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Jaime Lobo, la cara afable de la política

Jaime Lobo, la cara afable de la política

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Jaime Lobo. | MAURICIO PEÑA Ampliar imagen Jaime Lobo. | MAURICIO PEÑA
Fulgencio Fernández | 26/11/2019 A A
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Jaime Lobo, la cara afable de la política
Obituario Cuando una vida se reduce a un titular casi seguro que se comete una injusticia. Y si la vida es la de Jaime Lobo se cometen varias injusticias
"Fallece el exsenador Jaime Lobo a los 83 años" decían "los teletipos" como titular. Y como injusticia. No solo porque Jaime Lobo Asenjo fue muchas más cosas que senador -desde vicepresidente de la Diputación a procurador en las Cortes de Castilla y León o gobernador en Castilla La Mancha- si hablamos de política pero, sobre todo, fue uno de esos leoneses a los que nacieron fuera, en su caso en Valladolid en 1936, que quiso y supo ser la cara entrañable de la política, alejada de la bronca y dotado para la cercanía.

Hubo muchos años en los que cuando llegabas a los pueblos de la provincia, a los más alejados y olvidados, y hablabas del sentimiento de orfandad que tenían, de la sensación de que nadie se acordaba de ellos, de que nadie pasaba a verlos salvo para las elecciones, surgía con mucha frecuencia una expresión: "Por aquí, el único que pasó a vernos fue...". Y ya sabías que en los puntos suspensivos estaba Jaime Lobo.

No era una visita y hola y adiós, le gustaba compartir mesa y mantel, paseo, conversación, conocer al paisanaje. Si le decías que te había mandado recuerdos no sé qué alcalde, Lobo te hablaba de su familia, de un chaval o una hija muy espabilados que habían sacado muy buenas notas en la carrera, de esas cosas con las que se ganaba al paisano para siempre cuando llegaba y le preguntaba por la mujer, por los hijos, por si habían hecho aquel puente para el que buscaron la subvención.

Jaime Lobo siempre fue un tipo entrañable y un apasionado del deporte, sobre todo del esquí, de cuya Federación llegó a ser presidente. Siempre sale su nombre cuando habla de esquí gente como Carlos el de Lario, cuando hablaba Acacio el de Maraña o aquellos que llamaron los magníficos, peleó mucho para que Olga Fernández Maraña se hiciera con un hueco en el mundo del esquí femenino, y lo logró. Fue una especie de Chus Valgrande pero en leonés, y ya se sabe que por desgracia no siempre los leoneses tratamos a los nuestros como los asturianos tratan a los suyos.

Cada vez que escribías algo de esquí, sobre todo de aquellos pioneros, recibías la llamada cordial de Jaime Lobo, para agradecerte el recuerdo. Si tenía algo que matizar lo convertía en anécdota, lo que quería era contarte alguna cosa más, ofrecerte alguna fotografía, charlar. La última vez creo que fue con la muerte de Cundi el de Maraña. Llamó al periódico, dijo que era Jaime Lobo y a mis compañeros más jóvenes ese nombre ya no les sonaba más que vagamente. La verdad es que me dio cierta pena la anécdota, que la entiendo, pero piensas que no deberían caer en el olvido de la misma manera quienes poco han hecho para merecer el recuerdo que aquellos otros que también supieron hacer de la política un campo de concordia y cercanía.

Cuentan mucho en Lario una anécdota, cuando cada verano arranca una nueva edición del Trofeo de Fútbol Sala, uno de los más antiguos de la provincia. Los chavales de la escuela habían ganado unos concursos escolares de esquí, bajaron a León a recoger los trofeos y Jaime Lobo, presidente de la Federación, les habló de un premio por el logro. Pensaban en trofeos y cosas así pero con Carlos Fernández, el entrenador de los chavales y otro apasionado del deporte, convino con él que lo mejor era "asfaltar el patio de la escuela" para poder jugar allí a lo que entonces se llamaba futbito, "para esquiar en verano". Se asfaltó el patio y acababa de nacer el Trofeo de Lario, que ya supera la 40 edición.

Jaime Lobo fue de aquellas gentes que demostraron que no es tan importante de dónde vienes o hacia dónde vas sino cómo andas el camino. Un hombre conservador, con cargos en el viejo régimen, pero con capacidad para caminar por los primeros tiempos de la Democracia sin pedir carnets ni mirar matrículas. Lo que siempre se ha llamado un tipo entrañable.
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