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Muere la ‘memoria viva’, Gloria la de Formigones

Muere la ‘memoria viva’, Gloria la de Formigones

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Gloria con más de cien años recorría contigo las estancias de la casa, sobre todo el portalón, «llamando a cada cosa por su nombre». | MAURICIO PEÑA Ampliar imagen Gloria con más de cien años recorría contigo las estancias de la casa, sobre todo el portalón, «llamando a cada cosa por su nombre». | MAURICIO PEÑA
Fulgencio Fernández | 15/08/2022 A A
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Muere la ‘memoria viva’, Gloria la de Formigones
Obituario Con 103 años acaba de fallecer Gloria Robla, de Formigones, bautizada como «la memoria viva»de la música, las palabras y las tradiciones, que todo lo guardó y compartió en una prodigiosa memoria y humor para tocar la pandereta
La última vez que tuve el enorme placer que siempre era visitar a Gloria la de Formigones fue para decirle que le habían concedido un premio en Celadilla del Páramo (el Peyre Vidal) y la centenaria leonesa estuvo tan ocurrente y dispuesta como siempre.

- ¿Y porqué me quieren dar un premio a mí y cómo saben que existo si no salgo de Formigones a cosa ninguna?
- El premio es por cantar, por tocar la pandereta, por conocer las palabras antiguas, por recordar las tradiciones y, sobre todo, por contárselas a todo el que pasa por tu casa.
- Bueno, eso sí.
- Pues eso.
- Y digo yo, ¿tendré que tocar la pandereta? no voy a ir y cogerlo como si lo robara.
- Claro, mujer.

Y fue a por la pandereta al armario, sacó tres o cuatro, recordaba quién le había dado cada una y las marcadas venas de sus trabajadas manos comenzaron a alimentar a aquellos dedos que se movían a toda velocidad mientras balbuceaba alguna estrofa. Allí sentada al sol, a la puerta de su casa, como a ella le gustaba. Nunca rehuía la conversación, ni la música, aunque en los últimos tiempos no ocultaba cierta pena por la pérdida de seres queridos cercanos, dos hermanos, víctimas de graves enfermedades.

- Se está bien aquí sentado.
- A mí es lo que más me presta. Y parlar, a mí parlar me presta por el vivir.

Tenía una memoria prodigiosa para las palabras, las coplas, los romances... y tocaba la panderetaY pocos lujos había mayores que «parlar» con ella. Un pozo de recuerdos que propiciaron que todos los que decían algo de ella la definieran como «la memoria viva»; una fuente de recuerdos a la que fueron a beber gentes de todos los ámbitos; periodistas, integrantes de grupos folclóricos, recogedores de canciones y romances, y hasta profesores universitarios que querían escuchar de su boca las palabras precisas con las que Gloria llamaba a «las cosas por su nombre», y lo demostraba mientras recorría el portalón, lleno de aperos y recuerdos, o las estancias de la casa, en cuyos armarios aparecía con frecuencia una pandereta: «Mi madre me enseñó a cantar el ramo, se me daba bien, tenía una voz juvenil, y ya me fui encaminando». Por su casa pasaron los miembros de la Cátedra de Estudios Leoneses y Gloria les iba diciendo mientras caminaban: «Estos bieldos pequeños son de limpiar, la bielda aquella es de amontanar, y ésta de aquí es la devanadera, de hacer las madejas, que las vas escarpenando, que aquí decimos escarpenar, para hacerla en tiras...».

Y seguía, pues llenó su cabeza de recuerdos, algunos los querría borrar pero no era posible, hablaba de la guerra con la pena de quien habían perdido hermanos en ella y remataba con una frase llena de sensatez: «¿Tú puedes entender que nos matemos entre hermanos, los del mismo país?».
- No Gloria, por suerte no lo viví.
- Yo, por desgracia sí.

Gloria Robla fallece sin recoger el premio Peyre Vidal que le habían concedido en Celadilla del PáramoY cuando hablaba siempre reivindicaba a los pueblos y sus gentes, «la gente cree que los de los pueblos no sabemos cosas, que somos como los de la cábila; pero están muy equivocados, mucho». Y el mejor ejemplo era ella, nacida en 1918.

- Me da pena marchar Gloria, haces buen filandón.
- Aquí le decimos hila. No se te olvide darle las gracias a esos del premio. Tendré que tocar la pandereta.
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