Publicidad
Manos al servicio de los pies

Manos al servicio de los pies

CULTURAS IR

Ampliar imagen
Toño Morala | 04/06/2018 A A
Imprimir
Manos al servicio de los pies
Cultura Los alpargateros, uno de esos oficios olvidados pero que jugaron un papel fundamental en aquellos años duros de pobreza, las manos artesanas que calzaban los «pies de la dignidad», los de los obreros y campesinos de tiempos difíciles
Siempre me han gustado aquellos oficios que pasan casi inadvertidos para la gran mayoría, y además, cumplieron un papel muy importante para los pobladores tanto de ciudades como de pueblos y villas; oficios artesanos donde se ganaba poco dinero, pero eran imprescindibles para la mejora de una ciudadanía muy empobrecida en aquellos años de guerras y poco trabajo; el campo era la gran despensa en manos casi siempre de terratenientes, mediadores y comerciantes de todo tipo, por lo que la gente campesina y obrera, se las apañaban como podían para ir tirando de la vida, y llevar el pan escaso para las achuchadas casas. Y en aquellas condiciones, el vestir y el calzarse, no era fácil para los más pobres de la gran tribu mundana. Harapos y suelas de todo tipo eran las pocas pertenencias que una gran mayoría tenían para cubrirse del frío y de los duros suelos de estas tierras. Y uno de aquellos oficios fue el de alpargatero, alpargatero que fabricaba alpargatas con suela de cáñamo, esparto, yute… y que luego cosían una tela cualquiera y unas cintas para atar y a otra cosa que la vida tenía que seguir. En los años de la guerra y posguerra, no hubo más remedio que utilizar este tipo de calzado dadas las condiciones terribles de aquel golpe de estado que empobreció aún más a una población que comenzaba a instalarse en algunas ciudades e iban abandonando el campo, campo que no era suyo, trabajaban para otros de jornaleros y vivían casi en la miseria. En muchas películas salen hombres, mujeres y niños calzados con aquellas alpargatas de miles de maneras y formas, de suelas diferentes, hasta las había con suela de neumático y algo de cuero, pero las grandes compras eran las de alpargatas de suela de esparto vestidas con telas o lonas casi siempre oscuras.

El cáñamo y el esparto era la materia prima por excelencia para la mayoría de alpargateros, aunque también usaban el yute y otros; y allí en las calles, con buen tiempo, iban fabricando alpargatas de todos los números existentes para los pies de obreros y campesinos, pues unos zapatos o botas, eran muy caros para los menguados bolsillos de una gran mayoría. El olor inconfundible del cáñamo, era como la seña de identidad de los muchos alpargateros que rondaban calles y plazas, y en el invierno, fabricaban sus alpargatas en soportales y portales. Para fabricar las alpargatas realizaban las siguientes operaciones. Clasificaban el cáñamo rastrillado en cuatro calidades: el más fino es el padre, el entrefino el hijo, el de tercera clase estopa y el de la cuarta tamo. Despelotaban el tamo y se iba formando una veta que se devanaba en ovillos. Con tres ramales de esta veta se formaba la trenza o soga de la suela. El alpargatero usaba un tablero de vara en cuadro afirmado a un banco donde se sentaba. A la orilla del tablero había una estaquilla recia con una canal en medio y en un hueco de ese mismo tablero se ponía una candileja con aceite para untar las puntas de las agujas. Empieza la suela formando con la soga un círculo de canto que se ata con un estopón o pedacito de estopa. Dobla el círculo, toma la medida del largo y ata de firme. Va ensanchando el círculo y llenando hasta que haya bastante para la suela. Hecho esto, empieza a coser la suela por los costados metiendo primero la almarada, enhebrando la guita (cuerda pequeña de cáñamo), sacando la puntada y uniendo los costados y pasando por la canal de la estaquilla del tablero, sobre el cual trabaja comprimiendo y estirando. Sigue cosiendo y golpeando la suela de vez en cuando con el “chamarín”, especie de tarugo de madera con forma de mazo pequeño.

