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Foncastín, un reducto leonés en Valladolid

Foncastín, un reducto leonés en Valladolid

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Cristina Mayo tenía 14 años cuando fueron expulsados de Oliegos, ahora con 89, en el banco de casa recuerda aquellos días. | REPORTAJE GRÁFICO MAURICIO PEÑA Ampliar imagen Cristina Mayo tenía 14 años cuando fueron expulsados de Oliegos, ahora con 89, en el banco de casa recuerda aquellos días. | REPORTAJE GRÁFICO MAURICIO PEÑA
Fulgencio Fernández | 15/11/2020 A A
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Foncastín, un reducto leonés en Valladolid
LNC Domingo Hace 75 años que los vecinos de Oliegos, en La Cepeda, fueron expulsados para hacer un pantano, con destino a Foncastín. Cristina tenía 14 años y ahora lo recuerda
Carlos Carrera, hoy profesor en Valladolid y vecino de Foncastín, jamás ha olvidado un momento que cree que marcó su vida: «Yo tendría doce años. Me dijo mi padre que íbamos a ir a La Cepeda, que eran las fiestas de donde vivía un hermano que se había casado en otro pueblo de la comarca y había quedado allí. Montamos en la moto y para allá que fuimos pero al llegar a la Cepeda no se encaminó directo al pueblo de mí tío. Mi padre fue hasta Foncastín, a la orilla del pantano que ahogó su pueblo y donde aún se veían los restos de las casas. Se sentó allí, sacó un cigarro y se quedó quieto mirando hacia el fondo de las aguas, como si fuera recorriendo las calles, y cuando le miré vi los lagrimones que corrían por sus mejillas. Lloraba y fumaba. Acabó el cigarro, se levantó sin decir nada y nos fuimos. No hacía falta que lo dijera, lo había entendido todo, pese a mis 12 años».
Claro que lo había entendido todo. Él y la mayoría de los vecinos de Foncastín. Tanto que este pueblo de Valladolid, al que fueron expulsados ahora hace 75 años (el día 30 de noviembre de 1945) huele a León mucho más que la mayoría de los pueblos de León. «Mira cómo se llama la calle», nos dice, y la placa responde: «Calle de León». «Mira cómo se llama el bar», nos dice, y el cartel del bar nos responde: «Rincón de Oliegos». Y la decoración interior, ahora está cerrado, son viejas fotografías de Oliegos. Paseando por las calles en algunos jardines hay unos curiosos carteles, con refranes tradicionales o viejas palabras en cepedano y la definición que la explica: «Alipende: Niño travieso». Suenan las campanas de la iglesia y nos recuerda que las trajeron desde Oliegos, que aquel lugar no era ni pueblo, ni tenía iglesia... ¡como para tener campanas!

- Y todos nosotros ‘olemos’ a Cepeda, aunquue ya nacimos aquí pero nos seguimos sintiendo de Oliegos, nos lo han inculcado nuestros padres y, en mi caso, cada vez que me lo preguntan recuerdo la imagen de mi padre fumando y llorando al lado de las ruinas de Oliegos.  

Pedro Carrera, su padre, falleció hace un par de años; quien sí vive es su madre, Cristina Mayo, que tenía 14 años cuando se cerró el pantano y recuerda aquellos días duros de la expulsión del pueblo y de cómo era la vida en aquel lejano 1945. «Nos habla mucho de Oliegos, más que lo hacía mi padre, y aunque igual no recuerda lo que hizo ayer le hablas de su pueblo y la memoria no le falla».

Así es. Esta mujer menuda y fuerte, con pelo blanco de 89 años muy bien llevados, se sienta en el banco de la puerta de su casa y aunque dice que ella ya no tiene «nada que contar» pronto demuestra que no es verdad, ni mucho menos.

- ¿Se acuerda de cuándo les echaron de Oliegos?
- ¡Cómo no me voy a acordar! Eso no se olvida.
- ¿Cómo fue?
- Pues nos dijeron que había que marchar, que cerraban el pantano, y tuvimos que marchar.
- ¿Y las cosas de casa?
- Pues con carros hasta un pueblo, Porqueros, y desde allí en el tren para aquí, para Foncastín.
- Cuando llegaron aquí no había ni pueblo, ¿fue muy dura la vida?
- Lo fue, pero te digo una cosa, la vida en Oliegos también era dura, de mucho trabajar, pero era nuestro pueblo.

Cristina va recordando, a medias con su hijo Carlos, cómo fueron aquellos primeros años para las 39 familias que llegaron desde La Cepeda. Uno de ellos, Elías, había nacido en el trayecto, por eso todos los vecinos saben que tiene 75 años. Ahora vive en la cercana Tordesillas, pero todos los fines de semana regresa o muchos días, simplemente a tomar el vino en el Rincón de Oliegos. «Ya quedamos muy pocos en el pueblo de aquellos. Elvinda, que es de mi edad y también está bastante bien y pocos más», repasa la mujer.
Pocos que recuerdan entre Carlos y su hermano Dorindo: «El mayor será el señor Manuel (Fernández), que vive en el pueblo viejo pero que no sale de casa; también dos hermanas, Piedad y Dolores, que son algo más jóvenes que mi madre y Toni, que fue alcalde (pedáneo) tres o cuatro legislaturas».

