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La impronta

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OPINIóN IR

16/06/2019 A A
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La impronta
Unos alcaldes dejan huella; otros no. Unos tienen visión histórica, otros doméstica. Unos tienen suerte, otros no. Pues bien, Ponferrada lleva bastantes años regida por alcaldes que no han tenido ni visión ni suerte. La ciudad, desde las primeras elecciones democráticas, en 1979, ha manejado dos discursos. Los primeros 16 años se dedicaron a resolver problemas endémicos, y a librar a la ciudad del dogal de la MSP. Celso López Gavela, mi querido tío, aquel abogado irónico, ético y cabal, hizo puentes, parques, canalizaciones, alcantarillado… Y promovió dos grandes realidades: el teatro Bérgidum municipalizado y revitalizado en cuerpo y alma, y la casa de la Cultura. Para López Gavela la cultura era el corazón de cualquier legado político.

Los 16 años que vinieron después fueron de recolección. Ya bajo el PP, Ismael Álvarez nos convenció a todos de que Ponferrada podía ser una ciudad bonita, y lo logró actuando en la zona antigua y en la moderna; tarea que remató su sucesor Carlos López Riesco, que simbolizó sus mandatos con el puente del Centenario y con la rehabilitación del castillo, que pasó a ser uno de los más fascinantes de toda España.

Luego, ya en tiempos de severa crisis y de inestabilidad política, vinieron dos ediles que no dejaron huella. El exsocialista Samuel Folgueral accedió al cargo en medio de un gran escándalo, y dejó como recuerdo diversas y muy polémicas concesiones de servicios municipales. Su sucesora, la popular Gloria Fernández Merayo, estaba en angustiosa minoría y no fue capaz de superar las dificultades y trazar un discurso. El empeño era casi imposible.

Pero ahora empieza un tiempo prometedor. Y aunque ha de compartir su poder con dos socios, el nuevo alcalde tiene la oportunidad de cambiar el ritmo de la ciudad. Que no solo hay que administrar y mantener servicios y prestaciones. Toca dar un nuevo paso, ya muy urgente en una ciudad desmoralizada aunque no vencida. ¿Por dónde tirar? Pues hay que volver a los orígenes: a la cultura. Las ciudades son lugares de cultura o no son nada. Ponferrada necesita reinventarse, vivir una pequeña revolución, la que el dinero permita. Hay que abordarlo. Mejorando la movilidad, resolviendo el agujero negro del solar del antiguo Carrefour, forjando una más provechosa relación con la Ciuden, etc. etc. Una Ponferrada más culta, más berciana, más universal y más social –eso sugiere el ideario del tripartito que la gobernará– es lo que esperamos. A ver si hay talento, suerte, coraje y fondos.
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