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Mártires de Somiedo. Así pasó

Mártires de Somiedo. Así pasó

TRIBUNA DE OPINIóN IR

Mercedes Unzeta Gullón | 09/06/2021 A A
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Mártires de Somiedo. Así pasó
Leo el artículo de Gavilanes Laso sobre las mártires de Somiedo y me quedo muy sorprendida de que se construya un artículo dando por cierto lo que se cuenta en un libro. La Historia no se escribe con lo primero que te cuentan ni con lo primero que se lee.

Este artículo tiene unos cuantos errores básicos porque se hace ‘eco’ de los que tiene el libro que utiliza como información, que a su vez repite otro libro que cita. Errores que entran en una cadena de repetición y dan pie a una creencia falsa de esta pequeña historia de la Historia. Los dos libros que menciona tienen importantes errores por falta de investigación.

El primer eco-error está en el currículo que aporta del padre de una de las enfermeras, Pilar Gullón, que no es el de su padre sino el de su tío Manuel García Prieto (marqués de Alhucemas). Su padre Manuel Gullón fue largo tiempo diputado por Astorga y ocupó diversos cargos en el gobierno nacional, pero no carteras ni presidencias.

En segundo eco-error. Las tres jóvenes hicieron un cursillo acelerado bajo la bandera de la Cruz Roja, no eran enfermeras de carrera y, por supuesto, no están registradas como tal. Iban respaldadas por la Cruz Roja pero siempre se supo que eran enfermeras exprés de guerra, como pasa en todas las guerras, y no por eso se ha de menospreciar su dedicación. Pero sí constan en los archivos de la Cruz Roja porque yo los he manejado. Desde el primer momento de la guerra la Cruz Roja tiene dos presidentes, uno de cada parte en conflicto y el de la parte ‘nacional’ o ‘sublevada’, el conde de Vallellano, se implica activamente en la búsqueda de las enfermeras desaparecidas (como lo he demostrado en mis escritos). Una búsqueda larga y dolorosa para la familia, con muchas noticias falsas y hasta reclamación de rescate, como suele pasar en estas situaciones de caos. El problema residió en que la Cruz Roja Internacional, en Ginebra, no reconocía todavía al bando sublevado ni a su representante. Nadie amenazó a nadie como recoge este señor en su artículo; he publicado las cartas de la Cruz Roja y del conde de Vallellano de aquellos momentos; eran amigos de la familia y se escriben con cariño.

Acabo también de publicar las cartas personales de ellas en Somiedo. Se puede deducir la imposibilidad de que instigaran a matar a machetazos (esto más bien parece una versión interesada). Eran mujeres buenas y nobles. Esa maldad atribuida es injusta. Los intereses políticos no deberían falsear la Historia en general y la humana en particular, aunque es lo que se suele hacer; y se repite y se repite y queda.

Tampoco fueron desnudadas ni arrastradas como se cuenta. Vestidas fueron fusiladas por tres mujeres milicianas. Y aquí entra la incógnita de por qué matan al médico y a las tres enfermeras cuando tanta falta hacían en sus hospitales, y cuando normalmente utilizaban los servicios de este tipo de presos para sus necesidades. Es importante conocer las circunstancias que dan soporte a los hechos. Los milicianos del Batallón Guerra Pardo, que defendían la Republica, procedían fundamentalmente de la cuenca minera astur-leonesa, gente que había sufrido dos años antes una durísima represión en la Revolución del 34 (curiosamente dirigida por los generales Franco y Goded), en el bienio conservador de la Republica. Los represores de antes van a ser los mismos sublevados de ahora que van a poner en peligro la esperanza de estos mineros en un futuro mejor con el nuevo cambio gubernamental de la República. Eran los primeros momentos de la guerra, había mucha rabia y mucha esperanza a punto de romperse. En ese contexto las mujeres milicianas, hartas de tanta miseria arrastrada en sus vidas, se encontraron en su territorio con tres señoritas ‘bien’, bien vestidas, bien alimentadas, bien educadas…, y en esos momentos ni enfermeras, ni cruces rojas, ni nada…; creo que un tremendo resentimiento social desencadenó la rabia femenina que impulsó a votar por su muerte, en el pequeño y rápido comité que se estableció en Pola de Somiedo el 28 de octubre del 36. Dos de las votantes participaron en su fusilamiento, la tercera, más joven, según parece, fue obligada a disparar.

Otro ‘error-eco’, que ya he rebatido en mis artículos hace un año en el Diario de León. La motivación de Concha Espina para escribir lo que escribió. No escribió su libro Princesas del Martirio unos meses después del fusilamiento de las enfermeras, sino cuatro años después. Y Concha Espina no tenía ningún hijo preso, ni lo escribió porque lo tuviera. Su hijo Víctor de la Serna, miembro importante de la Falange de Santander, partidario de Hedilla (sucesor de José Antonio), se opuso a la unificación de la Falange que hizo Franco en abril del 37; por ello estuvo un corto tiempo en la cárcel ese año, por falangista no por contrario a la sublevación. Víctor de la Serna, el único hijo que pisó brevemente la cárcel, dirigía ya en 1939 el periódico Informaciones del régimen franquista. Su madre escribió el librito en 1940, con mucho furor y cambio de posicionamiento, como muchos intelectuales del momento por acomodarse a la nueva situación nacional.

Cuando se repiten en cadena los errores de otros se va conformando una historia paralela con cantidad de falsedades que modifican la historia. Por error, por interés, por desidia o por novelar, la historia va cambiando. Y sobre estas tres mujeres fusiladas en la guerra se ha escrito poco pero casi siempre interesado. Ahora toca que trasciendan a la Historia dejando atrás las leyendas e intereses.

En diciembre de 2019 escribí una serie de nueve artículos en el Diario de León, explicando esta y otras cosas; y se acaban de publicar 22 capítulos en el periódico digital Astorga Redacción contando con documentos públicos y privados la historia de estas tres mujeres.

En cuanto a que la Iglesia las haga beatas o no, es una cuestión de la Iglesia para la Iglesia. Si la Iglesia crea su leyenda y lo celebra con sus feligreses es cosa suya y a nadie, que no sea feligrés, le tiene que importar o molestar, siempre que quede claro que la Iglesia actúa en el ámbito eclesiástico. La Historia ha de ir por otro lado y ha de ser fiel a la investigación no a narrativas interesadas o poco documentadas o noveladas.
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