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La Orden del Santo Sepulcro y don Julio

La Orden del Santo Sepulcro y don Julio

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José Javier Carrasco | 26/04/2022 A A
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La Orden del Santo Sepulcro y don Julio
Los otros y yo (17) Por José Javier Carrasco
En ocasiones no es fácil explicarse por qué echamos sobre nuestros hombros tareas que acabarán desbordándonos y estaban condenadas al fracaso de antemano. En una visita a la galería de la sala Provincia, atrajo mi atención, en el expositor del vestíbulo, un número de la revista ‘Tierras de León’ que incluía el trabajo, ‘La orden del Santo Sepulcro de Jerusalén en la ciudad de León’, de Luis Fernández Picón, caballero del Santo Sepulcro, y Waldo Merino Rubio, doctor en Historia. En él se exponía que la actual iglesia de Santa Ana se asentaba sobre otra anterior construida en el siglo XII durante el reinado de doña Urraca, en el sur de la ciudad medieval, en honor del Santo Sepulcro, que acabaría formando parte del patrimonio de la citada orden. Se trataba de una iglesia funeraria para enterrar principalmente peregrinos, a la que se adscribirá posteriormente una leprosería, el hospital de San Lázaro. En torno a la iglesia y hospital acabaría formándose el barrio de Santa Ana, que limitaba al oriente con el Reguero del Obispo y por occidente con el Camino Francés, y que tenía, entre sus habitantes, vecinos judíos. El antiguo mercado de la Vega acabó extendiéndose hasta allí y pasó a denominarse mercado del Sepulcro.

En León, el culto a Santa Ana fue introducido por la orden del Santo Sepulcro que creó una cofradía con el nombre de la santa. Tanto éxito tuvo que la primitiva iglesia del Santo Sepulcro pasó a conocerse como iglesia del Santo Sepulcro de Santa Ana. La iglesia cambia de titularidad en el siglo XV y es cedida a la orden de San Juan de Jerusalén. A partir de entonces se la denominará, ya solo, iglesia de Santa Ana. En ese siglo, sufre una reconstrucción gótico-mudéjar. En el siglo XVIII se añadiría su característica espadaña, de iglesia de pueblo, y se emprende una remodelación de la que únicamente se conservarán, del antiguo templo, los arcos ojivos de la nave. De esa reforma surge la actual iglesia.

El artículo despertó en mí el deseo de averiguar quiénes eran los que ocupaban los sepulcros que había repartidos en la iglesia. Como primera tarea me propuse copiar las leyendas de las lápidas sepulcrales. Una mañana se acercó a mí don Julio, el párroco (un hombre mayor, uno de los curas contestatarios leoneses durante el franquismo, miembro de la Hoac). Me preguntó educadamente qué hacía y cuando se enteró de que había estudiado periodismo me ofreció, si me interesaba, la colección de la revista ‘Vida Nueva’ a la que estaba suscrito. Quizá pudiese darle un cometido. Acepté, barajando distintos y ambiciosos proyectos investigadores que sustituyeron al anterior. Eran cerca de seiscientos números reunidos desde su creación a mediados de los años cincuenta. Los ordené por años, leí algunos pero no logré ir más allá de tomar unas notas. Pensé, pasado un tiempo, ceder las revistas a mi vez como don Julio. Tras una gestión, la biblioteca del Seminario se quedó con algunas. Las otras aún esperan destinatario.
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