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La cabra loca de San Bartolomé de Rueda, por Julio Llamazares

La cabra loca de San Bartolomé de Rueda, por Julio Llamazares

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Julio Llamazares | 05/04/2020 A A
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La cabra loca de San Bartolomé de Rueda, por Julio Llamazares
El Decaleón (VIII) El autor de Vegamián Julio Llamazares llega al serial ‘El Decaleón’ de La Nueva Crónica con un relato incluido en la publicación de la Editorial Rimpego ‘Leyendas de León contadas por...’
Por la carretera, entre matorrales de urz y piornos, el carromato avanzaba lentamente bajo la luna blanca de enero. Hacía rato que su dueño, un tendero ambulante de Gradefes que recorría la comarca con su cargamento de ropa y calzado, había dejado atrás las últimas casas de Garfín, olorosas a ubre caliente y a humo de las cocinas de horno, y caminaba ahora por un paraje oscuro y solitario, recortado por robles y alguna montaña al norte. De cuando en cuando, las tapias de algún corral de ovejas, junto al camino, interrumpía por un momento la soledad y la monotonía del paisaje.
El tendero arreó al caballo y apretó el paso. Faltaba ya muy poco para llegar a San Bartolomé, donde pensaba hacer noche en casa de unos parientes para seguir al día siguiente hasta La Ercina, el final de su recorrido habitual. El carromato pasaba ahora junto a las tapias de un nuevo corral de ovejas, cuyo aspecto y color negro delataban la huella de un incendio reciente. Contra la palidez helada de la luna, en el silencio de aquel lugar, el arruinado corral ofrecía un aspecto inquietante y misterioso.

De pronto, como surgiendo de entre las paredes, sonó un extraño balido. El caballo del tendero se detuvo y se revolvió inquieto, asustado. Su dueño lo sujetó de las riendas. El balido volvía a oírse, sólo que ahora al otro lado de la carretera. El hombre miró a su alrededor. No vio nada, ni una oveja, ni una cabra, nada que justificara aquel balido extraño y huidizo. Y lo peor es que el caballo seguía asustado, reacio a seguir andando por más que el dueño le tiraba del ramal y lo arreaba. Acostumbrado a transitar de noche por aquella carretera y por otras aún peores, el tendero de repente sintió miedo, sin embargo.

De nuevo el balido volvió a sonar. Ahora en otra dirección. Y en otra. Y en la lejanía… Tan pronto se lo oía entre las tapias del corral quemado como entre las urces del monte o al otro lado de la carretera. El tendero, cada vez más asustado, comenzó a pegar al caballo con la correa hasta que consiguió que volviera a andar y, así, tirando de éste y mirando hacia atrás cada poco para ver si seguía sonando el balido cuyo origen constituía un misterio, pues no había ningún animal que lo produjera, pudo alejarse de aquel corral en ruinas y aproximarse a San Bartolomé, cuyas luces vio a lo lejos con alivio.

Junto a la cocina rebosante de carbón, a la luz amarillenta de un candil, el tendero estaba ya más tranquilo. Acababa de cenar con sus parientes, el caballo descansaba en la seguridad caliente y apacible de la cuadra y el humo azul y denso del cigarro que fumaba relajaba poco a poco su pulso tembloroso. Describió el balido una vez más a la familia que se alineaba en torno a la mesa. El abuelo, un viejo pastor de San Bartolomé, primo lejano del tendero, acababa de contarle, por su parte, una historia del corral donde había escuchado aquél que acentuaba aún más su misterio. Al parecer, hacía algún tiempo, el corral, propiedad de un tal Jeromón Urdiales, el ganadero más rico de la comarca, había ardido una noche sin ni siquiera dar tiempo a su dueño a sacar a los animales del interior. Murieron más de quinientas cabras y ovejas, además de los perros guardianes. Los berridos de los animales – recordaba todavía el pariente del tendero con horror – se oían desde kilómetros y, cuando los vecinos de San Bartolomé, alertados por aquéllos, llegaron junto al corral, la grasa de las ovejas corría por la ladera como si fuera la lava de un volcán.

- Lógicamente – había concluido el abuelo de la casa su relato -, nada se pudo hacer por apagar el fuego, pues, aparte de que el corral ya estaba ardiendo cuando llegaron, ni siquiera hay agua en aquella zona. Jeromón perdió todo su rebaño y el corral quedó abandonado, inservible ya para guardar ovejas en él.