Oficios artesanos donde se ganaba poco dinero, pero eran imprescindibles para la vida diariaHecha la suela, el alpargatero se sienta en el suelo juntando las plantas de los pies con las cuales sujeta la alpargata. Coge la suela con la mano y afianza en la plantilla un hierro llamado caballete en figura de arco, con unas puntas que entran en ella y después en la aguja de ensalmar se va pasando por los costados de la suela y por encima del caballete. Terminada esta operación, aclara el guitado, quita el caballete, encaja una horma sin talón y se forma el travesado, es decir, el tejido. El talón se forma aplicando sobre la suela un hierro en figura de escuadra con tres puntas: la una para afirmar el hierro a la suela y las otras dos para sujetar el guitado… y parece fácil… Por encima de este hierro llamado talonera, se va guitando de costado a costado y se remata el talón dejando dos ojales en los extremos para atar la alpargata con cintas. Los buenos alpargateros a fuerza de práctica llegan a prescindir de taloneras, caballetes y horma; todo lo hacen a mano supliendo los instrumentos con la mano izquierda.

En sus pies, las alpargatas: suela de cáñamo, yute o esparto y cintas negras. Era el calzado de los obreros y los agricultores y los habían fabricado a miles los modestos alpargateros. Útiles, estrictos, básicos. Combinaba la manufactura de esas todoterreno con las alpargatas de fiesta o de paseo, en las que se permitía algún color. Las alpargatas más antiguas que se conservan en España se exponen en el Museo Arqueológico de Granada. Se trata de unas alpargatas realizadas enteramente en esparto. Técnicamente, unas “esparteñas”. Fueron halladas en 1857. Se encontraban en una cueva en la costa de la Alpujarra. Curiosamente, los objetos mejor conservados, además de una diadema de oro, estaban realizados en esparto trenzado: cestos, esteras y el par de alpargatas “decanas” de las innumerables que vendrían después. La palabra alpargata procede del árabe hispánico “alpargat”. Su elaboración se remonta al antiguo Egipto. Roma cubre el empeine de las mismas y extiende su uso por el Mediterráneo. En Europa están documentadas desde 1322. En esa época su uso es habitual en España y el Sur de Francia, formando parte de la vestimenta típica de la Corona de Aragón, el Sudeste español e incluso Navarra y el País Vasco. Paralelamente, en América ya se usaban en el Sur de los actuales Estados Unidos. Por su frescura y flexibilidad, las alpargatas son una característica común en los pueblos expertos en trenzar el esparto en busca de calzado cómodo para climas cálidos. En España, eran comunes entre campesinos y soldados. Al llegar la colonización, los misioneros las extienden a América Latina, siendo adoptadas por los trabajadores rurales. En Argentina se asocian estrechamente con la clase obrera. A comienzos del siglo XX, en ambos lados de los Pirineos existe una gran concentración de fábricas.

El Norte de España y el Sur de Francia serán las zonas clave para su difusión internacional. La forma de pagar y de vender las «alpargatas» se hacía por docenas, es decir, los alpargateros cobraban por docenas las suelas que hacían al día, al igual que las mujeres cobraban su trabajo de «aparado» y coser las suelas también por docenas. Igualmente la venta que se hacía por parte de los «alpargateros» a los distintos comercios para su posterior venta al público se hacía también por docenas. Y también hay que cuidar el limpiado para que duren más las alpargatas, consejos que daban las mujeres de antaño. “Lo primero que vamos a hacer es cepillar bien el exterior con un cepillo suave para eliminar todo el polvo. La parte de la suela, si tiene barro o arena, podremos también limpiarla con un cepillo un poco más duro. Para limpiar las manchas de grasa o comida de nuestras alpargatas de esparto, lo mejor es poner un poco de polvos de talco y dejarlo actuar para que absorba la grasa. Después cepillar para eliminar el talco y la suciedad se irá con el cepillado. Para las tradicionales de tela, sin manchas difíciles, lo más fácil y eficaz es mezclar un poco de agua con amoniaco o con jabón neutro. Humedecer una esponja o trapo en esta solución y pasarlo suavemente por la tela de las alpargatas sin empaparlas. También para limpiar el interior. Y por último a secar, para ello, hay que meter unos papeles de periódico en el interior, absorberán la humedad y evitarán que se deformen. Mejor a la sombra, no al sol porque se puede ‘comer el color’. La inmensa sabiduría de la tradición y las costumbres populares… y no aprendemos, no aprendemos.
Volver arriba
Newsletter