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Los últimos latidos de los pueblos del silencio

Los últimos latidos de los pueblos del silencio

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Pueblo abandonado de Villar de Matacabras (Ávila). | ICAL Ampliar imagen Pueblo abandonado de Villar de Matacabras (Ávila). | ICAL
Ical | 26/02/2017 A A
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Los últimos latidos de los pueblos del silencio
Sociedad Más de 550 localidades se abandonaron en Castilla y León desde 1950 y ya sólo perviven recuerdos, propiedades casi sin valor y vandalismo
Pasear por las estrechas calles de Bárcena de Bureba (Burgos) transmite una sensación de acongojo, de temor. Las zarzas y la maleza se han hecho con el control de este pueblo, que cuenta con muchas viviendas en ruinas. Como si alguien fuera a salir de alguna de las casas o atravesar las puertas o ventanas en las que el dintel, apenado por el paso del tiempo y la dejadez, apura el tiempo para venirse abajo. Propiedades de aspecto señorial, sin valor económico alguno, con restos de muebles desperdigados. Un lugar misterioso por el que sí han dejado su rastro algunos vándalos, con pintadas sobre algunas paredes y restos de 'botellón', desde que hace cerca de 25 años se marchara su último habitante. “Ver ahora esto así me da pena porque he estado aquí mucho tiempo. Jugar, crecer, correr...”, relata Severino Ruiz, uno de los últimos habitantes.

El paisaje de Honquilana (Valladolid) no es mejor. Incluso cuenta con una salida y señalización desde la A-6. Al bajar por la estrecha carretera que concluye en una de sus tres calles se refleja el abandono, motivado por el principal cáncer de Castilla y León, la despoblación. El adobe, algún zorro y aves rapaces son los protagonistas junto a la iglesia, destruida sobre el cementerio, en una paradoja de la vida misma de esta localidad que ahora es cruzada a diario por los tractores que se dirigen a las explotaciones agrícolas. Otros, octogenarios oriundos como Nicolás o Miguel, acuden a menudo como si la vigilancia de aquello que dejaran fuera oficio suyo. “Por un lado da pena, pero por otro alegría de saber que aquí viví y fui feliz”, apura Miguel Perrino, que ahora reside en la cercana Palacios de Goda (Ávila).

Federico Bellido no quiere dejar su pueblo del todo, Villar de Matacabras (Ávila). Pero ya reside en la cercana Madrigal. Acude a diario a su antigua casa a dar de comer a las gallinas y su perro. Hace cuatro años que falleció Máximo, con casi 90 años, el último inquilino de la localidad. Desde entonces, los únicos habitantes permanentes en esta población de La Moraña son las ovejas y los cerdos de dos explotaciones que aún perviven allí, pero cuyos propietarios residen fuera. A su alrededor se conservan en pie numerosas viviendas, muchas en ruina, al igual que la iglesia de estilo mudéjar de Nuestra Señora del Rosario, que pasó a manos de un particular que “prácticamente la ha dejado caer”.

El Instituto Nacional de Estadística (INE) eleva a 3.000 las localidades abandonadas en España; 555 en Castilla y León sólo entre 1950 y 2010, según el CESEs la realidad de cientos de pueblos de la Comunidad. La cifra es difícil de calcular incluso para el Instituto Nacional de Estadística (INE), que eleva a 3.000 las localidades abandonadas en España; 555 en Castilla y León sólo entre 1950 y 2010, según el CES. La situación sólo la conocen quienes, en sus propias carnes, se vieron obligados a salir de sus casas porque la soledad les superó; o quizá el temor al que contribuyen unas ruinas, aunque sean las de tu casa.