-¿Y se sabe cuál fue la causa del fuego? – le preguntó el tendero a su primo, apurando su cigarro y arrojándolo a la lumbre.

- Fue intencionado. Se habló de ciertas disputas entre Jeromón y los pastores de Garfín por el aprovechamiento de los montes comunales…. Precisamente – dijo el dueño de la casa provocando un respingo de miedo en los presentes – al pastor del que siempre se sospechó por aquí como autor del fuego acaban de enterrarlo hoy en Garfín.

La noticia corrió como la pólvora, primero entre los vecinos de San Bartolomé y Garfín y, luego, ya por toda la comarca de Rueda y hasta por las riberas del Porma y el alto Esla. Varias personas más aseguraban haber oído también aquel extraño balido y su definición coincidía con la del tendero ambulante de Gradefes, de cuyo rastro tampoco se supo más en un tiempo. Era como un balido muy triste, decían, como un lamento animal que o bien salía del corral o bien se oía en el monte, aunque siempre alrededor de aquél.

Atraída por la descripción, la gente empezó a llegar al lugar, al principio en pequeño número, pero luego ya en muchedumbre. Incluso de León, en automóvil, llegó gente atraída por lo que se contaba. Se decía que era una cabra que había sobrevivido al incendio y que, loca, vagaba por los montes lamentándose. Pero, por más que miraba, la gente no la veía. Ni siquiera los cazadores que, divididos en grupos y armados con escopetas, intentaron abatirla como si se tratara de un animal de monte. Cuando salió la luna después de días sin hacerlo, la gente pudo comprobar que no había ninguna cabra, ni pájaro, ni persona (porque también se llegó a pensar que fuera un bromista) que produjera aquel balido enigmático que ponía nerviosos a los perros, que huían con el rabo entre las piernas al oírlo, y a los caballos, que relinchaban y se ponían de patas si sus dueños intentaban acercarlos al corral. Fue entonces cuando, junto con las escopetas, comenzaron a aparecer los primeros crucifijos.

Los cuentos de aparecidos y las historias de almas en pena (pues ya se daba por hecho que se trataba de un alma en pena y no de ninguna cabra la que emitía aquel extraño balido)comenzaron a correr entre la gente que, cada vez en más cantidad, acudía cada tarde desde los pueblos de alrededor, incluso desde El Condado y desde La Ercina y Cistierna, para asistir al fenómeno del que todo el mundo hablaba, muchos con cruces y escapularios al cuello. El cura de Garfín, receloso a intervenir en un principio, se vio finalmente empujado a hacerlo ante la magnitud que iba tomando el fenómeno (hasta de la capital, Madrid, llegaron unos periodistas para escribir sobre él en la primera avioneta que aterrizó en la provincia de León) y cada atardecer cientos de personas rezaban arrodilladas bajo su dirección ante las tapias ennegrecidas del corral calcinado tiempo atrás por el alma del pastor al que, según se daba ya por demostrado, en mala hora se le había ocurrido prender fuego al edificio con todo el rebaño dentro.

El enigmático y tristísimo balido se oyó en aquellos montes durante bastantes meses hasta que, de repente, desapareció como había surgido: sin previo aviso y sin explicación. Tras varias noches en vela junto a las tapias del corral quemado, la gente comenzó a abandonar su guardia poco a poco y San Bartolomé y Garfín regresaron a sus pacíficas existencias de pueblos pastoriles perdidos en los montes que separan los ríos Esla y Porma, en la comarca que llaman de Rueda, por la del Almirante, que fuera su capital. Corría el año 1914 y desde entonces nunca se ha vuelto a oír a la cabra loca. Lo que no quita para que, de tarde en tarde, aparezca por la zona algún curioso interesándose por la historia, cuento o conseja de vieja que ha escuchado en algún sitio o descubrió por azar en algún periódico de la época y para que los campesinos y pastores de la zona se santigüen y aprieten el paso cuando, en la soledad del monte, cruzan frente a las tapias caídas y ya cubiertas de zarzas del corral que ardió misteriosamente una noche y junto al que se escuchó durante algún tiempo un balido cuyo origen nunca se llegó a saber.

‘La cabra loca de San Bartolomé de Rueda’ es un relato de Julio Llamazares que pertenece al libro ‘Leyendas de León contadas por...’ de Editorial Rimpego.
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