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¿Ingravidez para todos?

¿Ingravidez para todos?

OPINIóN IR

26/07/2021 A A
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¿Ingravidez para todos?
El viaje al espacio de algunos de nuestros millonarios más conocidos ha ocupado los titulares de los últimos días. Supongo que salir disparado cien kilómetros hacia arriba, además en tu propia cápsula (la Nasa parece estar en un segundo plano), es hoy un símbolo de verdadera riqueza, no tanto de ansias de exploración.

El espacio, por lo visto, comienza ahí, a cien kilómetros de la superficie terrestre. La carrera entre Jeff Bezos, Elon Musk y Branson tendrá su morbo, no lo dudo, pero albergo dudas sobre su interés desde el punto de vista de la investigación espacial. En cambio, dicen que se trata del inicio del turismo espacial, también sólo para elegidos con buena cuenta corriente. ¿Es un capricho de ricos? Bueno, tal vez. Pueden permitírselo. Quizás en el futuro, si tenemos que salir con urgencia hacia Marte (y tal y como va el planeta, yo no lo descartaría), sólo algunos afortunados podrán permitírselo igualmente. Huir, muchas veces, es sólo para privilegiados.

Hay, por tanto, un asunto personal en todo esto: el cumplimiento de un sueño infantil, según contaba Bezos (¿quién no lo habrá soñado alguna vez?) y, sobre todo, el intento de establecer un nuevo negocio, ya que estamos en el gremio de los transportistas y distribuidores de paquetería. Si se fijan bien, no se están saliendo de su sector, pero lo que sucede es que la Tierra se les ha quedado pequeña. Llevar paquetes a la puerta de tu casa, aunque sea en dron, como parece que va a ser, siempre será una minucia al lado de proyectarse cielo arriba, con el único objetivo de quitarle gravedad a nuestros asuntos terrenales.

Una cosa es segura. Estos viajes van a echar por tierra (nunca mejor dicho) las crecientes y surrealistas teorías del Terraplanismo, que algunos abrazan con fervor por la llanura infinita. Un viaje con cualquiera de nuestros millonarios a las puertas del espacio, una subidita (bastante cara, eso sí) de once minutos, y ya podrás comprobar que el planeta es esférico como una pelota, salvo que nos engañen estos nuestros ojos que se han de comer los gusanos. Los viajes espaciales de los ricos pueden ser una moda de temporada, pero ya verán como les iremos buscando utilidades. Esta que digo no me parece precisamente una utilidad pequeña tal y como está el patio.

Tuvo su cosa que Jeff Bezos, tocado con un sombrero tejano (ah, qué importante es la indumentaria: las escafandras no le quedan bien a nadie), diera una rueda de prensa en la que agradeció a los empleados y clientes de Amazon la movida, «porque ustedes han pagado todo esto». La sinceridad, lo primero. Todos tenemos un poco de exploradores, corazones. Aunque hayamos comprado una vez, sólo una vez, en la susodicha empresa, debemos considerar que una parte de nosotros flota ya en el espacio exterior, metafóricamente, de acuerdo, pero lo emocional es lo que importa. Y siempre nos quedará la posibilidad de contemplar el vídeo del viaje del Blue Origin, sin editar ni nada (está en internet, por supuesto): once minutos, cien kilómetros a toda mecha y vuelta a bajar, hacia una árida Texas.

Días antes, Branson, el de Virgin, había hecho algo parecido. Recibió la felicitación de Musk y de Bezos, pero muchos aseguraron que se había quedado demasiado abajo, «a las puertas del espacio», más a menos a una altura de 85 kilómetros, aunque la ingravidez estaba conseguida. Felicitaciones sí, pero la carrera es la carrera. Como en los viejos tiempos, nuestros millonarios no sólo se embarcan en sus naves, sino en una competición por merecerse el nombre de ‘astronauta’. En tiempos de Juegos Olímpicos, la expresión ‘citius, altius, fortius’, parece que cobra un nuevo sentido en los vuelos espaciales.

Más allá de las vanidades y los sueños personales (y sin entrar en esa lucha por decir «yo soy más astronauta que tú»), la gran pregunta es sí los vuelos espaciales se popularizarán. Y si incluso bajarán de precio. No hasta el punto de que lleguen a ser muy asequibles, o incluidos en el Imserso en la generación de nuestros nietos o en la de los nietos de nuestros nietos, sino al menos que alcancen a un buen número de personas, aunque sólo sean personas con posibles, o así.

Eso vino a decir Branson, tras su viaje con Unity, de Virgin Galactic. Tener una empresa con ese nombre ya indica que los viajes interplanetarios empiezan a animarse, aunque sea sólo sobre el papel. ¿Una idea extravagante o el proyecto de un visionario? Branson asegura que todos deberíamos viajar al espacio al menos una vez en la vida. Y que su sueño es que esto, que resulta ser una cosa sólo de muy ricos en este momento, como él mismo, empiece a ser algo más normal, lo que convertiría las líneas estelares de Virgin Galactic no sólo en un negocio rentable, sino en un transporte del futuro. Como deseo queda estupendo. Como realidad, ya vamos viendo.

De todos estos millonarios en la carrera por el espacio, mi favorito es Elon Musk, seguramente el más excéntrico y peculiar. Es más fácil serlo si eres millonario, también te digo. Su proyecto no sólo pretender llegar al espacio como paseo de millonetis, sino llevar a la gente a la Luna (también al primer astronauta de color, han dicho), ya casi en plan línea regular, y luego a Marte, y supongo que hasta el infinito y más allá. De hecho, la Nasa seleccionó el proyecto de Musk (SpaceX) para volver a la Luna, algo que los especialistas juzgan muy necesario en el futuro próximo.

Aunque esta nueva carrera espacial ha recibido críticas notables, ha sido calificada de inútil y un poco arrogante, y de capricho de ricos (también de manifestación indiscutible del capitalismo individualista en estado puro), lo cierto es que la ciencia se ha movido hacia adelante a través de los delirios y los sueños de algunos personajes extravagantes. No sé si es el caso. Seguramente los trabajos que se hacen en la Estación espacial internacional están más en la línea de lo que el futuro demanda. Con todo, puedo comprender ese deseo de alejarse, de huir, de ver el planeta desde otra perspectiva. De comprobar ‘in situ’ que los millones que te llevan allá arriba sirven en realidad para comprobar nuestra pequeñez y la del sitio que habitamos.

Cuando nos muestran cómo se ven los incendios, cada vez más numerosos y terribles, desde el espacio, comprendes que no es mala idea cambiar nuestra perspectiva a ras de suelo. Quizás esto sólo sea un juego entre millonarios, pero quien sabe si un día no será algo cotidiano. El sueño de cuatro minutos de ingravidez tiene algo de liberación. Ver la Tierra desde lo alto debería hacernos más conscientes de los muchos peligros que nos acechan aquí abajo.
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