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La mala estrella

La mala estrella

EL BIERZO IR

La mala estrella. Territorio, capítulo 20 | CASIMIRO MARTINFERRE Ampliar imagen La mala estrella. Territorio, capítulo 20 | CASIMIRO MARTINFERRE
Casimiro Martínferre | 15/02/2015 A A
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La mala estrella
Territorio Territorio, capítulo 20
Tengo la obsesión de examinar minuciosamente el positivo en cuanto sale del fijador, mientras está en el baño de lavado, por la novedad y sus tonos brillantes. Parece cosa de magia: es cosa de magia. En ese estado de recién nacido, sin pecado original, cada uno de ellos asombra. Después, secos y manoseados de un lado para otro, desde la clasificación al archivo, van perdiendo atractivo. Sonaba entonces una romanza de Donizetti, no es de extrañar que el primer título asignado a la foto surgiera por afinidad temática «Una furtiva lágrima». Meses después, al ponerme con el texto complementario a la imagen, noté la falta de armonía. De nuevo gracias a la influencia de la música, y a la casualidad que no existe, pillé el apropiado, en atronando los decibelios de los Rebeldes: La mala estrella.

Presentes funerarios. Lazos, flores, homenaje a los fallecidos en accidente. El espíritu de los finados permanecerá ligado por siempre a esta curva. Apenas eran unos niños, un segundo bastó para truncar los nacientes sueños. Al borde de la carretera acechaba el destino. Bajo el designio astral todo está ordenado, cuantificado hasta el número de nuestros cabellos. A muchos nos guía un lucero negro.

Espontáneo panteón. Una pequeña cruz de granito, otra de madera, un corazón, un simple círculo de piedras, acaso una guirnalda de margaritas, escenifican de forma diferente el mismo estremecimiento.

Las flores de plástico, made in China, cunden más. Los difuntos se sienten más queridos al verlas de continuo lozanas, multicolores incluso cuando asoman entre la nieve. Las naturales desvanecen demasiado pronto, así elaboradas con el mismo material biodegradable que los recuerdos. Pero también hay recuerdos irreversibles, fundidos en acero, que no deseamos borrar porque son lo único que nos queda y anclan a la vida tanto como acercan a la muerte. Suele mecerse tal memoria en cuna de plomo.

Cuando las tardes se tiñan de rosa sobre el Valle del oro, en el tiempo de las cerezas y de las fresas silvestres, tráeme flores de plástico. Tráemelas de plástico, madre, cuando los pámpanos rezumen miel, y no vuelvas por aquí. No sufras más, descansa, que yo descanso.

Arnadelo, junio de 2009

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