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La silla del sabio

La silla del sabio

A LA CONTRA IR

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| 04/05/2021 A A
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La silla del sabio
ATomás —el sabio de la tribu que además se acordaba de todo lo que leía, que era mucho— un día se le acabaron las palabras.

Aquello se disfrazó de maligna y fulminante enfermedad que le robó la facultad de hablar; pero quienes cada día le escuchaban en la calle, en el bar, en el concejo, en la plaza mientras jugaban a los bolos o en cualquier reunión al abrigo de una pared sospecharon que se le habían acabado las palabras, que debe existir una especie de cupo de sabiduría y puede llegar el día que lo agotas. Tomás lo agotó.

Pero quienes debían subir en el escalafón de los sabios de la tribu tomaron una curiosa primera decisión como tales. En los concejos y en todas las decisiones difíciles de la vida comunal se sentaría en la mejor silla a Tomás, aunque no pudiera hablar ni escuchar, simplemente para que todos los vecinos supieran que existe una forma de ser y estar en la vida, unos valores que se basan en el saber y que, después de ellos, sólo existe el silencio.

Por eso, cuando llegaban a la plaza ya estaba colocada la mejor silla y nadie se sentaba allí. Era la de Tomás. El resto eran asientos y números.

Bueno sería no olvidar que hay un lugar preferente, la mejor silla de la reunión, que está esperando por alguien, para que a nadie se le olvide que allí se va a hablar, a entenderse y a escuchar. La silla del sabio.
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