillas y se las pusiera en su cuenta; así era Julio, desprendido, justo, gran profesional. Si lo era, que muchos, en vez de llamar al médico, le llamaban a él. Y como Julio, la gran mayoría de practicantes y médicos en todas las comarcas, eran de esa humanidad tan grande… mujeres y hombres que dejaron parte de su vida en los malos caminos, con nieve y frío, mojaduras, y todo por salvaguardar la vida de sus congéneres. Durante muchos años, estos buenos profesionales cobraban una iguala mensual, se avenían con los vecinos según el número de familiares, más de la mitad pagaba al finalizar la cosecha, vender un ternero… Pero no se recuerda el que se haya dejado de atender a ningún enfermo por no poder pagar la iguala… ya se pagaría cuando se pudiera.

Con aquella ley Moyano del año de 1857, se comenzó a regular las profesiones sanitarias. En 1915 se crea el título de enfermera por primera vez en la historia, hace poco más de un siglo. Y cómo no, también nuestra querida provincia contó con personajes de relevancia, entre ellos, Don Ignacio Martínez Galán, que fue el que puso en marcha un proyecto muy parecido al de alguna de las ciudades españolas, y con el claro objetivo de mejorar la actividad laboral y formación de los ya profesionales, y así dar mejor servicio y cobertura a los pacientes leoneses. Y fue en la calle Las Fuentes de la ciudad donde comenzó aquel impagable trabajo de enseñanza de los nuevos practicantes y enfermeras. Unos años después, en 1929, era obligatorio el estar colegiado para ejercer de practicante, un año más tarde para matronas; siendo en aquel Abril del año 1932 cuando se crean los centros Rurales de Higiene, ya que al ser la provincia tan extensa, había que mejorar, y mucho, la asistencia sanitaria en las zonas rurales. Y fue así, con formación y trabajo, como en 1953, se unificó, al integrarse todo este colectivo bajo el título de Auxiliar Técnico Sanitario (ATS)… y, «¡hazte practicante, nunca pasarás hambre!», rezaba la publicidad de la época.
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