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Museos de las derrotas

Museos de las derrotas

A LA CONTRA IR

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| 16/10/2019 A A
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Museos de las derrotas
Cuando nuestros labrantines se cansaron de amaneceres de sudor y siega colgaron los arados y se fueron a la ciudad o a Alemania, de donde solo regresaron cuando tenían dinero para arreglar la vieja casa y olvidarse en ella de tantos años de acumular sinsabores para canjearlos por un regreso digno y nostálgico.

Y al arreglar la casona familiar decoraron las paredes con arados y picos, con rastros y cribas, e hicieron mesas con los trillos, de forma que se rodearon de la vida que perdieron y siempre añoraron.

Y los pueblos se llenaron de museos etnográficos, donde la vida es memoria.

Nuestros mineros no se cansaron de amaneceres camino del tajo y días oscuros en la galería, de ojos pintados de negro por el polvo del carbón, pero también los expulsaron de sus tierras y, además, ni la ciudad ni Alemania están en el horizonte, allí tienen sus propios expulsados.

Y en sus casas mineras, en las Colominas de sus pueblos, las paredes y las tarimas se están llenando de motivos mineros que recuerdan su historia perdida. Carbón, vagones, vagonetas, galerías...

El carbón posado sobre el radiador nos recuerda que cuando la mina existía el calor lo generaba el carbón, aquellos vales que les daba ‘la empresa’ para atizar las cocinas económicas, las cocinas calefactoras... pero ya no hay vales, no hay cocinas, no hay carbón... no hay aquel calor que venía de las entrañas de nuestra tierra y lo arrancaban nuestros mineros.

Y también nacieron los museos mineros, donde la vida es memoria.

Tal vez sean excesivas las veces en las que nos cambian los trabajos por museos de las derrotas.
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