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Los esfuerzos baldíos

Los esfuerzos baldíos

TRIBUNA DE OPINIóN IR

Miguel Ángel Varela | 17/02/2016 A A
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Los esfuerzos baldíos
Laudino García. Boina, puro, probablemente una copa en la mano. Mirada abierta y escucha atenta. Gran conversador. Infatigable en la negociación. No gordo: bajo de tórax, como Obelix. Listo como un ajo: una de esas inteligencias naturales capaces de captar lo esencial de un problema en el primer vistazo.

Un retrato de Marx presidiendo su despacho del ayuntamiento de Igüeña, al que llegó en la primavera democrática del 79 y que no abandonó en 28 años. Un alcalde de la primera hornada, cuando todo estaba por hacer y no había una peseta para hacer nada. Ni para comisiones había entonces.

Comunicó los pueblos incomunicados del municipio, los dotó de los servicios básicos, defendió el sector minero del que venía… Pero también editó El Aguzo, modelo de publicación municipal no superado, alejada del sectarismo propagandístico que vino luego. Y convocó concursos de relatos y llevó cómicos a las plazas de los mineros.

Bajo aquel retrato de Carlos Marx, un día escribió Manuel Vázquez Montalbán su columna de El País sobre cielos abiertos, antes de firmar a apenas media docena de lectores alguna de sus novelas de Carvalho. Y, a uno de ellos, su poemario A la sombra de las muchachas sin flor.

Fue comunista y pagó por ello el peaje del cainismo habitual de la ortodoxia estalinista. Acabó en el PSOE, vigilado por los desconfiados guardianes de las esencias. Muchas noches bebimos y alguna comimos truchas pecaminosas. Me enseñó extrañas palabras del monte, propias de su tierra de transición en una comarca transitoria.

Los esfuerzos baldíos solo conducen a la melancolía, escribía ayer un heterodoxo amigo común, pensando quizá en este territorio derrotado en el que ni en la denominación nos ponemos de acuerdo. Los esfuerzos de Laudino tuvieron la productividad de un tiempo fresco e iniciático, emputecido luego por la ambición y las egolatrías.

Laudino García, histórico de la izquierda berciana. Representante de lo mejor de lo que ahora hemos dado en llamar «la vieja política». Un amigo. Que la tierra le sea leve...
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