La boda del siglo

Hace 20 años que no vive nadie en Bárcena de Bureba. Y durante los últimos diez, sólo lo hizo un hombre, hasta que falleció. Es el postrero rescoldo de los 55 habitantes que residían hace cuatro décadas. De la mano de Severino es más fácil transitar por un pueblo embarrado por la lluvia, lleno de maleza, dividido en dos barrios separados por un riachuelo. En uno de ellos la iglesia. “Antes venía a dar una vuelta por aquí. Pero ahora ya no vengo nada. Hará más de tres años que no venía”, asiente apenado Severino, ya octogenario, delicado de salud, que llegó a ser pedáneo de Castil de Lences, pueblo en el que ahora reside, a cinco kilómetros.

Recuerda que su padre adquirió un molino, lo que motivó su traslado a la localidad vecina. Al contrario que sus tres hermanos, Severino ya nació hace ocho décadas en Castil. El pueblo “nunca” llegó a tener agua corriente ni luz. Justo cuando se decidió la instalación de “estas modernidades”, comenzó la emigración a Burgos y Bilbao “y se desestimó”. A pesar de nacer y residir ya en Castil, Severino continuó como un vecino más de Bárcena. Mantuvo una relación casi eterna con los pocos vecinos. “Cuando venía con el tractor a trabajar los frutales, la gente decía: ¡ha venido Severino!”, exclama. También había trigo y cebada. Y mucho yero, una planta similar a la algarroba o la lenteja. “Pintaba muy bien en esta zona. Había mucha superficie. Se destinaba sólo para el ganado, nada de consumo humano”, destaca.

Al caminar por delante de la antigua sidrería, que esconde una gran paradoja, pasan por la mente de Severino numerosos instantes de su pasado en Bárcena. En una breve parada, coloca su bastón en horizontal para señalar un tejado casi caído. “A excepción de tres o cuatro casas”, que se vendieron por sus propietarios a un empresario que buscaba dar un impulso para restaurarlas para turismo rural. Actualmente, la iniciativa se encuentra estancada.

Bárcena de Bureba, a pesar de estar ya despoblado en aquel momento, vivió un sinfín de emociones en octubre de 2010. Acogió una boda que algunos definieron como “la del siglo”. “Dicen que se gastaron cinco millones de pesetas”, señala Severino, quien recuerda que se trataba de una familia importante que contrató sus propios cocineros y catering. Con una sonrisa en la cara recuerda que muchos formaban parte de las páginas de papel cuché. “Venían con autobuses y era obligatoria la chaqueta. Muchos vecinos se acercaron a verlo”, recuerda entre risas.

Pero aunque ese día el pueblo revivió su vitalidad, nunca llegará a alcanzar la esencia del Día de San Lucas, el 18 de octubre, fiesta de la localidad, “en la que se juntaba, sin haber aún luz, muchísima gente”. “Esto era la ciudad sin ley. Era la mejor fiesta de los alrededores. No había bailes por las noches porque se armaban jaleos. Venía un tabernero de Castil, porque aquí no había. Tenía fama de fiesta importante porque era la última del año en la zona”, rememora. Pero todo se torció cuando se levantaron los primeros tendidos eléctricos en la zona. Una votación en el pueblo decidió que no compensaba la inversión. Quizás fue el principio de fin.

Y el pueblo se apagó...

Precisamente, la ausencia de electricidad pudo ser la culpable de vacío de Honquilana. “Cuando quiso llegar, ya era tarde”, rememora Miguel Perrino, quien ya había dejado la localidad vallisoletana cuando el 18 de enero de 1985 falleció el último habitante. Un día lluvioso, con la ayuda del paraguas, sirve de metáfora para andar entre el adobe que recuerda que allí existió un pueblo. Nicolás Alonso, su sobrina Mari Luz, Iván Nieto, hijo de ésta, y Miguel hacen de anfitriones de lo que hoy son sólo ruinas pero que en los años 40 amparó a 80 personas. “La gente se fue muriendo y otros emigraron”, asevera Nicolás.