Y es que ya han pasado 75 años desde que llegaron como colonos a este pueblo que resultó no ser ni pueblo. «Esto era una gran finca del Marqués de la Conquista y lo único que había eran las casas, más bien barracones, de sus trabajadores. En alguna de esas casas se instalaron algunas familias y para las otras fue creciendo el pueblo nuevo, a través del  Instituto Nacional de la Colonización».

- ¿Os donaron las casas?

Cristina casi se altera. Casi, la buena mujer se asusta por pocas cosas, pero sí responde contundente: «¿Dar? Media vida estuvimos pagando la casa».

Y su hijo Carlos recuerda otra anécdota que explica muy bien ‘los presuntos’ regalos. «Recuerdo que un día mi padre llegó a casa ‘de tomar unas cervezas’ y con un paquete en la mano. Era un pulpo que había comprado en Tordesillas ¿Y esto?, le preguntamos, y nos dijo feliz: Hoy he pagado la última letra de la casa».

Y es que están un poco cansados de la eterna leyenda del dinero de las indemnizaciones, que se suponen muy generosas. «Cuatro perras», dice Cristina que, añade, «nosotros lo que queríamos era seguir en nuestra casa». Pero su hijo recuerda que «no sé cómo habrán hecho en otras ocasiones, pero en Oliegos hay que recordar que aunque lo cerró e inauguró Franco era una proyecto de la época de la República y con arreglo a él, de los años 30, les indemnizaron, cuatro perras como dice mi madre, y cuando llegaron aquí tuvieron que comprar las casas y las tierras, a base de créditos».

Su padre no viajó en aquellos treinta vagones, tres con las familias y el resto con los enseres y posesiones. «Había venido unos meses antes porque ya sabía el destino elegido, se había hablado de Huesca y Zamora, y por ello estuvieron un tiempo en una casa del pueblo viejo». Los leoneses en Foncastín hablan del pueblo viejo y el nuevo aunque, realmente, ninguno de los dos era pueblo. Uno era casi barracones de los trabajadores del marqués y el nuevo no era nada, no existía, lo fueron levantando aquellos leoneses. «Ni siquiera había iglesia, tuvieron que volver a Oliegos y traer las campanas de la iglesia, que son las que hoy suenan en el campanario del que llamamos pueblo nuevo».

Así llegaron a estas tierras castellanas y a trabajar el campo, a las faenas agrícolas. «Nosotros es de lo que sabíamos y a ello nos dedicamos toda la vida», nos cuenta Cristina que, añade, «lo del vino llegó después».

Oliegos está en el corazón de la comarca de Rueda, tierra de vino y así fue como muchas de las tierras de los vecinos de Oliegos se las vendieron a industriales de la zona pues casi ninguno se decidió por el vino. «Mi hermano Dorindo sí tiene una pequeña bodega, de vino ecológico, pero muy pocos más. Eran agricultores y a eso se dedicaron», explica Carlos.

Llama la atención cómo aquellas 39 familias que llegaron desde Oliegos «inocularon» la memoria de su tierra y el amor por ella en sus hijos; recorriendo Foncastín bien parece un enclave leonés en Castilla, aquellas tierras que están en medio de una provincia pero pertenecen a otra (como ocurre en Treviño). «Es cierto que mantenemos muchas costumbres;por ejemplo, hacer botillo en la matanza, como siempre se hacía en Oliegos». En el 50 aniversario del éxodo hubo una gran fiesta y se colocó una escultura y una placa en cuyo texto se resume lo que había sido la realidad de aquellas gentes que se subieron al tren en 1945: «Cincuenta años en Castilla. Cincuenta años con León».

Habían pensado en celebrar otra fiesta similar para este 75 aniversario pero la realidad es muy tozuda y ya han desistido de ello; aunque la Asociación Medioambiental El Alcornocal sí ha llevado a cabo una iniciativa que recordará esta fecha. Se trata de un gran mural, obra de Miguel Ángel Galván, con tres escenas que recuerdan el viaje de 75 años entre Oliegos y Foncastín, y otros tres cuerpos de pared con versos de un poema de otro cepedano, de Zacos, el gran Eugenio de Nora. «Eran verdes los prados /con rocío las manos misteriosas / del alba, y las montañas / con un azul de música remota».

- Lo que no tengo claro es si la siguiente generación seguirá sintiéndose de Oliegos, como nosotros; reflexiona Carlos Carrera.
- De momento, tus hijos ya saben hacer botillo; le replica Celsa, su mujer, vallisoletana, y de Oliegos y Foncastín.
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