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Hoy empieza todo

Hoy empieza todo

OPINIóN IR

06/09/2021 A A
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Hoy empieza todo
Seguramente hoy empieza la realidad, o, como decía el otro, hoy empieza todo. Pero sólo es una ilusión, porque ya no hay interrupciones ni paréntesis en este mundo de vértigo, ni siquiera en agosto. Hoy todo nos alcanza, a todas horas, ya sea a través de las diversas pantallas, o a través del ruido y la furia, que se cuelan con facilidad en nuestras vidas. Se diría que necesitamos esa banda sonora, como si fuera la música de las esferas. No sirve para sosegarnos sino para inquietarnos, pero, aún así, parece que no podemos vivir sin ella.

Seguramente estamos siendo conducidos a una sociedad en permanente conexión, y también en permanente control, y eso se verá en no demasiados años. De hecho, ya empieza a verse. Aún podemos apartarnos de vez en cuando, rememorar aquellos días en los que podíamos prácticamente desaparecer, pero siempre surge una incomodidad, una sensación de desvalimiento, un cierto temor, porque ya estamos acostumbrados a depender del auxilio de las máquinas, a su omnipresencia, y, como suele decirse, en el pecado llevamos la penitencia.

Como ya he dicho más veces, no soy un tecnófobo, sino más bien todo lo contrario. Nadie puede serlo, en realidad, salvo que quiera romper con el futuro, dedicarse a una existencia poco menos que de anacoreta, y, aún así, tendría difícil perderse, hacerse invisible a la manera quijotesca, ya fuera en cuevas o en bosques, porque hace mucho tiempo que todos formamos parte de un mapa demasiado detallado, demasiado escrutado, y, aunque se pueda sentir una profunda soledad (incluso más que nunca), eso no indica que alguien se pueda de verdad separar definitivamente de la marcha del mundo.

Paradójicamente, mientras los individuos sienten esa presión propia del Gran Hermano orwelliano, que, por supuesto, ha vuelto, mientras nuestras vidas cada vez dependen más de las ensaladas de los datos (que gentilmente vamos entregando en internet) y la danza de los algoritmos, algunos países parecen optar por una retirada, por un repliegue sobre sus propias murallas, convirtiendo el presente en una especie de visión retro de la historia. Es una paradoja que, frente al mundo abierto que nos imaginábamos (siempre imaginé así el futuro, sin duda con gran inocencia por mi parte), nos encontramos de pronto con ciertas doctrinas políticas que invitan a la mirada interior y doméstica, incluso insolidaria (aunque no se diga abiertamente, claro está), una mirada que tiene que ver con las nuevas inseguridades e incertidumbres, pero también con una filosofía proteccionista que poco a poco va abandonando la idea clásica del Humanismo, que es una forma compleja e informada de la globalidad. No todo empezó con Trump, aunque lo parezca, ni mucho menos ha terminado con él (si es que no vuelve).

Hay analistas que advierten sobre una soterrada involución de las democracias por parte de individuos que se valen de ellas para imponer nuevos autoritarismos raciales o pretendidamente patrióticos, cuando es obvio que el verdadero patriotismo no consiste en erizar murallas otra vez, como en la Edad Media, sino en construir una sociedad diversa, tolerante e inteligente. Desgraciadamente la ignorancia parece ser hoy una especie de valor social, al menos para algunos, y una herramienta de ciertas formas de la política (insisto, no sólo Trump) que construyen sobre la ignorancia y la falacia un mundo maniqueo y superficial, enormemente dañino y peligroso.

Hay un crecimiento del populismo y de la propaganda en el ejercicio político, porque las imágenes y las técnicas de la publicidad han ido sustituyendo paulatinamente a las ideas sólidas. El uso de lo emocional se ha favorecido drásticamente en los ‘think tanks’ y en las asesorías políticas, porque en muchos casos, más que en la consolidación de las democracias la preocupación ha estado en la consolidación de los gobiernos de turno. Las campañas electorales se han convertido en un territorio de agria disputa, en una guerra de frases y de gestos medidos, controlados por todo tipo de demoscopias. Estos factores, a los que habría que añadir la otra gran batalla, la de las redes sociales, modifican y condicionan las decisiones políticas.

La decisión de Joe Biden de salir a toda prisa de Afganistán (una salida ejemplar, ha llegado a decir) debe leerse, sobre todo, en clave interior. Más que un seguidismo de Trump, se trata de aprovechar una visión del mundo que tal vez pretende evitar los errores de la Historia, particularmente en casos enquistados, es decir, no volver a caer en un error reiterado, la participación en ‘las guerras que no se pueden ganar’, como se las ha denominado. Sobre todo, porque suponen un fuerte desgaste político desde el punto de vista interno. Ante todo, parece ser la nueva lectura, no perder el poder.

Esta actitud occidental ha provocado un sentimiento de crisis, aunque políticos como Biden lo expliquen como retirada estratégica (y pactada, a lo que se ve, por su antecesor). La renuncia a la política intervencionista que caracterizó una época, y que fue interpretada a menudo como un neocolonialismo, o como un intento de imponer una superioridad cultural desde occidente, implica un cambio drástico en los equilibrios internacionales, y desplaza también los centros de poder global. Sobre esto se ha escrito mucho y se seguirá escribiendo.

Que el peso económico parece girar hacia un eje asiático empieza a resultar evidente, y la cuestión es si estamos ante un cambio suave (mejor que abrupto) del orden internacional. No han faltado analistas que han interpretado el último movimiento (la precipitada y caótica salida de Kabul) como el final de una época. O incluso como el final de la hegemonía occidental. Otros, en cambio, lo ven como una muestra de flaqueza de las democracias, como si no hallaran un término medio entre la intervención y el abandono. Si las democracias renuncian a propagar la libertad y el entendimiento, si olvidan a los desfavorecidos, se estarán haciendo daño a sí mismas.

Todo esto sucede en ese clima de confusión de los tiempos cambiantes. Pero todo cambio es también una oportunidad. Hoy, seis de septiembre, la realidad vuelve de verdad. Hay infinidad de asuntos muy cercanos que nos atañen (la factura de la luz, el fin de la pandemia que aún no llega…), pero, en realidad, todos los asuntos son ya muy cercanos. El próximo día 11 se cumplen veinte años de aquellos atentados sobre Nueva York que cambiaron el mundo y la historia, y que nos hablaron de que la fragilidad llegaba ya a todas partes. Veinte años después, aún estamos en busca de nuevas ideas sólidas. La niebla del siglo XXI persiste.
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