Perrino nació entre las casas de Honquilana en 1937 y lo dejó 48 años después. “Aquí jugábamos a los bolos o a la calva todos los días”, rememora, sin sacar las manos de los bolsillos. Incluso había frontón, del que no queda ni la chapa de falta. Muy cerca de éste atravesaba el pueblo un riachuelo con origen en un manantial del que bebía todo el pueblo. “Aún vierte agua. Mucha gente paraba a recogerla porque se decía que era buena para la salud”, sostiene Iván, que abandonó el pueblo cuando tenía tres años. Su familia se fue a pocos kilómetros, San Pablo de la Moraleja, del que ahora es alcalde.

A Honquilana le tienen “gran aprecio” todos los pueblos de la comarca. Cuando hubo niños iban al colegio a San Pablo. Por las dos calles de esta localidad abandonada transita el Camino de Santiago del Levante. “En la antigua fragua aún se mantiene la concha que lo indica, aunque escondida”, susurra.

Todos recuerdan que eran los comerciantes de San Pablo quienes se acercaban a vender a Honquilana. Cantidades que aumentaban cuando se acercaba la fiesta, el 17 de enero, San Antón. “¿Y donde se celebraba?”, pregunta Iván a los mayores; “¡en el portal de la casa de Miguel Perrino!”, exclama el resto entre risas. “Allí se metían dos músicos y bailábamos sobre todo jotas”, rememora Miguel sin perder ni un ápice la alegría de su rostro. Antes de ir a comer, un lunes de febrero, les viene a la mente una anécdota meritoria de recordar: “Tenían un tractor R8 con un generador que se enganchaba para ver la única tele del pueblo en Honquilana. Allí se juntaban los cinco que quedaban”, desliza Julián Senovilla, antiguo juez del distrito de la comarca.

Entre el mudéjar y una calzada romana

“Recuerdo cuando jugábamos y corríamos alrededor de la iglesia”, espeta Federico Bellido, sentado sobre una pequeña tapia que rodea esta joya mudéjar de Villar de Matacabras, otro pueblo abandonado, en este caso en Ávila. Por allí pasa una vereda de una calzada romana y allí concluye la escueta carretera AV-P-144, que ahora sólo utilizan dos ganaderos. “Hasta hace cuatro años vivía ahí el último habitante”, desliza, mientras señala hacia una casa baja, medio derruida, con semblante de adobe pintado en blanco y la fachada descascarillada. Su casa, sólo de paso, aunque a diario, es la única habitable. Ahora se asemeja más a un museo agrario. “Le falta un baño, pero podría adaptarla”, asiente.

La Plaza de España sigue siendo la misma, o al menos así lo refleja la placa azul en una de sus esquinas. En los mejores momentos del pueblo se mantuvo una docena de viviendas abiertas, todas por encima del siglo de vida. Federico continúa su paso alegre por las calles, desde las que se escucha algún ladrido. Se dirige a una casa señorial y se adentra a pesar del evidente peligro de caída de los pocos techos que aún resisten. “Se me parte el corazón cada vez que vengo. En esta casa pasé mi infancia y ahora la han dejado caer”, denota emocionado.

Fueron sus abuelos los primeros de su familia en pisar Villar, para trabajar en la explotación agrícola de un “señor de aquellos tiempos”. Al entrar en la cocina una imagen le alcanza la mente: “Tengo la foto ahora mismo del momento en que nos sentábamos alrededor del escaño. Vivíamos muchos aquí cuando era niño; luego nos fuimos a Madrigal y sólo veníamos en vacaciones”. La despedida de la casa la ofrecen algunos varales suspendidos en lo que era la despensa y varias sogas colgadas del techo mohoso, acabadas en unas tapas de chapa de latas de conserva, que pretendían evitar que las ratas llegaran al embutido que se curaba.

Federico no esconde que el principal problema ahora es el cableado eléctrico que serpentea sobre las repisas de las pocas casas que se mantienen en pie, incluso con postes medio caídos. “Cuando se caigan, esperemos que nos lo arreglen y no nos dejen sin luz...”, se despide, lacónico, desde la entrada de la casa.
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