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La casa del cura

La casa del cura

OPINIóN IR

13/06/2019 A A
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La casa del cura
Recuerdo cuándo se cayó la casa del cura. Fue en primavera. Había llovido durante ‘cien días seguidos’. El adobe de las casas se volvió verde, como todo lo demás. Teníamos la sensación de encontrarnos en cualquier valle de las regiones hiperbóreas y no en el norte de una meseta gris y monótona. Desde luego fue un acontecimiento; no se cae a menudo una casa por culpa de una lluvia persistente. A algún viejo le entró la modorra y se dejó morir. La lluvia puede trastornar a la gente; como el vierto del norte o el viento del este. Te vuelves loco. Y si no que se lo pregunten a los Buendía de Macondo; aunque aquello fue más grave ya que no dejó de caer agua durante más de un año. Sucedió justo antes de las primeras elecciones democráticas a los ayuntamientos. Las beatas y los hombres de pro, los que habían luchado y ganado la guerra incivil, deseaban que ganase la derecha para que no hubiera excusas sobre la reconstrucción de la casa. Unas lo decían en las cocinas y los otros en el bar, sentados tranquilamente en la tertulia después de la partida. Pero no fue así. Ganaron los socialistas, por un puñado escaso de votos, aunque tanto ellos como los de la UCD sacaron el mismo número de concejales. Los terceros en discordia, la Alianza Popular del señor Fraga, antecesores del actual Pp, sacó dos concejales. Todos, hasta los más recalcitrantes socialistas, pensaban que sería alcalde el candidato de la UCD, contando como seguro que los dos de Fraga votarían a su favor. Pero no fue así. Éstos se abstuvieron y el Psoe, como partido más votado, asumió el gobierno del municipio. Por supuesto no se arregló nunca la casa del cura. Desde entonces han venido de fuera, de cualquier pueblo cercano o desde León, como hacen el médico y el maestro. La casa, muchos años después, se vendió a un particular y el obispado se embolsó una tajada curiosa y limpia, puesto que tanto el terreno como la construcción fue a cuenta del pueblo.

Pasado mañana, sábado, se elegirán a los alcaldes en todos los municipios de la provincia. ¿En todos? No. En la capital, en este León nuestro tan cambiado que a los viejunos nos cuesta reconocer, se hará el 5 de julio, por culpa de los recursos que han interpuesto los dos partidos de derechas a cuenta de los resultados de la famosa mesa de La Anunciata. A uno, por supuesto, le tira de la coleta quién sea el alcalde de León, pero no deja de sentir vergüenza ajena al ver el espectáculo que ofrecemos en todas las televisiones, como si en vez de una cosa muy seria, fuese un capítulo del Sálvame. ¿Cómo es posible que tres personas honradas, más los apoderados de todos los partidos, se equivoquen en el recuento de unos cientos de votos? Puede suceder, por supuesto, pero da, repito, vergüenza. Y da pábulo a toda suerte de interpretaciones malintencionadas.

No tiene importancia saber quién será el Alcalde. Lo importante, para los que creéis en ella, es que la democracia funcione como un reloj suizo, sin adelantos y atrasos. Si estos llegan, malo. Algo ha fallado, algo chirría, como la puerta de un armario sin engrasar.

Os acabo de contar la historia de la casa del cura y sus consecuencias. El señor que salió elegido por un puñado de votos, resistió en el puesto casi treinta años, hasta que le vino a visitar la parca. Hizo, en ese tiempo tan largo, un montón de cosas; muchas buenas y algunas malas. Hasta ganó batallas, como el Cid, después de muerto. ¿Que hubiese sucedido si aquellos dos concejales de Alianza Popular no se hubieran abstenido? ¿Cómo de bien, o de mal, hubiese desempeñado la alcaldía el otro candidato? Nunca lo sabremos. Lo que es seguro, desde luego, es que la casa se habría restaurado y que el cura, seguramente, no viviría fuera del pueblo.

En esto de la democracia participativa hay una máxima que debería ser observada por todos sus actores. La dijo Julio César, hace más de dos mil años, pero es tan vigente como entonces, o más. «La mujer de César no sólo no tiene que ser puta, sino que tiene que parecer que no lo es». Vale, es cierto que la frase es algo distinta, pero el concepto es este sin duda ninguna. Y aquí, en España, o por lo menos en esta provincia, la mujer de César se comporta como una corista, promiscua y casquivana como la madre que la parió.

Esto, queridos, os pasa por votar. Como a las beatas de mi pueblo que no hicieron el suficiente proselitismo para que ganase su candidato y, en consecuencia, poder arreglar la casa del cura.

Salud y anarquía.
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