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La Batalla de Madrid: nada está escrito

La Batalla de Madrid: nada está escrito

OPINIóN IR

22/03/2021 A A
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La Batalla de Madrid: nada está escrito
Creo que deberíamos interesarnos mucho más en la primavera que en la política. Ahí está ya, a pesar de las postreras heladas. Ahí está el reventar de las flores de algunos árboles, el giro del calendario, el viaje hacia el azul. Es cierto que no son buenos tiempos. No hay señales claras de que podremos vivir más apasionadamente este lento caer hacia los deseados días de mayo, ya saben, cuando los trigos encañan y están los campos en flor. Aún estamos sujetos al mensaje del miedo, y a las cifras de la pandemia que a duras penas se suavizan. Aún no podemos tocar con los dedos la verdadera libertad.

Y a pesar de que la primavera nos aleja de las oscuridades de este invierno, más oscuro sin duda que los últimos, más lleno de sombras, la actualidad insiste en alejarnos también de lo que necesitamos: la tranquilidad de espíritu, la alegría de lo sencillo. Por las grietas de la pandemia y sus numerosas incertidumbres se cuela la tormenta de la política contemporánea, que no ofrece tregua. A las primeras de cambio se coloca en el primer plano de nuestras vidas, lo puebla todo con un ruido ensordecedor. Ni siquiera estos tiempos de angustia colectiva detienen a los más ambiciosos: se diría que la política como espectáculo ha venido para quedarse.

Si no estuvieran sobre la mesa estos temas tan principales, la salud, el grave deterioro de la naturaleza (que será el gran asunto de este siglo, o debería serlo), las batallas políticas secuestrarían el relato de la vida contemporánea. Es increíble su capacidad para imponerse sobre asuntos de mucha más enjundia, quizás gracias al morbo que a menudo desprenden, como ese halo de las luciérnagas en la noche, ese brillo que les otorga su omnipresencia televisiva, y, desde luego, al entretenimiento que al parecer produce esa lucha cuerpo a cuerpo a la que asistimos atónitos.

Digo esto porque sigo asombrado por los movimientos del tablero político de Madrid. Ya hablamos de esto la semana pasada, es cierto, pero cuando lo hicimos aún faltaban varios giros de guion, que llegaron de inmediato. Con todo el país sumido en una grave crisis, la política toma sus propios derroteros, como si se moviera en un territorio al que somos ajenos, como si disputara una partida de la que apenas somos espectadores.

A esto se le llama el juego del poder. Y el terremoto político, que devino en un efecto dominó, representa muy bien todas las tensiones larvadas, la dificultad de los equilibrios, la discutible fortaleza de las coaliciones, incluso el dudoso pegamento que mantiene unidos a los partidos. Esas presiones geológicas que agitaron en estos días el subsuelo de nuestra política han revelado, están revelando, demasiadas cosas.

Por supuesto, no todo sucede en Madrid. Ni es cierto, en absoluto, que España sea sobre todo su capital, como algunos al parecer pretenden. Pero a nadie se le oculta que Madrid tiene una proyección mediática notable (las televisiones, después de todo, están allí), y no son pocos los convencidos de que lo que sucede allá abajo acaba influyendo en otras partes, se quiera o no.

Tal vez sea cierto, pero seguro que es una influencia sobrevalorada. Esa creencia, sin embargo, ha llevado a Pablo Iglesias a protagonizar el penúltimo gran cambio de guion en nuestra política. Mientras la tierra vibraba, con sus extensiones en Murcia y la decisión de Ayuso de convocar elecciones, Iglesias maduró lo que para algunos es una buena jugada política, y, para otros, un movimiento arriesgadísimo, no muy fácil de comprender.

La política es hoy un territorio inflamable, volátil, imprevisible. Las viejas seguridades han desaparecido. Y, de hecho, muchos políticos prefieren el vértigo, el cambio constante, pues sólo se sobrevive si se evoluciona según las circunstancias del momento. ¿Es el movimiento de Iglesias un intento de sobrevivir? ¿Se envía a sí mismo a la primera línea del frente, dejando a Yolanda Díaz en la trinchera gubernamental con la lección bien aprendida?

En cualquier caso, abandonar una vicepresidencia del gobierno para pasarse a disputar la Batalla de Madrid no es cosa baladí, y ha provocado más de una sorpresa. ¿Tanto se cuece en Madrid? ¿O es una decisión casi visceral, que empuja a Iglesias a detener en lo posible el avance de una Ayuso que aspira, como ha dicho, a gobernar en solitario, despojándose, de paso, de cualquier rastro de Ciudadanos? ¿Estamos en el prólogo de una confrontación brutal entre dos concepciones opuestas del poder, que han elegido el suelo de Madrid para dirimir esa gran batalla, que desde luego toca la médula de sus partidos y también, de alguna forma, el gobierno de la propia nación?

La realidad es que el seísmo madrileño parece ser el síntoma de esas fuerzas telúricas que se producen bajo la superficie de la política. Más allá de la visibilidad que proporciona Madrid, después de todo el territorio fundacional de Podemos, existen otras razones que el espectador, o el votante, no logra atisbar. ¿Consideró Iglesias que su pertenencia al Consejo de ministros le impedía llevar a cabo algunas acciones políticas que juzgaba imprescindibles en este preciso instante? ¿Se desliga así de las obligaciones de la coalición y, como parece, reinicia una etapa fuertemente crítica, aún a pesar de mantener formalmente la estabilidad del gobierno? ¿Cree, en suma, que tendrá más influencia fuera que dentro, aún a pesar de las enormes dificultades que presenta el asalto al cielo de Madrid?

Son muchas las preguntas y muy pocas las respuestas. Al menos, por ahora. Al tiempo que todo esto sucede, parece que se ha puesto en marcha otra batalla: la del centro político. Ciudadanos parece hoy el partido más afectado por el tsunami. Pero los intentos de acercamiento de la derecha, y también de la izquierda, no es posible que puedan fraguar a corto plazo. Existe mucha polarización, hay mucho juego en los extremos. Y, paradójicamente, el centro es un lugar ambicionado por muchos, pues parece fértil en votos.

Mientras algunos se apresuran a entonar un réquiem por Ciudadanos, amenazado por la tormenta más cruel de los últimos tiempos, Arrimadas se resiste al naufragio y trata de reconfigurar un partido que otros juzgan moribundo. El aval de Bal, cuya solidez es reconocida por muchos, aparece, quizás, como la última bala. Todos los candidatos buscan renacer de sus cenizas, o consolidar su poder, en ese escenario de Madrid. La batalla de mayo. Más Madrid quiere demostrar que su poder en la capital sigue intacto. Ayuso contempla el paisaje y cree que podrá reinar tras la primavera. Gabilondo, el último vencedor, parece ajeno al vértigo. Nada está escrito.
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