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Matones y suicidas

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17/04/2018 A A
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Matones y suicidas
Un abrazo a un lobo y un llanto al ver al águila real encajar el deseo propio de ser pájaro es la herencia que dejó a una generación de pupilos el malogrado Félix Rodríguez de la Fuente. Fanático del cuidado a la naturaleza tenía claro que en cada ser vivo hay algo de uno mismo y eliminarlo, por tanto, no deja de ser un acto de suicidio voluntario. Defender que ese abrazo es compatible con un paseo de disparos y con la foto del ejecutor al lado de la presa, haría saltar al naturista. Ver tras pancartas a miles de cazadores defendiendo el concepto de caza como deporte hace apretar los dientes. Se sienten amenazados por el ecologismo, ese que no lleva armas y que solo pide que cuando uno pase la puerta del lado verde, regrese dejándolo como estaba. Escopeta y muerte no casan con esa pretendida defensa deportiva, no como Félix nos enseñó. No somos dioses para quitar o poner jabalíes en el monte, ni controladores de la madre naturaleza necesarios, como se creen esos que defienden que la caza es legal. Lo es mentir, lo es robar, o casi, como últimamente tenemos que lamentar a diario, pero eso no hace buenos sendos infinitivos, solo permiten escudarse en la palabra tolerancia. Pero hay que desinfectar a la sociedad de esa acomplejada cultura rancia. Hay que llamar asesino al que mata y no echarle un chorro de miel como si pegarle un tiro a un corzo fuera bailar una sevillana en la feria de abril. Amigo Félix, cuánto se te echa en falta en medio de esta vorágine de inconscientes armados.
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