"Me ha dicho que en Villablino hay un colegio para niños pobres"

"Me ha dicho que en Villablino hay un colegio para niños pobres"

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Las Escuelas de Sierra Pambley en Villablino, un modelo de enseñanza vinculado a la Institución Libre de Enseñanza que impresionó a Almudena Grandes . Ampliar imagen Las Escuelas de Sierra Pambley en Villablino, un modelo de enseñanza vinculado a la Institución Libre de Enseñanza que impresionó a Almudena Grandes .
Fulgencio Fernández | 11/12/2021 A A
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"Me ha dicho que en Villablino hay un colegio para niños pobres"
Sociedad Almudena Grandes estuvo en 2012 en los Encuentros musicales de Robles de Laciana en la casa del pintor Eduardo Arroyo, con quien trabó una gran amistad y conoció una Laciana a la que homenajea en un personaje de ‘Los pacientes del doctor García’, curiosamente llamado Manuel Arroyo
Hace unos días el municipio de Fabero dio a conocer el homenaje que rendía a la fallecida escritora Almudena Grandes agradeciendo que citara a este pueblo berciano en una de sus novelas, ‘Inés y la alegría’, en la que uno de sus personajes, apodado El Bocas, recuerda que nació precisamente en Fabero. «Yo soy de Fabero, ¿sabes?, un pueblecito de León, cerca de la raya de Asturias, en el país del Bierzo...».

No es la única referencia leonesa en las novelas de la recientemente fallecida escritora. En otra de sus novelas, ‘Los pacientes del doctor García’,  más que una cita hay un claro homenaje a Lasciana, a la Fundación Sierra Pambley, a la Institución Libre de Enseñanza y al pintor Eduardo Arroyo, con el que lo hace tan explícito pues el personaje se llama Manuel Arroyo Benítez, y la propia escritora le confesaba a José Miguel Giráldez: «Lo hice en su honor». (La Nueva Crónica. 29/10/2018).

El origen de la amistad entre Arroyo o y Almudena Grandes —más bien profundizar en ella pues ya se conocían de antes—está en los recordados Encuentros Musicales que cada verano organizaba el pintor lacianiego en su casa de Robles de Laciana. Aquel año acudió la escritora, que siempre recordaba la anécdota de que, por primera vez en su vida, pudo ‘predicar’ desde el púlpito de una iglesia, la de Robles, pues desde allí pronunció una conferencia en los encuentros. Así lo recordaba en un artículo en El País. «Yo intervine en una velada literaria que tuvo lugar en la iglesia del pueblo. Ya había hablado en público algunas veces en iglesias desconsagradas, pero aquella, un paño blanco sobre el altar, flores frescas, bancos antiguos y bien conservados, no parecía estarlo. El cura me confirmó que, en efecto, diría misa al día siguiente ante la misma superficie en la que aún estaba el micrófono que yo había utilizado, y aquella noticia me impactó tanto como la amabilidad con la que se entretuvo en comentar mis palabras cuando terminó el acto».

A raíz de este encuentro supo Grandes de Laciana, de la Fundación Sierra Pambley, de la ILE, de los institucionistas... y acabaron todos ellos formando parte de las páginas de una de las novelas más conocidas y reconocidas de Almudena Grandes, ‘Los pacientes del doctor García’.

No hay lugar a dudas del homenaje. No hay sugerencias o aromas. La autora lo pone negro sobre blanco cuando, por ejemplo, escribe: «Manuel Arroyo Benítez siempre había tenido muy mala y mucha suerte. Había nacido en Robles de Laciana, una aldea de León (…) sexto en una familia de ocho hermanos. (…) una mañana, poco después de hacer la primera comunión, su madre le lavó, le peinó, le puso la ropa de los domingos y lo llevó a ver al cura .(…) Durante casi tres años, además de trabajo, cama y comida, don Marcos le dio lecciones de Gramática y de Historia, de Aritmética y de Geografía, de Latín y hasta de Griego. Le inició en los estudios de los Evangelios, en los principios de la Filosofía y la Teología, en los laberintos de la liturgia católica, y Manolín lo aprendió todo muy bien, muy deprisa».

No solo se apellidaba Arroyo, como el pintor, sino que le hizo nacer en Robles de Laciana, donde estaban las raíces y la casa del pintor. Y después de aquel tiempo de la mano de don Marcos aquel niño de Laciana descubrió que no sentía ‘la llamada’ de la vocación. «Se va a enfadar conmigo, padre. (…) Me ha dicho mi hermano Hermene que en Villalbino hay un colegio para niños pobres de los pueblos de por aquí y como Dios no me llama (…) Si usted quisiera acompañarme (…) Hágase tu voluntad, pensó don Marcos entonces.
Y la voluntad de Dios matriculó a Manuel Arroyo Benítez en el Colegio Sierra Pambley con diez años recién cumplidos. (…) En el Colegio Sierra Pambley fue, desde el principio, un alumno sobresaliente (…) Cuando se enteró de que había tres becas disponibles para el bachiller en León, se mató a estudiar y sacó la mejor nota de todos los que se habían presentado al examen». Y aquel Arroyo se fue de Robles de Laciana al comenzar el curso de 1922, con solo 12 años, para iniciar una brillante carrera, sacando muy joven la carrera de abogado: «trabajaba en un bufete, mientras hacía los cursos de la Escuela Diplomática (…) Llevaba años preparándose para un viaje muy distinto. Pablo de Azcárate, que había conocido en 1922, había dirigido su carrera a distancia para ofrecerle un puesto en la Sociedad de las Naciones. (…) Vivió en Suiza durante casi seis años».

Y en esta parte de los textos dedicados a Manuel Arroyo aparece otra de las características de la novela de Almudena Grandes, como es el hecho de que va mezclando los personajes  de ficción pura con otros históricos, como el citado Pablo Azcárate, sobrino del recordado Gumersindo Azcárate y nieto de Patricio, ejemplos evidente de intelectuales y politicos vinculados a la Institución Libre de Enseñanza. Ciertamente Pablo Azcárate comenzó su carrera diplomática en la entonces recién formada Sociedad de las Naciones, que abandonó para actuar como embajador del gobierno de la Segunda República en Londres durante la guerra civil española, lo que le obligó a exiliarse al término de la misma».

Una estrecha relación que recordaba la escritora en un sentido obituario al producirse la muerte de Eduardo Arroyo (febrero de 2018) que está enterrado en Robles de Laciana, cumpliendo su deseo. «En 2012 conté la emoción que sentí al pasar durante el viaje de vuelta (de Robles de Laciana) por Páramo del Sil y visitar el centro rural de innovación educativa Ángel González, instalado en la antigua casa de la maestra para recordar que una vez ocupó ese cargo la hermana mayor del poeta, por aquel entonces sólo un adolescente aquejado de tuberculosis que se trasladó a Páramo para curarse, y pasó su convalecencia en ese mismo edificio. Después he escrito mucho más sobre Robles y su entorno, hasta el punto de situar allí los orígenes de uno de los protagonistas de mi última novela publicada. Ese personaje se apellida Arroyo porque siempre le deberé a Eduardo otra emoción, la de conocer la trayectoria y el programa pedagógico del colegio Sierra-Pambley de Hospital de Órbigo, un foco tan inesperado como brillante del espíritu de la Institución Libre de Enseñanza en una remota comarca minera».

Señalar que Manuel Arroyo es uno de los personajes fundamentales de la novela, junto al doctor García.

De los Arroyo de Robles de Laciana.
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