Publicidad
La ‘Kábila’ villafranquina

La ‘Kábila’ villafranquina

ACTUALIDAD IR

Uno de los barrios marcada por el paso del río. Ampliar imagen Uno de los barrios marcada por el paso del río.
Ramón Cela | 14/07/2019 A A
Imprimir
La ‘Kábila’ villafranquina
Rincones Olvidados Los ríos y los posibles rompieron a Villafranca del Bierzo en barrios de algún modo enfrentados
Hay pueblos, ciudades e incluso aldeas que son realmente peculiares y Villafranca, la población de se reconoce en todo Castilla y León como la más bonita y quizás la que más arte, historia y cultura atesora, teniendo en cuenta lógicamente las dimensiones y categoría, que pese a haber sido capital de provincia, se ha quedado convertida, con el paso de los años, en una villa de gran renombre, pero que perdió el tren del progreso debido a una serie de circunstancias nada fáciles de solventar.

Como decía anteriormente, una de sus múltiples peculiaridades es, sin duda, el que en ella confluyen dos ríos hartamente conocidos, ya no solo por su pesca, sino también por la falta absoluta de contaminación, sobretodo en el Burbia, que hasta su llegada a Villafranca es considerado virgen y exento de todo tipo de residuos perjudiciales para la salud, lo que le ha llevado a ser declarado por el Consejo de Ministros como Río de Alto Interés Fluvial.

Estos dos ríos han roto la población, de tal manera, que la han convertido en tres barrios bien definidos, pero más por sus habitantes que por cualquier tipo de edificaciones, que sin duda más del noventa por ciento están situadas en el margen derecho del Río Burbia, donde la burguesía estaba apiñada en la calle del Agua, y donde casonas y palacios todavía conservan treinta y cuatro escudos heráldicos de los cincuenta con que cuenta toda la villa.

Se dice que, desde hace muchos años, había una pequeña rivalidad entre los que se creían un poco superiores, es decir: Los del barrio de La Plaza y los de La Cábila o Kábila, o barrio del Parché, un nombre que nadie sabe de dónde viene y la juventud se entretenía en grandes batallas, no superiores a media hora, tirándose piedras desde las distintas orillas y que en ocasiones se hacían como mínimo buenas magulladuras y alguna que otra rotura de cabeza.

Mientras, cruzando el alto puente del Burbia, el barrio de Tejedores, ocupaba unas humildes, pero singulares casitas en la ladera de la montaña de La Rapiña.

Las monjas del único convento de ese barrio, llamado de La Concepción, tocaban a la oración y a veces curaban alguna que otra herida de los aguerridos muchachos, que defendían a pedradas la honrilla de ser del barrio de la Kábila.

Ya pasando el puente sobre el Río Valcarcel, los hortelanos, se dedicaban al cultivo de las plantas que luego vendían en ferias y mercados desde Astorga a Lugo y de esta manera, ganarse el pan de sus numerosas proles, que ya desde muy jóvenes comenzaban a conocer lo que costaba cada bocado de la humilde pero sana comida que se llevaban a la boca. Así y entre las escapadas de la escuela y hora del almuerzo «guerreaban» un poco y cantaban unos pequeños estribillos entre los que se entremezclaban : Dicen que los Kabileños son unos buenos muchachos. Que no les tienen envidia a los chulos de corbata de la plaza…

Pronto, estos chicos iban conociendo las vicisitudes del trabajo y lo que es regar las plantas con el sudor de sus frentes al tiempo que aprendían que con la honradez del trabajo es posible vivir sin sobresaltos y sin preocupaciones. En Villafranca siempre fue básico el saber distinguir el trabajo y la honradez y quizás en eso sea la población que nunca ha dado ladrones, por lo menos de gente humilde, ya que un lema suyo es: El hambre no lleva a la cárcel, los lujos innecesarios….
Así, de padres a hijos fue pasando el gran oficio del hortelano, el hacer los riegos con cálculos milimétricos y producir las ‘Cebollas de Villafranca’ de más de un kilo y sin picor ni olor.. Maravilla de la huerta villafranquina.

Ya en los años 60, los tejedores dejaron de funcionar y, poco después, la cárcel de presos comunes, que naturalmente fue llevada allí por los poderosos de La Plaza, que poco después de los años 40 habían abandonado un batallón de moros y que puede ser quienes dieron ese nombre al Barrio del Otro Lado, como ahora se llama.

Los grandes terratenientes… los poderosos siempre miraban un poco de reojo a los del barrio del Otro Lado, ya que estos, lejos de coger las azadas que les ofrecían para trabajar las viñas, elegían la huerta y aunque muchas veces los trozos a trabajar, llamados tabladas, eran de alquiles de los más ricos de la villa. Los hortelanos, siempre pagaban religiosamente lo convenido e incluso de vez en cuando salían al mercado a ofrecer frutas y hortalizas y tenían la deferencia de regalarlas a los propietarios de las tierras.

Pronto, estos humildes pero incansables trabajadores fueron comprando las tierras de aquellos magnates del campo, que preferían vivir de las rentas antes que buscar otras formas de vida, que acrecentaran sus capitales.

Las grabas y arenas de los ríos, envueltas en oro de La Leitosa, eran cernidas y preparadas para la construcción. Nadie tiró más oro que aquellos areneros que nunca supieron distinguir, los metales valiosos de las piedras lavadas de los ríos. Así…Los Kabileños, fueron haciendo sus humildes pero buenas casitas. Dieron de comer y educación valiosa a sus hijos e incluso algunos pensaron que si estos estudiaban, pese a redoblar los sacrificios, podría llegar el día en que alguno alcanzara una carrera. Setenta y cinco, setenta y seis y cien, que era como desde niños contaban los manojos de plantas que luego vendían por cientos, cuando compradores y vendedores, sabían perfectamente, que aquello, de los cientos era una forma de hablar, no de contar…

Hoy los Kabileños, o los del Otro Lado, mandan a sus hijos al Instituto de Segunda Enseñanza y ya no existe aquella tontería de decir : ¡¡Vamos a «guerrear» contra los de La Plaza», afortunadamente, los ricos ya no lo son tanto y los hortelanos, ya no pagan rentas. Mientras que los banqueros aprecian de modo singular a aquellos que, hace bastantes años, estrenaban chaleco una vez cada cinco años.
Volver arriba
Newsletter