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Ladridos

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OPINIóN IR

16/05/2022 A A
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Ladridos
El ladrido es un idioma más de los muchos que utilizan las diferentes especies que pueblan este mundo. Más propio de los cánidos que de los homínidos, pero con tantos o más matices. ¿Quién no conoce el ladrido de esos perros grandes de tamaño, guardianes de puertas, cercados y lindes, destinado a ahuyentar a los intrusos? La mayoría de ellos no son de carácter agresivo, sino guardián. No atacarán jamás a nadie que venga acompañado de su amo, pero no se dejarán engatusar por un trozo de carne envenenado que les llegue por encima de la verja.

Acaba de suceder en nuestra tierra cuando la gente supo distinguir entre la voz del Alcalde de la de sus presuntos jefes de partido y, desobedeciendo a estos, los intrusos, se acostó del lado de su dueño. Son, a veces, estos perros del pueblo, los que guardan a éste de los desmanes de quienes envenenan la convivencia.

No le ocurrido lo mismo al Papa Francisco, quien, en pleno desarrollo de la guerra de Putin contra Ucrania, y deseoso de viajar a Moscú y entrevistarse con el portentoso Patriarca ortodoxo, se ha descolgado con unas declaraciones nada propias de su, por otra parte y por lo regular aceptable, cristiano criterio. Dice que los perros de la Otan han estado ladrando demasiado fuerte en la frontera con Rusia y que Putin ha tenido que salir en defensa de sus deudos. Tanto alboroto, tanto oprobio en la frontera, tanto ladrido en medio del silencio, día y noche, y tan solo Don Vladimiro se sintió molesto. Y hasta tal punto se sintió agredido que hubo de desplegar decenas de miles de tanques con armamento pesado para acallar a los perros.

Ya sabemos que el Papa es infalible. Y que las Planas Mayores de los partidos políticos se creen en posesión de la verdad. Pero hay muchas ocasiones en las que la verdad se vence como un junco por la fuerza del viento. En su libro sobre el Padre Isla, su paisano de Vidanes, cuenta el cronista el suceso del encarcelamiento de aquel anciano fraile jesuita en el exilio italiano, cuando en casa de sus nobles anfitriones, el cardenal Malvecci anuncia la inminente elección de un nuevo Papa contrario a los jesuitas y que aquello era voluntad del Espíritu Santo, que, por cierto no se equivoca nunca. Y el de Vidanes, jugándoselo todo, le apostilló: «Pues en este caso, se equivoca».

Los perros siempre dicen la verdad. Menos cuando se equivocan. Y eso, hoy día y en este país en el que los autoproclamados progresistas, se ponen siempre a favor del lobo, debería quedar aquí, entre nosotros.
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