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"Manos, navaja, cepillo y arte"

CULTURASIR

Francisco Javier Robles trabajando las mimbres con el cepillo de carpintero, un adelanto pues \ Ampliar imagen Francisco Javier Robles trabajando las mimbres con el cepillo de carpintero, un adelanto pues \"esto mi padre lo hacía todo a navaja\", explica. | REPORTAJE GRÁFICO: MAURICIO PEÑA
Fulgencio Fernández | 19/03/2017 A A
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"Manos, navaja, cepillo y arte"
LNC Domingo Francisco Javier Robles, de Vegaquemada, es un verdadero maestro con el mimbre, al que arranca piezas de enorme belleza y realizadas de manera absolutamente artesanal, pues "incluso planto yo las mimbres para que sean las más adecuadas para este oficio"
En el salón principal de su casa en Vegaquemada, sobre esta estantería en la que un día estaría la vieja radio, está la maqueta de un barco, a escala, hecho con mucho mimo: «Es el barco que fue de la Casa Real sueca hasta principios del siglo XX».

Lo explica un singular artesano leonés, de Vegaquemada, Francisco Javier Robles, y la presencia de esta pieza explica la que ha sido su gran pasión, el mar, al que ha entregado treinta años de su vida, enrolado en barcos de la Marina Mercante de Bélgica, hasta su jubilación. «Mi pasión de chaval era el mar, y nada más que pude la hice realidad, me surgió la oportunidad y me enrolé en la marina mercante de Bélgica, allí estuve treinta años».

Treinta años en los que Francisco Javier Robles iba encadenando contratos temporales. «Era así, había una especie de bolsa de trabajo, y salían ofertas para embarcarte un año, o seis meses o lo que fuera. Y así pasé 30 años».

Después de 30 años en la marina mercante belga regresé al pueblo y a la profesión que tenía mi padre - ¿Hasta que se cansó?
- No, ni mucho menos, me encantaba el mar y hubiera seguido, no sé cuánto tiempo, pero ya sabes cómo va esto, también llegó la crisis y buscaban trabajadores más jóvenes, que les pagaran menos. Yo hubiera seguido, pero me lo pusieron muy claro, o la jubilación o nada, bueno al paro... Y me jubilé con 50 años.

Final de una etapa y de regreso a Vegaquemada, a su pueblo. «De no seguir en la mar lo tenía muy claro que regresaba a casa...».

Yo controlo todo el proceso, planto las mimbres más apropiadas y nadie más mete la mano al cestoY en casa, en la casa familiar, las paredes estaban impregnadas de piezas realizadas por la mano diestra y cuidadosa de su padre, Rafael Robles Modino, llegado a esta tierra desde San Cipriano del Condado y artesano para ayudar en la subsistencia diaria en una economía ganadera. «Trabajaba muy bien, y ¡vaya paciencia! pues él lo hacía todo a base de navaja, iba rebajando las mimbres a navaja, las ponía sobre la pierna y dale que dale», explica su hijo a la vez que sonríe ante el gran invento que para él fue acostumbrarse a hacer ese trabajo con el cepillo de carpintero. «Utilizo primero uno para desbastar lo mayor, después otra más pequeña y, finalmente, sí remató con la navaja, sobre todo si las piezas son más anchas de lo que necesito para coserlas».

Incide el «lobo de mar» de Vegaquemada, que ya lleva cerca de veinte años dedicado a la artesanía, en que él tiene el control de todo el proceso, pues «hasta planto yo las mimbres que después utilizo para trabajarlas; porque los ríos están muy mal y las que hay en las orillas o se rompen o son pequeñas... nada, no sirven, al menos para estos trabajos más finos, para cestos de esos patateros igual sí pero...».

Y para tener las mejores mimbres —«ya se sabe que sin buenas mimbres nadie hace un buen cesto»— Francisco Javier fue probando con plantas traídas desde lugares diversos. «Las hay de muchas razas. Creo que estas que trabajo ahora son las más apropiadas, a mí me dan muy buen resultado».

Una vez cortadas las mejores mimbres las cuece, después las seca, les quita la piel a navaja, las convierte en finas láminas con los cepillos y la navaja... y a coser. «Si vas sumando tiempo no sé lo que habría que cobrar por cada una de las piezas... pero eso parece que la gente no lo quiere ver y te miran extrañados cuando les pides treinta euros por una pieza».

Francisco Robles tiene por casa todo tipo de obras, todas ellas con una exquisita finalización. Desde cestas de pesca a paneras. «Lo que más salida tiene son las paneras, pequeñas y un poco más grandes, pero todo esto, como te habrán dicho otros artesanos, está muy parado y las únicas salidas son las ferias, en las que algunos quieren hacer negocio con los artesanos».

Lo que ocurre es que en el caso de este antiguo marino mercante la artesanía es una pasión, como antes fue el mar: «Y si a él le dediqué treinta años, ¿qué menos con el oficio de mi padre?».
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